El coleccionista de sombras

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Había algo invariable en su vida y consistía en dormir mal. Cada noche era lo mismo. Una profunda ansiedad ante la perspectiva del insomnio. Mientras escuchaba los gemidos del viento, pasaban ante él párrafos dispersos e inconexos de algunos libros dispuestos en su biblioteca. A Vásconez se le había ocurrido que para escribir debía disfrazarse con el ropaje de otros escritores. Incluso era posible que deseara nutrirse con lo más elocuente y esmerado de esa escritura, tratando de imitarlos y sustrayendo algo de su estilo. Pero no todo era el arte de las palabras, se decía, pues debía alcanzar esa extraña hendidura abierta misteriosamente ante sus ojos, ese lugar elegido por los artistas donde se encontraba la forma genuina del horror.

Se extenuaba escribiendo en moleskines de tapas negras y evocaba con deleite las conspiraciones y pugnas de las novelas de Dostoievski. Es fascinante todo lo que se puede llegar a saber de un escritor, se dijo, si uno lo venera. Uno se vuelve una especie de detective, un buscador de huellas, un sabueso de su intimidad. En la biblioteca conservaba una fotografía del escritor ruso, con barba y los ojos hundidos de místico. Pensaba en su destino de hombre atormentado, que nunca lo abandonó a lo largo de su vida, en la intensidad de su mirada, en cómo había excluido a los demás con su escritura, pues estaba tan solo… Se dijo que hay dos clases de escritores. Los que luchan con sus obsesiones y demonios. Y los que inventan sus fantasmas a partir de la imaginación. Dostoievski pertenecía al primer grupo.

Invadido por una oleada de preguntas, Vásconez había imaginado durante horas al escritor ruso mientras dictaba sus novelas a su joven esposa, al tiempo que daba vueltas por la pieza con las manos detrás, o arreglando meticulosamente las plumillas y llenando el tintero de tapa de plata dispuesto sobre la mesa de trabajo. También suponía que a veces necesitaba satisfacer sus más apremiantes impulsos, y que entonces salía de casa con aire clandestino para ir a jugar en el casino más cercano, o que terminaría la noche en algún tugurio ilegal donde el aire sería irrespirable por el humo que flotaba sobre las mesas de juego, cuyo tapete de paño verde estaría tan raído como grasiento.

De esa época el escritor Vásconez había intuido no sólo la vida rutinaria del novelista en San Petersburgo, sino las andanzas de Dostoieveski por las sastrerías y las casas de cambio, por las papelerías. Sabía que le gustaba caminar por sus calles, llevaba adentro la ciudad, se confundía con ella. Todo ocurría de manera vertiginosa y alborotada, con el chismorreo maligno de sus personajes hasta desembocar en innumerables conspiraciones durante esas noches tan frías como atormentadas por el sufrimiento. Ahora se hallaba atrapado en aquella ciudad, de la cual no podría salir. ¿Los antros y casinos de esa urbe eran tan sórdidos como los de Quito? ¿El lugar adonde iba Dostoievski era semejante al casino regentado por el conde en La Circasiana?

Todo escritor debe estar prevenido, pensaba Vásconez. ¿Cuál es el secreto para entender a fondo una ciudad, para entrar en ella y familiarizarse con su gente, sus parques, sus plazas y monumentos? ¿Haber nacido y vivido allí? ¿Y cómo se podía salir de ella? ¿Dónde encontrar sus vías de escape? ¿A través de la literatura, o gracias a lo que un escritor puede decir de ella? San Petersburgo había sido delineada por Dostoievski en sus novelas. De hecho no habría podido perderse en esa ciudad, pues cada vez que la describía en sus libros era como si estuviese contemplando un álbum de familia. ¿No ocurría lo mismo con Dickens, con el Támesis extendiéndose a lo largo de Londres? Ah, si pudiera dibujar una sombra en el mapa, se dijo Vásconez. ¿Acaso no pretendía hacer lo mismo con su propia ciudad? Traer a Drácula al parque y convertirlo en un sueño de horror del que no se pudiera salir, un delirio padecido por un borracho bajo una noche de lluvia. Otras veces, Vásconez se quedaba dormido en el estudio. Al despertar tenía la sensación alarmante de que los libros eran lo único que poseía, y entonces se dedicaba a desenredar pacientemente las largas frases subordinadas y sinuosas de Conrad y de Juan Benet (maestros en los cul de sac, en los callejones sin salida), para luego seguir con los imparables puntos suspensivos de Céline, o el galope frenético de la prosa de Faulkner, esa prosa que fluía como las aguas del río Misisipi, con los negros elevando sus tambores y tocando blues en sus pantanos.

