El corazón es un animal extraño, de Martín Limón

0
537

Luego de bajar por el teleférico de Montjuic, fui a dar al mar y a la Barceloneta, y mientras caminaba por ese barrio bohemio se me pegó una frase hasta boba que yo repetía como un mantra. La frase decía “vamos a ver si esto es verdad”, pensaba, dudando del presente, y de nuevo, otra vez, “vamos a ver si esto es verdad”.

Creo que mi mantra barato lo causaba una extraña sensación, una de irrealidad, una sensación que no me abandonaba, como si me hubiera dado cuenta de que era un personaje de una novela, un pretencioso personajillo tratando de escribir una crónica con olor a ensayo.

De pronto tuve otro pensamiento muy extraño: “Yo llegué a España caminando”.

De manera que yo iba por Sant Carles y la carrera de Ginebra sintiendo como si hubiera empequeñecido y caminara por una fina maqueta elaborada por un estudiante de arquitectura. Las calles estrechas, el trazo de una ventana por la que salía un suave rock sicodélico, las puertas de madera, los balcones con barrotes de hierro viejo y oxidado, ropa extendida en las ventanas, basuras aquí y allá, un olor a marihuana y banderas separatistas de Cataluña. Ahora yo estaba caminando por los planos elaborados por una arquitecta hippie o por los renglones escritos por una escritor sin bañarse y la barba larga y las uñas mugrosas, dueño de un lindo carro estacionado en la calle.

“Vamos a ver si esto es verdad. Yo llegué a España caminando”

Uno de los objetivos de la pasantía en Barcelona consistía en realizar un recorrido literario, observar algunas calles, edificios y atmósferas de los libros de Carlos Ruiz Zafón. Articular un lugar con un fragmento de la obra. La idea se terminó de cocinar relacionando un tercer elemento: una técnica narrativa, un mecanismo, es decir una forma literaria. Cada lugar iría de la mano no solo con una parte de la historia sino también con un componente de la forma y con ello pretender una triada: lugar, escena y técnica. Imagen, narrativa y forma.

Ahora estaba atrapado en la maqueta de un hippie caminando por la Barceloneta, respirando un aire mediterráneo, siendo el protagonista de una novela. Sólo me faltaba tener el corazón roto, una mujer clavada en la mente, varios pasaportes y una pistola en el morral. Y claro, una orden de captura en mi contra.

En adelante, buscando a Zafón quedé atrapado en una ficción. Es decir, desde que había llegado a Barcelona había estado elaborando un paisaje mental y la fuerza creativa de un yo.

Luego de mi vuelta por la Barceloneta, llegué al hotel, me bañé sin afán, vi una película, una que ni me acuerdo cual era, es posible que no haya visto ninguna, total, a las doce de la noche, encerrado en la pieza del hotel, un dolor agudo y repentino me recordó que desde niño estaba lleno de tripas y jugos gástricos. Carajo, qué ganas de una hamburguesa bien grasosa. Y de nuevo otra punzada me retorcía la panza. ¿A dónde salir a comer?

Recordé que a unas ocho cuadras había una hamburguesería. Me calcé, fui por una chaqueta, luego al baño y me detuve en el espejo a decidir entre salir o quedarme. ¿Será que llamo a mis amigos bibliotecarios?

Me largué solo y afanado por Travessera de Gracia, con el convencimiento de atiborrarme de grasa, carne y salsas. Respiré profundo y, en un ataque de cursilería, alcé los brazos en victoria, llenándome los pulmones. Esto tiene que ser verdad.

Estaba viviendo la noche barcelonesa, una noche cómoda, limpia, como si estuviera usando ropa recién comprada, cuando en realidad estaba siendo parte de un pretencioso laboratorio ficcional. Pasé por un lugar oscuro y sentí una corriente fría. De repente fui presa de una atmósfera siniestra que contrastaba con mi buen ánimo.

Las sombras alargadas de un corredor proyectaban un par de cuerpos opacos y confusos. Avancé con paso rápido por una acera solitaria, una calle antisocial. La noche se hizo más espesa. Me sentí presa de un atraco.

