El club de los fugitivos

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En algún lugar, al otro lado de un océano, en un país donde no existen los inviernos, se reúnen alrededor de una mesa con bebidas de colores. Todos se miran como los jugadores de póker, bajo gafas de sol de famoso camuflado o sombreros panamá. No sonríen ni abren el fuego de la conversación. Se miden las distancias como los boxeadores cautos antes de acercar la sien a la partida. Hasta que uno, maestro de ceremonias, pasa lista para saber que ya han llegado todos. Pronuncia los nombres. Omite los porqués. No hacen falta. Ya se conocen.

 

Algunos hicieron fortunas con sellos con los que ningún cartero pudo llamar dos veces y otros como becarios de una muerte adelantada. Frente a la mesa, como en las cárceles, todos son inocentes. Víctimas de un sistema que les obligó a huir buscando el sol del Caribe y que no comprende lo que hicieron. Allí están todos, siguiendo el ejemplo que nos enseñó el único hombre bueno que de verdad emprendió aquel camino, ese señor que se fundió un camión blindado en putas y caipirinhas, y que no robó, sino que se concedió un crédito en condiciones favorables para poder pagar más de veinte años después lo que los dueños del furgón nos robarían. Un visionario, vamos, a pesar de la paradoja que eso supone para un bizco.

 

Me imagino frente a la mesa y bajo la sombrilla al señor De Juana, con apetito recuperado y una media sonrisa venezolana. A Carlos Llorca, como el jóker, envuelto en las gasas de una nueva operación de estética hecha en el sótano de una peluquería donde además de mechas ponen tetas. A Antonio Anglés, que se convirtió en un fantasma que hoy arrastra las cadenas por los aniversarios de la crónica negra. Y, recién llegada, a Sor María, con el pasaporte falso de una tal doña Marujita, sin hábito que haga a la monja, habiendo esquivado el juicio final con una necrológica en la que no se ha visto el cadáver.

 

Ahí están nuestros fugitivos. La crème de la crème de las exportaciones españolas, que, a pesar de la crisis, siguen creciendo. Quejándose de que como el país siga así pronto deberán buscar un nuevo local, que se está quedando la mesa pequeña, que tienen solicitudes desde todas las comunidades. Y de que va siendo hora de que se planteen si cambian la primera enmienda de la Constitución de los prófugos, que dice que jamás se aceptarán políticos en el club. Que no son gente de fiar.