Por la tarde comprobó que no tenía whisky y bajó a dar una vuelta por el parque, tras una agotadora mañana de trabajo. De la imprenta tomó a la derecha por una calle lateral, y se dirigió a la Bola de Oro. Ya no le llamaba la atención la estatua de Santa Clara, recientemente restaurada por un artista cubano. Su mirada se volvió inquisidora al divisar al muchacho que yacía tirado sobre unos cartones en la acera. Había advertido el brillo oblicuo de sus ojos y ahora podía recordar tal como era cuando lo vio por primera vez en el parque. Tenía la inocencia aborregada de los mudos, y el pánico en los ojos de las figuras precolombinas que guardaba Andrade en su cueva. ¿Qué clase de visiones y de monstruos desfilaban ante esa mirada?, se preguntó Vásconez, al tiempo que observaba sus manos agarrotadas por la droga. Un día el muchacho lo descubrió escribiendo en un banco frente a la palmera. Rara vez bajaba Vásconez con los cuadernos al parque, pero una mañana lo hizo. El placer que le proporcionaba el sol al penetrar como una caricia en su cuerpo, aquel sol inclemente tras cuatro días de una lluvia implacable que había cubierto con charcos lodosos el parque, era algo sublime. El muchacho permaneció con las piernas cruzadas, riéndose cuando él se quedaba pensativo, antes de anotar algo en su cuaderno o en el margen de un periódico arrugado. Le dirigió una mirada huraña, exhibiendo una risa despiadada a la vez que abría los la- bios para soltar un chorro de baba. Ahora, cuando pasó por su lado, le dijo: “Quítate, huevón, vos que andas escribiendo en periódicos sucios”… Luego escupió y se echó a reír, llevándose las manos a la cara.

Mientras caminaba hacia el mercado se dio cuenta de que soportaba mal el hecho de no haber atinado con las palabras precisas, que se le escapaban como peces hasta desquiciarlo. Una sucesión de palabras inertes colocadas en hileras sobre el papel, se dijo. Y también unos cuantos sustantivos, verbos y adjetivos lanzados sin fuerza ni sabiduría. Con profunda preocupación, había advertido la limitación de su propia imaginación, de su incapacidad para la escritura, porque las palabras no acababan de manifestarse. ¡Putas, putas, putas! Parecían estar atascadas como tornillos oxidados, duros, rebeldes, incluso percibía su tartamudez epiléptica frente al lenguaje, lo que le producía desasosiego y lo llenaba de humillación. Había esperado que las palabras vinieran cargadas de fantasmas, pues eso era realmente la escritura: el arte de sacar historias del pasado. Una forma de soñar otras existencias, o quizá lo hacía para vivir a plenitud la vida que no tuvo. En su afán por escribir había algo enfermizo y compulsivo, una especie de búsqueda e indagación de sí mismo. Durante esas duras jornadas de trabajo, solía imaginar y escribir sobre situaciones tan deslumbrantes como angustiosas, sin duda cautivado por mujeres extraídas de sus propios sueños, asomándose a unas cuantas ciudades heridas por el tiempo y la melancolía. ¿Qué experimentaba cuando se sentaba a escribir? Resentimiento ante la limitación de su propia memoria. ¿Acaso no fue Proust quien le había mostrado esa zona inalcanzable del universo? Porque antes de él tan sólo teníamos recuerdos, o quizá postales escritas sin emoción. Pero él era un indagador, un lector polilla, que jamás se hubiera permitido apoltronarse en la obra de un solo autor, lo que explicaba sus cambios de perspectiva y su permanente asalto a las librerías. Así fue como llegó una mañana de verano donde Aurora en la calle Bolivia. Tenía dieciséis años. En cuanto entró se fijó en un libro de Emecé de color pardo, colocado en el centro de la mesa. Le había llamado la atención el título del libro, El castillo. Al leer una frase experimentó un espasmo en el estómago, porque le hablaba con la misma ambigüedad y capacidad de simulación propia de los grandes escritores, de los que impregnan nuestra conciencia hasta destruirnos. Había descubierto a Kafka, pero Kafka no era sólo un escritor sino un virus infinito. También era la misma voz de la culpa o una especie de venganza de la tribu, cuya condición era propagarse como una peste, acaso porque al escritor checo le fue negado el amor.