Tenés que abrir los ojos, me dije, encendiendo la concentración y la desconfianza.

Hasta entonces había creído que en Barcelona estaba a salvo de los pillos y atracadores. Nada menos cierto —entonces enchufé mi modo natural de pensar; es decir, la cantaleta—porque Europa no es para nada una mansa paloma.

En mi panza, burbujearon los ácidos. Mis tripas quedarían perforadas.

 

A cuadra y media del hotel, cerca de la Vía Augusta, noté un mensaje neón de un minimercado. Una vitrina con estanterías.

“Sánduches fríos”, pensé como una solución urgente.

¿De verdad iba a cambiar una hamburguesa caliente y grasosa por panes tajados?

Y mis violentos jugos gástricos contestaron con burbujas.

Qué más da, dije yo, vamos por sánduches congelados, al diablo la hamburguesa.

En el pasillo luminoso del mini mercado me atendió un hombre moreno y barbado con cara de árabe. Compré jamón, pan tajado, queso mozarela en lonchas, aceitunas y un par de cervezas y un paquete de papitas fritas para picar por el camino.

El antojo de grasa caliente y queso derretido fue eliminado de un plumazo. Ante todo: la flexibilidad. Y de nuevo a la calle, a la paranoia, la desconfianza.

Sánduches fríos preparados en pieza de hotel. Qué puto desastre.

Caminaba por el andén oscuro, mirando para un lado y para otro, alertado por las sombras. Recordé a mis alumnos en la cárcel, pupilos que escribían sus atracos en crónicas. Talleres de escritura creativa en cárceles de Medellín. Cada vez que estoy con mis pupilos carcelarios me vuelvo más desconfiado, pues me han enseñado que el peligro escapa desde cualquier rincón.

En el taller de escritura en la cárcel hemos escuchado historias en las que se cuentan robos, asesinatos, secuestros, extorsiones, estafas y hasta torturas. El taller se llama Libertar bajo palabra y cada año publica un libro llamado Fugas de tinta, título apropiado para relatos desde la prisión donde se realiza un ejercicio de fuga, de libertad en el pensamiento y en la palabra.

Alguna vez tendría que proponerles un reto literario: ¿Cómo escapar de la cárcel?

Este taller  creativo parece un ejercicio interesante, pero no para recordarlo cruzando las sombras y la soledad de Barcelona.

Pensando en las historias que me contaron los pupilos, mi suspicacia aumentó y apreté el paso. Caminaba con las bolsas en las manos, con ganas de echar un buen trago de cerveza cuando crucé con una señora de gabán y pelo corto que venía en dirección contraria. Me miró con cara de: “A este qué le pasa que viene tan asustado”.

Para intentar pensar en otra cosa, me impuse el tema que me traía obsesionado por  todos estos días: las fronteras entre la ficción y la realidad. Pensando en esto tal vez podría calmarme. Siempre había confiado en la brecha que separaba la invención de la realidad, en el profundo abismo entre ambas expresiones de la vida. Confiaba en que fueran totalmente diferentes y, sin embargo, este viaje estaba cerrando la grieta, acercando ambas orillas.

Me hice a la imagen de los márgenes de dos placas tectónicas, las que antes estaban claramente separadas y ahora se movían al centro, como si fuera un movimiento sísmico, para encontrarse en un punto donde dejaba de existir el contraste y la abertura, todo para formar una nueva superficie. En este nuevo plano, la ficción y la realidad se fundían en un solo terreno, en una sola historia.

Seguí dándole y dándole al tema hasta que pude llegar al hotel Barcelona Golf. Ya encerrado en la pieza, preparé el primer sánduche y pude despachar el primer mordisco frío.

Abrí un archivo de música en el teléfono móvil, apreté el play y bajé un buen trago de cerveza espumosa. Comenzó a sonar una balada heavy metal.

