El collage y la vida

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El collage comenzó a usarse como herramienta artística con las vanguardias de principios del siglo XX. Conquistó el cubismo, el dadaísmo, el futurismo italiano, el constructivismo ruso. Luego lo incorporaron los surrealistas a sus cadáveres exquisitos. Kurt Schwitters, el gran artista merz, lo convertió en el centro de su trabajo. El informalismo lo añadirá como una técnica pictórica más en sus densas composiciones, y el arte pop hará todo lo contrario, usarlo para hablar de ligereza y banalidad. Los situacionistas emplearán collages para construir los mapas de sus derivas urbanas. Terry Gillian, el más artista de los Monty Python, hará del collage una de las señas de identidad de sus divertidas películas y series de televisión. El postmodernismo lo convirtió en filosofía.

El collage fue haciéndose arte conforme la vida iba haciéndose collage. Y hoy refleja perfectamente la fragmentación, complejidad y mixtificación de nuestro mundo. Todo nos llega de todas partes todo el tiempo, todo lo recibimos en pedazos que tenemos que combinar para decidir quiénes somos y qué queremos. Funcionamos como un mero soporte en blanco donde pegar y despegar trozos de quién sabe qué, y así componer y descomponer identidades. Porque tan importante como el collage es su antónimo, el décollage, despellejar palimpsestos, profanar sus capas de tiempo para abrir ventanas a otros mundos. Wolf Vostell supo sacarle partido a ese azar.

Para hablar del collage y de sus collages, el diseñador gráfico Emilio Gil ha escrito, ilustrado y diseñado un libro delicioso. Se titula Capas en el tiempo. Lo que cuentan los collages de Emilio Gil, y lo ha publicado Experimenta Libros en su colección Alter Ego, dedicada a mostrar las facetas más artísticas de los diseñadores. Soy de los que dudan que el arte y diseño sean cosas ajenas y separadas, pero, en fin, aceptemos por ahora el viejo tópico de que, si el diseño da respuestas, el arte hace preguntas. Gil atesora un brillante historial de dar respuestas a sus clientes, un currículum largo y ancho cocinado en su mayor parte dentro del estudio TAU Diseño, que fundó en 1980. Pero en su trabajo de collajista —como a él le gusta definirse— las preguntas, las dudas, las respuestas y el proceso, lento y disfrutado, que las conecta, son exclusivamente personales. Y se nota.

El libro, exquisitamente diseñado y producido, refleja ese disfrute. Con 182 páginas en formato vertical de 20,4 x 26 cm, está organizado en una introducción, 32 capítulos dedicado cada uno a un collage de Gil, un estupendo epílogo del también diseñador y artista José María Ribagorda, y un índice onomástico. Cada collage va acompañado de un texto del autor con explicaciones, razonamientos, anécdotas, motivaciones y referencias, tanto textuales como visuales. Complementa cada capítulo una pequeña reflexión del escritor Alberto Barciela.

Por el libro —en sí mismo un rico collage de ideas y presencias— deambulan diseñadores míticos y no tan míticos, iconos de la publicidad y la prensa, logos, sellos de correos, juegos tipográficos, papeleras, el Letraset, los espacios en blanco, las serendipias que surgen en las mezclas compulsivas, la escritura de los niños, arquitectura, poesía, el Quijote, el Prado, el Corte Inglés, portadas de libros, mapas, planos, tickets, programas de mano, envoltorios, suelas de zapatilla, objetos encontrados… La vida.