La Bola de Oro se encontraba enfrente de una ferretería. Era la licorería donde Vásconez se abastecía de whisky. Al entrar vio el resplandor de las botellas y percibió el aroma de los chocolates. En la estantería había galletas, bombones, caramelos importados. Distinguió la etiqueta de Cutty Sark, con el barco navegando por las aguas amarillas y verdes de la botella. Detrás del mostrador había un gran afiche de Suiza, con un fondo de montañas nevadas y un cielo azul. Era imposible no mirar con asombro ese derroche de pureza, de blancor invernal a lo largo de la foto.

Al verla extender la mano para pagar, supo desde el primer momento que la joven esposa del conde también lo había visto. Cuando se acercó y pagó la botella de whisky, le invadió un vago deseo de hablar con ella. Fijó la mirada en sus manos, y tuvo la impresión de que le había adivinado los pensamientos.

—¿Tan temprano por aquí? –dijo amablemente Denise, pero de manera atropellada–. Tenemos que vernos –agregó con un tono de ironía.

Por unos segundos volvió a ser la de antes, tal vez hubo un tiempo en que la había deseado, sobre todo cuando por las tardes iba él a reunirse con el conde en la biblioteca para seguir con la redacción de sus memorias. Con frecuencia se la encontraba por la escalera. Iba despeinada, sin maquillaje, con la cara hinchada de haberse despertado hacía un momento. Llevaba un largo camisón de encaje, con el cuello al descubierto y un escote pronunciado, del cual colgaba un camafeo con una piedra azul que tenía un dibujo que no se podía distinguir. Y entonces Vásconez recordó el terrible episodio del conde con ella. Había llegado más temprano de lo usual a La Circasiana. Oyó voces en el vestíbulo, y retrocedió lentamente hasta ocultarse con cautela al final del pasillo, junto a las cortinas de la ventana. No sólo se sintió inoportuno y nervioso. Por más que hizo un esfuerzo para alcanzar de nuevo la escalera, se dio cuenta de que era inútil. De aquella ocasión aún rememoraba la violenta y compleja conversación entablada entre Denise y el conde, pues había escuchado consternado, sin moverse, sus reclamos acusadores:

—¡Maldito degenerado! ¡Durante tres años me has tratado sin consideración, y has destrozado mi vida! ¡Mandaste a publicar una foto mía en el periódico! ¡Sólo me hablas cuando quieres tirarme y darme por el culo!…

A su vuelta se encontró de nuevo con las palomas comiendo con avidez el arroz desparramado sobre los adoquines del parque. Por su forma de caminar y moverse a saltos, le pareció que eran como ratas provistas de ojos furiosos y malignos, que a veces volaban hasta el balcón de su estudio, donde se ponían a golpear con insistencia el vidrio de la ventana, y eso lo desquiciaba porque lo apartaba del mundo de las palabras. Al pasar muy cerca del lugar donde se encontraban las palomas, había escuchado con aprensión el aleteo nervioso y probablemente pestilente de sus alas. Quizás fueron esas aves las que trajeron el aspecto de decadencia al parque con una suciedad que lo inundaba todo de manchas verdosas.

Dicen que donde se encuentra el parque de Santa Clara antes hubo una comuna y un cementerio indio. La iglesia fue construida por el abuelo del conde en 1939, siguiendo el modelo de una ermita de un pueblo español de La Rioja. Y al cavar para fijar sus cimientos, los obreros encontraron entierros, piezas de cerámica, cabezas y figuras ancestrales, cuyos rostros redondos y de ojos saltones como los de algunos insectos, con los labios protuberantes y la vista fija en el horror de la muerte, parecían haberse desfigurado con el tiempo. A él le gustaba vivir encima de aquel cementerio, en ese parque que por las noches se volvía el lugar más solitario del mundo. A menudo se preguntaba entre dos tragos de whisky por qué los antiguos necesitaban emprender el viaje hacia el Más Allá rodeados de objetos. Cuando andaba por el parque, Vásconez temía pisar esa tierra si había llovido y estaba mojada, porque alguien podía estar enterrado allí debajo. A veces sentía la presencia de los muertos y también su inaudito silencio. ¿No eran los muertos quienes lloraban por la noche? ¿O quizás era algún niño del edificio o los perros del barrio? “Por eso hay fantasmas”, le había asegurado Patricio Andrade, el dueño de la vulcanizadora ubicada detrás de una esquina del pasaje. A él no le interesaban demasiado sus comentarios, incluso intentaba ignorarlos. Pero esa tarde siguió caminando con la mirada puesta en un costado de la iglesia, cavilando sobre la vida solitaria, sin duda aburrida de su vecino, aquel hombre canoso y con el rostro muy blanco que se pasaba el día leyendo revistas y periódicos, sentado en un sillón desfondado delante de una torre de neumáticos inservibles. Cada vez que pasaba y lo veía con los ojos enrojecidos por el alcohol, el escritor se cuestionaba cómo es que ese hombre sabía tantas cosas de Santa Clara y de la vida del conde.