Abrí la ventana y vi la calle, masticando y detenido en la esquina de Travesera de Gracia con la Calle Balmes. Allí había un bar. Sentí en la cara un viento oscurecido, áspero, un viento viejo, un viento barcelonés, un viento de novela negra. Un sujeto mirando por la ventana del hotel mientras comía y escuchaba una balada y miraba el bar de la esquina, un bar que parecía tener las paredes forradas en marmol. Era como si hubiera llegado a “España caminando”. Pero antes había salido de Medellín y aterrizado en Lisboa, durante la época en la que recorrí a Europa con una mochila en los hombros.

Sentí el viento en las afueras del aeropuerto portugués, donde tomé un bus que me dejó en el Río Tajo, a punto de pasar por el gran puente Vasco da Gama.

En el Parque Tejo hice amistad con cuatro muchachos que tomaban cerveza. Milagrosamente también andaban de aventura en una camioneta. Nos pusimos felices al saber que nuestros destinos coincidían en los siguientes doscientos kilómetros. Ellos, como yo, tenían planeado llegar hasta Elvas, una ciudad que albergaba la mayor colección de fortificaciones baluarte del mundo.

Durante siglos, Elvas fue el principal puesto fronterizo al sur del Tajo y estaba a tiro de cañón de la frontera con España. Fue así como entre canciones de rock en español, risas y una entrañable camaradería, atravesamos el país.

La noche en que llegamos a Elvas preparamos el camping en las afueras de la ciudad y celebramos la despedida con licor, música y carne asada al carbón.

A la mañana siguiente ellos continuaron su recorrido hacía el sur y yo seguí a pie en dirección de la frontera. Todo parecía indicar que el ángel protector se extravió en la resaca porque esa mañana nadie me recogió en el camino. De modo que así llegué a España: caminando.

Durante el trayecto, el sol y la brisa estuvieron dándole vida a la campiña. A los lados de la autopista crecían cultivos de olivo y cereales. Por la nariz pasaban las corrientes de aire europeo y yo me las quería tragar enteras.

Instalado en la ciudad trabajé como vendedor en un centro comercial. Trabajaba en las mañanas y las tardes me quedaban libres para caminar por los parques, las universidades y algunos museos.

En una oportunidad conocí a una muchacha italiana. Se llamaba Pia Nicoletta y más adelante, cuando nos hicimos amigos, me di cuenta de que guardaba en el corazón un afán imprudente por la aventura.

Mirando desde una ventana en Barcelona, quedé atrapado en una historia de la generación beat, un road movie, quedé estampado en un nuevo plano donde la brecha entre ficción y realidad se disolvían para aparecer en un solo terreno, una sola historia.

Entonces caí en el cliché de convertirme en un personaje de ficción. Mi papel era protagonista de El corazón es un animal extraño, una novela de MartínLimón, escritor colombiano sin lectores ni reseñas, como si sus libros estuvieran condenados, sin pena, con gran alivio de mi parte, al abandono.

MartínLimón, contrincante de este pecho que escribe.

Martín era un ladrón de ideas y columnas de opinión. Martín es mi enemigo y, no sé si lo había dicho ya, también es autor de este diario, de esa triada: lugar, narración y forma, y también de la aventura que sigue.

Según la historia de Martín, transcurría una tarde brillante cuando caminé por El Parque de la ciudadela, en Barcelona. Un edén con prados verdes, llanos y despejados. En una de las sombras me detuve, una zona arborizada y fresca, donde quería recostar la cabeza para leer. Me acosté y ya pasaba la segunda hoja cuando, inesperadamente, alguien se me acercó. La chica era esbelta y traía en el rostro la altanería y la élite de las plazas VIP. Yo debería despertar interés ante semejante belleza, pero como la miré con indiferencia, la muchacha abrió los ojos y la boca en un claro signo de regaño.

Sin saludarme ni nada, me preguntó en dónde había comprado El infierno está vacío, la novela que estaba leyendo. No se había tomado la delicadeza de hablar con amabilidad y por el contrario me había hecho la pregunta con aspereza.

Me molestó su arrogancia.

