El clarinete

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Dos amigos de mis hijos tocan el clarinete. Viven muy cerca de nosotros y a veces los oigo ensayar a través del patio. ¿Hay un sonido más bello que el de un clarinete? Si la idea del Paraíso pudiera caber en un sonido, para mí tendría que estar encerrada en el sonido de un clarinete. Es inexplicable la facilidad con que pasa de los graves a los agudos, esa ligereza que lo convierte casi en una flauta y al instante siguiente casi en un fagot. ¿Quién inventó ese sonido? ¿Quién fue capaz de construir un instrumento así? ¿Se inspiró en algún pájaro, en el canto de un ave? Ni idea. En Tánger, una tarde que hablábamos de música, Paul Bowles me dijo que el clarinete era el instrumento más difícil de transcribir cuando componía música. Por alguna razón, la partitura siempre se le atascaba si tenía que introducir el sonido de un clarinete. Incluso recuerdo que se tocó la cabeza, hizo un gesto de desesperación y gruñó:

 

-¡El clarinete, el clarinete!

 

Sonó como si estuviera gimiendo:

 

-¡El horror, el horror!

 

En Burundi, hace siglos, escuché durante horas y horas las piezas para clarinete de Mozart. Los días en que no había nada que hacer, las tardes muertas en el hospital de Gitega, cuando los niños poliomielíticos estaban durmiendo o estaban en clase con las monjas, ponía la cinta y escuchaba el Quinteto para clarinete y el Concierto para clarinete y orquesta. Cuando nos fuimos le dejé la cinta a una chica nativa que se llamaba Joséphine, junto con el «Tattoo You» de los Rolling. Me pregunto qué habrá hecho Joséphine con esas dos cintas. Sé que Joséphine se casó y tuvo hijos, aunque las cosas no le fueron bien. Y no sólo porque tuviera una pierna inútil a causa de la polio, lo que la convertía en un «mal partido» en una sociedad tan machista como la africana, sino porque ella misma tenía un origen étnico mixto y no encajaba en ningún grupo social. Dicho de otro modo, no pertenecía ni a la etnia de los ganadores ni a la de los perdedores. Sé que hacía equilibrios y que intentaba congraciarse con todo el mundo, dependiendo de quién mandara o de la situación en que se encontrase, pero no creo que las cosas fueran fáciles para ella. A veces la imagino escuchando la cinta de Mozart en los peores momentos de la guerra civil entre tutsis y hutus, a mediados de los años 90, cuando Joséphine tenía ya más de 30 años y sonaban las ametralladoras cerca de su casa, y ella encerraba a sus hijos en la salita y ponía la cinta en un radiocasette, confiando en que la música de Mozart ahuyentase el miedo de sus hijos y su propio miedo, y también se llevase durante unos minutos el sonido de los disparos.

 

Estoy seguro de que algo así ocurrió algún día, en Gitega, Burundi, en el culo del mundo.

 

¡El clarinete, el clarinete!