—Hola, señor Vásconez. ¿Cómo está? –inquirió Andrade, sin estirar la mano ni levantarse del viejo sillón manchado de aceite, cuando se acercó a la puerta para saludarlo–. Hoy día ha bajado tarde a caminar –agregó–. ¿Supo que anoche murió el señor conde?

Luego golpeó con el tacón de la bota el costado de una llanta. Durante un rato se quedó absorto, asintiendo en silencio como si hurgara en su memoria.

—¿Se da cuenta? –comentó doblando los brazos sobre el pecho–. Lo último que hizo fue matar de un tiro a su perro.

—Un personaje inusualmente extravagante. Como toda su familia –replicó Vásconez, parado en el umbral, pero sin entrar en el local–. Le separaban tantas cosas de la gente… Si hasta dicen que era vampiro –dijo con aire suspicaz.

—No me vacile, señor Vásconez –replicó Andrade, exhibiendo una sonrisa de dientes picados–. Ahora la casa quedará vacía y yo perderé mi trabajo. Ya no tengo a quién limpiarle los carros.

Allí, apoyado contra los neumáticos, con las mejillas sin rasurar, lo sintió terriblemente vulnerable, muy abrumado por la muerte del conde. Durante unos segundos sospechó que ese hombre desaseado, rudo y con los pelos erizados había llorado cuando supo la noticia. En una hoja suelta y amarillenta del diario El Comercial, pegada con un clavo en la pared del local, un periodista había escrito una crónica sobre una competencia de carros, en la que Patricio Andrade había participado en 1948 como piloto de un Ford azul con motor V 8. En una repisa de madera barata, el mecánico conservaba cuatro estatuillas precolombinas, de aspecto siniestro, con los labios y los muslos abiertos, herencia de su abuelo albañil, según le había contado a Vásconez. Un recuerdo de cuando los obreros cavaron el solar para levantar la iglesia. En la pared opuesta había una foto en blanco y negro de Fangio, junto a la portada en color de una rubia con piel de manzana que miraba descaradamente a la cámara con unos pechos descomunales. Idéntica de rasgos y de aspecto, se veía la foto de otra rubia que se balanceaba desnuda junto a una bañera llena de espuma.

Fue al oír la noticia sobre la muerte del conde cuando se le ocurrió ampliar su proyecto con una crónica sobre su vida. Todavía recordaba la tarde en que lo había mandado a buscar para invitarle a tomar una copa en La Circasiana. A continuación le hizo una oferta muy atractiva: le pidió que escribiera un folleto sobre la historia de la casa. Aunque Vásconez no sabía nada de ese mundo, su propuesta, hecha con espontánea claridad durante una velada entre abundantes copas de coñac, fue aceptada de inmediato.

Tras despedirse de Andrade, se alejó hacia el pasaje adonde iban a morir las palomas. Por el trayecto vio rastros de humedad y notó un fuerte olor a orines, que sin duda eran del vagabundo y de la loquita que dormía con un perro en el pasaje. Cuando entró de lleno en la luz, las palomas levantaron el vuelo dibujando en el cielo gris una larga y cambiante trayectoria. A esa hora una niebla de color violeta se derramaba como un manto protector sobre el parque. Una gran palmera dividía el terreno en dos partes, y un cholán con sus ramilletes de flores amarillas se perfilaba detrás de un capulí del que se colgaban peligrosamente los niños. A menudo Vásconez había tenido la sensación de que los árboles –una acacia, el ciprés y el jacarandá– lo esperaban cada mañana hasta que él saliera a caminar bajo su sombra en el parque.

En aquel barrio la vida era muy agitada, quizá porque se hallaba muy cerca del mercado. Muchas veces iba a tomar café en El Pan Francés, o acudía a la tienda de productos naturistas donde compraba cada semana un frasco de sábila. A sus espaldas y bajo un nebuloso cielo de mayo, percibía las inclemencias del volcán. Al tiempo que sacaba la llave para abrir la puerta, se repitió que tenía que escribir algo sobre la vida del conde. Sin embargo, no lograba quitarse de encima ciertas imágenes recurrentes, que pesaban con insistencia en su cabeza. Lo había visto sentado con aire ausente en un banco del parque. Recordaba bien la imagen del conde, subiendo por la calle de la vulcanizadora. Pero no le bastaba el enorme jardín que había delante de La Circasiana, sino que venía a sentarse con su perro boxer en el parque de Santa Clara.

A Vásconez le llamaba la atención ver su figura delgada y solitaria desde la ventana de su estudio, vestido con un abrigo grueso de invierno y un sombrero inglés abombado que le cubría la mitad del rostro, cuando entraba por la calle Mercadillo hasta desembocar con el perro en el parque, donde reinaba un profundo silencio originado por la quietud de los árboles. De esa época recordaba sus gafas redondas de ciego, cuando se las quitaba antes de tomar asiento.

Muchos podrían suponer, por su aspecto solemne y por los botines de tacón alto que llevaba, que su presencia era una amenaza en el parque, sobre todo porque aquel hombre ataviado de forma extravagante no encajaba con los niños que a esa hora aún jugaban con una pelota. Si alguien hubiera tenido la oportunidad de ver el aspecto malsano de su rostro, o sus labios apretados en una permanente mueca desdeñosa, no habría dudado en pensar que el conde Aldo de Velasteguí (título otorgado por las Cortes de Madrid en 1796 y renovado en 1959) era el único y último conde que hubo en esta ciudad, parecía ser el mismo Drácula llegado en algún momento de Transilvania. ¿Qué hacía caminando borracho a esas horas por el parque?, se preguntaba Vásconez.

En los últimos meses había venido con frecuencia. Una noche apareció con una mujer y fue a sentarse en un banco. Desde el estudio, Vásconez le vio recorrer la corta distancia que había antes de llegar a la iglesia. Lo miró con suspicacia y observó que tenía las cejas y el pelo tan negros como las alas de un mirlo, la cabeza cuadrada, las manos bajo los guantes de cuero amarillo. Para Vásconez fue fácil suponer que tanto la enfermera o la criada como el conde se alejaron hacia la oscuridad de la iglesia, con sus cuerpos apenas iluminados por una luna que colgaba insípida del cielo. Tal vez no tenían dónde refugiarse, por eso terminaron de manera furtiva dentro del templo, en el cual el escritor los imaginó apretujados en el confesionario, el conde sudando de deseo debajo del abrigo, al tiempo que percibía el miedo jadeante de la mujer por hallarse en aquel escenario, apenas a unos pasos del altar donde había un enorme crucifijo de madera. Entonces debió de abrirle con mano experta los botones de ese uniforme de enfermera, mientras ella soltaba un suspiro resignado cuando le arrancó el sostén.

Quizá todo fue un arrebato improvisado y pasional desde el momento en que la vio en el cuarto de su esposa en La Circasiana. Pero esa tarde ella se había presentado con un paraguas rojo que no necesitaba, porque no estaba lloviendo, vestida con su reluciente uniforme blanco.

Media hora después, Vásconez se hallaba de nuevo sentado en el gran sillón de cuero del estudio, contemplando la palmera gigantesca que cuando caía la noche parecía que se abrazara con sus ramas al costado de la iglesia. Se sirvió un abundante trago de whisky, y entonces sintió un amor incomprensible (o quizás era odio) por la ciudad, pues se consideraba un exiliado dentro de ella. ¿Y quién no lo era al caminar por sus calles mojadas por la lluvia? Luego miró los colores vivos de los libros y la mesa de madera tallada cubierta de revistas, de papeles y de manuscritos doblados por la mitad, junto a un gran globo terráqueo colocado sobre unos lujosos tomos de arte. Y entonces volvió a recordar a Denise, la viuda del conde, con quien se había encontrado en la licorería. A pesar de que seguía siendo una mujer atractiva, desde la muerte del conde había engordado bastante, y notó algunas arrugas que le invadían el cuello. Tenía el pelo ondulado y abundante y las piernas gruesas de quien había hecho ciclismo. Los dedos robustos y largos con las uñas pintadas de rojo y muy cuidadas poseían un atractivo sensual que le había llamado especialmente la atención. ¿Y ahora por qué sonreía? El estremecimiento provocado por el contacto de sus manos al saludarla aún no se había desvanecido. Fue un recuerdo que vino a su mente como una voluta de humo, como si la expresión sombría de sus ojos y la extrema delicadeza con que se había acariciado la piedra del camafeo romano que pendía de su cuello hubieran conspirado para activar su deseo por ella, con el dragón bailando entre sus pechos desnudos.

“Resulta tan fácil desearla…”, se dijo.

Este texto corresponde al primer capítulo de la novela del mismo título que acaba de publicar la editorial Pre-Textos. Si quiere saber más sobre esta novela acceda a este enlace.

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