La muchacha todavía no descubría, ni se lo imaginaba, que era producto de una imaginación mediocre como la de MartínLimón. A diferencia de ella, yo lo tenía muy claro y por tanto estábamos empatados, con el marcador igualado, como diría un comentarista deportivo: ella con su belleza y altanería y yo con el pleno conocimiento de que todo era una mentira, una ficción. Ella estaba identificada con su papel, jugando en la cancha del estadio, y yo estaba completamente desprendido, mirando desde la tribuna. Por eso no me importó que me tratara en adelante como un títere, como su juguete, como su entretenimiento.

Entre los dos, yo no era el títere. De modo que le contesté cualquier cosa, sin prestarle atención, intentando mantener los ojos en el libro. En adelante nuestra historia fue una demostración de la simulación, una actuación.

Actuar significa dos cosas completamente contrarias: llevar a cabo una acción y también simularla, como toda literatura. La muchacha se sentó y no tuve otra opción más que leer en voz alta.

Recuerdo que me preguntó por el nombre de la novela, de modo que volví sobre el epígrafe de las primeras páginas:

“El infierno está vacío y todos los demonios están aquí”.

“Es una cita extractada de La Tempestad ―le dije― de William Shakespeare.”

Le resumí lo que llevaba leído de El infierno está vacío, le dije que se trataba de un novelón entre gótico y negro en el que su personaje principal, Abelardo, es un hombre de aspecto tan turbio y desordenado como su mente. Luego de la publicación de la novela, la crítica en periódicos y revistas dijo estar preocupada porque esta ficción inspiraba violencia en el mundo real. Abelardo es un héroe anarquista. Y SebastiánElPepinoLópez un fastidioso antihéroe moralista y retardario, ElPepinoLópez digno representante de la ley, el policía del novelón.

Nicoletta y yo nos volvimos amigos. Luego de este episodio de lectura en voz alta salímos por la noche a tomar vino. Me contó que le gustaba leer a Mario Puzo y a Roberto Saviano.

Me hizo recordar a Saviano, quien saltó a la publicación de su novela Gomorra. En ella el que describió los negocios de la Camorra italiana, basándose en hechos reales. La gran repercusión del libro -con más de dos millones de copias vendidas- provocó una reapertura del debate sobre el crimen organizado en Italia y le valió a Saviano amenazas de muerte de camorristas.

Desde la ventana del hotel seguía comiendo sánduche frío y escuchando esa canción de Accept, una balada heavy. Desde entonces el Ministerio del Interior italiano le proporcionó a Saviano una escolta permanente, que fue calificado por Umberto Eco ​como “héroe nacional”. Saviano decidió abandonar Italia después de que la prensa desvelara que el clan de los Casalesi tenía previsto asesinarlo a él y a sus escoltas en un atentado antes de navidad. Desde entonces vive bajo escolta​ permanente.

Estaba pensando en esto, recordando cuando vi la película Camorra, basada en el libro de Saviano, y mirando por la ventana del hotel en Travesera de Gracia. Miraba la calle, y en la acera y una pareja que salían del bar. Iban a la esquina y allí se comieron a besos. Creí ver a Nicoletta con un sujeto parecido a mí, aunque por supuesto no era yo, aunque podría serlo. Estuve un rato intentando reconocerlo cuando soltó una carcajada y, carajo, era mi carcajada. Me asusté. Luego habló duro y habló con ese acento tan paisa, tan antioqueño, un acento de Medellín y ya no tuve duda: era yo, comiéndome a besos con Pia Nicoletta en una esquina de Barcelona.

Heredera de una tradicional viña en Cataluña, en la que aprendió con su padre el arte de catar vinos, y por supuesto en donde se volvió una alcohólica desde muy joven, Pia Nicoletta podía tener varios millones de euros en la cuenta del banco, ser excéntrica y lucir como una reina en una noche de gala, y aun así, aburrida del entorno regio y estirado, se marchaba del club, iba a su apartamento, se soltaba el pelo, cambiaba vestido y tacones por jeans y tenis y salía en busca de alguien que le vendiera un buen gramaje de aventura.

Cuando trabamos amistad, y no nos despegábamos el uno del otro, solía invitarme a sus exclusivos encuentros sociales, a los que yo iba disfrazado en traje de noche. Me sentía Frank Sinatra con los vestidos de etiqueta que me compraba. Nicoletta me decía: “quiero que vengas conmigo a esta fiesta para que sepas cómo es, pero prométeme que vas a mantener la boca cerrada mientras estoy con mis amigos”.

Era evidente que se avergonzaba de mí. Me quedé con ella porque no tenía opción, yo era un pobre títere metido en una novela, una novela de regular factura, un mequetrefe de la ficción, una consciencia que podría darme estatus y sin embargo no me lo daba, era un mequetrefe mirando desde la tribuna cómo se jugaba en el campo, un observador y no un protagonista.

Ya en la fiesta, ella los empujaba hasta una esquina del salón, dejándome solo. De modo que yo aprovechaba para sacarle el máximo provecho al banquete, despachando bocadillos gourmet y socorriendo la garganta con a punta de cócteles. Si no podía apartarme de la novela, al menos intentaría disfrutarla. A la semana siguiente visitábamos una comunidad hippie que vivía en la miseria. Eran personas sencillas y apasionadas. Con ellos, Nicoletta permitía que yo abriera el pico. Y aunque vivían en un desorden delirante, su hedonismo y lúdica atraían el espíritu inquieto de Pia Nicoletta. Otras veces, en las tardes, íbamos a cine y luego visitábamos la zona más sórdida y peligrosa de la ciudad, un barrio con prostíbulos, bares cochambrosos y plazas de vicio. En la madrugada tomábamos vino en algún parque y celebrábamos el renacer del sol con los borrachos callejeros. Con ese veneno que tenía Pia Nicoletta en la sangre la historia no podía terminar de otra manera. Con ese veneno y mis ganas de escapar.

En No hay bestia tan feroz de Edward Bunker una cita dice lo siguiente: “No tenía sueño, pero cogí una habitación en el Hotel Fairmont. Lo escogí porque era el mejor de la ciudad. Está demostrado que un delincuente puede dormir una noche en un hotelucho de dos dólares por habitación y la siguiente en una suite que cuesta cuarenta.” Menos mal ya había dejado Portugal y ahora podía caminar tranquilo por España.

Abajo en la esquina de Travesera de Gracia y Vía Augusta estaba Nicoletta, toda blanquita en minifalda y tacones, frágil y delicada mujer importada desde Roma, peligrosa y hábil mujer italiana y yo no dejaba de preguntarme: ¿Cuál es el poder que tienen las faldas y los tacones? Y yo mismo respondía: El poder de joderte la vida. Antes de conocerla yo no tenía en quien pensar.

Era muy asustador recordar a Nicoletta mostrando la pierna, esa mujer con esa manera de razonar, de pensar y argumentar. Me daba susto, y celos, es verdad, cómo buen miedoso. Alguna vez me dijo: “La elegancia de una mujer se mide por la altura de su cuello, sus tacones y el tamaño de su ironía”.

—Por el tamaño de su horizonte—dije yo.

—De su corrupción— dijo ella.

Ambos sabíamos el tamaño de sus robos. Entonces como una forma para contestar por la empatía que sentía por las estafadoras soltó la pregunta:

—¿Por qué nos gusta tanto El padrino?

Mario Puzo, otro de sus autores favoritos. Otro que le gustaba era Roberto Saviano y las crónicas de los capos de la Camorra porque allí encontraba historias de sus conocidos.

Entonces traduje la pregunta: ¿Por qué sentimos empatía por un personajes tan peligroso y corrupto? En la vida real los detestaríamos, pero en la ficción los amamos. Entonces escribí en mi libreta de poeta frustrado: “Si el documental es sobre hienas, se llega a sentir empatía por estas criaturas”.

Afuera comenzó a llover. Era una lluvia ibérica, peninsular y yo mirando por la ventana del hotel Barcelona golf. El jamón contra la aceituna tenía un sabor diferente que en el pueblo de Envigado en las montañas antioqueñas donde vivo.

El Diario de Barcelona continúa en Escribir es convertirse en otro

Print Friendly, PDF & Email

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí