El corazón es un animal extraño

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Llegué a España caminando. Pero antes, salí desde Bogotá en avión, hice escala en Caracas y luego aterricé en Lisboa. Fue la época en que recorrí Europa con una mochila en los hombros. En las afueras de Lisboa y con muy poco dinero, salí a la autopista para pedir un lance. Milagrosamente, la camioneta que me recogió andaba también de aventura.

Llegué a España caminando. Pero antes, salí desde Bogotá en avión, hice escala en Caracas y luego aterricé en Lisboa. Fue la época en que recorrí Europa con una mochila en los hombros. En las afueras de Lisboa y con muy poco dinero, salí a la autopista para pedir un lance. Milagrosamente, la camioneta que me recogió andaba también de aventura. En ella viajaban cuatro muchachos que se pusieron felices al saber que nuestros destinos coincidían en los siguientes doscientos kilómetros. Ellos, como yo, tenían planeado llegar hasta Elvas, una ciudad a doce kilómetros de la frontera con España. Fue así como entre canciones de rock en español, risas y una entrañable camaradería, atravesamos el país. La noche en que llegamos a Elvas preparamos el camping en las afueras de la ciudad y celebramos la despedida con licor, música y una exquisita comida preparada en leña. A la mañana siguiente, ellos continuaron su recorrido hacía el sur y yo seguí a pie en dirección de la frontera. Al parecer mi ángel protector se extravió en la resaca porque esa mañana nadie me recogió en el camino. De modo que así llegué a España: caminando. Durante el trayecto, el sol y la brisa estuvieron dándole vida a la campiña. A los lados de la autopista había cultivos de olivo y algunos cereales. Por mi nariz pasaban las seductoras corrientes de aire europeo y yo me las quería tragar enteras.

Instalado en la capital trabajé como vendedor en un centro comercial y comencé a descubrir la maravillosa vida madrileña. Trabajaba en las mañanas y las tardes me quedaban libres para caminar por los parques, las universidades y algunos museos. En una oportunidad conocí a una hermosa chica. Se llamaba Julia Mozinni y más adelante, cuando nos hicimos amigos, me di cuenta de que guardaba en el alma un afán imprudente por la aventura. Transcurría la tarde cuando me detuve en el parque Retiro, para darle unas pitadas al cigarro de marihuana que tenía guardado. Me detuve a la sombra de un árbol, le di fuego al cigarro salvaje y luego de la primera calada, e inesperadamente, alguien se me acercó. La tipa era esbelta y traía en el rostro la altanería y la élite de las plazas VIP. Recuerdo su asombro cuando la miré con indiferencia. Sin vacilar me preguntó en dónde había comprado la hierba que me fumaba. No se tomó la delicadeza para saludar y con aspereza me había hecho su pregunta. Me molestó su arrogancia. De modo que le contesté cualquier cosa, sin prestarle atención, mirando para otro lado, jalando con ansiedad el humo del cigarro, y con ganas de apagarlo de una vez, pues la policía podía llegar a molestar. Percatándose de que, pese a su belleza, la ignoraba, y viendo mi afán por acabar el porro lo más pronto posible, me solicitó unas pitadas. Esta vez la miré con una sonrisa maliciosa al darme cuenta de que en realidad le importaba un pepino en dónde había conseguido el cannabis, y que lo que buscaba, era darse una fuma.

―Qué te pasa ―dijo al verme sorprendido―, ¿nunca has visto a una princesa  fumando de esa cosa?

―Por supuesto que sí ―contesté―, he visto algunas princesas chupando un pito de estos.

―Entonces pásamelo antes de que los polis nos vean ―apuró.

Luego de este episodio nos volvimos amigos. Heredera de una tradicional viña en Cataluña, en la que aprendió con su padre el arte de catar vinos, y por supuesto en donde se volvió una alcohólica desde muy joven, Julia Mozinni podía tener varios millones de euros en la cuenta del banco, ser excéntrica y lucir como una reina en una noche de gala, y aún así, aburrida del entorno regio y estirado, se marchaba del club, iba a su apartamento, se soltaba el pelo, se cambiaba por jeans y tenis, y salía en busca de alguien que le vendiera un buen gramaje de hierba mágica. Cuando trabamos amistad, y no nos despegábamos el uno del otro, solía invitarme a sus exclusivos encuentros sociales, a los que yo iba disfrazado en traje de noche. Me sentía Frank Sinatra con los vestidos de etiqueta que ella me compraba. Julia me decía: “quiero que vengas conmigo a esta fiesta para que sepas cómo es, pero prométeme que vas a mantener la boca cerrada mientras estoy con mis amigos”. Ya en la fiesta, ella los empujaba hasta una esquina del salón, dejándome solo. De modo que aprovechaba para sacarle el máximo provecho al banquete, comiendo deliciosos platos gourmet y socorriendo mi garganta tomando sofisticados cócteles. Y a la semana siguiente visitábamos una comunidad hippie que vivía en la miseria. Eran personas sencillas y apasionadas por su manera de vivir. Con ellos, Julia permitía que yo abriera el pico. Y aunque vivían en un desorden delirante, su hedonismo y lúdica atraían el espíritu inquieto de Julia. En las tardes íbamos a cine y luego visitábamos la zona más sórdida de Madrid, un barrio con peligrosos prostíbulos, bares cochambrosos, plazas de vicio y en la madrugada tomábamos vino en algún parque, y celebrábamos el renacer del sol con los borrachos callejeros.

Una noche me pidió que la acompañara a los suburbios del norte. Le pregunté a dónde íbamos y no quiso contestar. Cuando caminamos por una calle solitaria y oscura, con casas a ambos lados, sacó de su bolso una piedra y la estrelló contra la ventana de una casa. Yo la miré espantado, con ganas de largarme de allí y dejarla sola. Al dejar en añicos la ventana del primer piso, tiró dos piedras más, que reventaron las ventanas de la segunda planta, con una puntería callejera infalible. Luego nos volamos a toda carrera. En la avenida Albufera nos detuvimos, tomamos aire y agarramos un bus. Con el pulso agilado nos sentamos y yo quería preguntarle un par de cosas.

―Mejor cállate―gruñó.

Nunca supe por qué había cometido ese vandalismo. Por el odio que se filtró en sus ojos esa noche, supe que era una venganza. Si hubiera tenido el valor para hacer algo peor, y así pagar la deuda con ese odio, sin duda lo hubiera hecho.

Julia bailaba en una compañía de flamenco. Había que verla bailar para enamorarse de ella en el instante. Su baile era seductor y su figura femenina parecía inalcanzable cuando bailaba. Todo lo suyo tenía que arder, arder con un fuego rampante y voraz. Me encantaba cuando, en pleno ensayo con la compañía de baile, se fugaba conmigo y dejaba a los demás plantados y rabiosos. A los días volvíamos a los ensayos cogidos de gancho y los tipos del grupo me miraban con recelo. Pocas mujeres hermosas desean mostrar en público que pertenecen a algún hombre, por eso yo me sentía un héroe andando con la princesa del flamenco por el Museo del Prado, la calle de Alcalá, tomando café en alguna terraza sobre la Gran Vía, caminando por la plaza de la Cibeles, o paseando por los corredores de los jardines de Sabatini. Ella le pasaba revista a los lugares ilustres de la ciudad, sintiéndose orgullosa de su cultura, haciendo alarde de lecturas, viajes, amistades, y yo conociendo a Madrid, acariciando el ego de mi amiga, diciendo “!Ah caramba, cuánto sabes!, pero ven, dime,” porque, en resumen, Julia era una excelente anfitriona, no se quedaba callada nunca y para todo tenía un chiste.

El comienzo de una relación siempre es lo más fácil. Después comienza a caerse la máscara, un proceso que ya no para nunca. No entendía por qué Julia estaba prendida de mí. Creo que se enamoró de la capacidad que tenía para devolverle el asombro, para revivir la magia de su libertad y la conciencia de su clase. Julia necesitaba mostrarle a alguien su astucia, gozaba enseñándome su doble vida. Además, nunca le  censuré el fingimiento que desplegaba tanto con sus pobretones amigos como con los señoritos de etiqueta, pues, los unos como los otros, ignoraban su camaleónica manera de asumir la vida. Y a mí me encantaba su hipocresía. Mi curiosidad por su cuerpo había quedado saciada. Luego quedé enganchado porque guardaba un pequeño infierno.

Con Julia me encerraba tardes enteras en su apartamento y nos dedicábamos a interpretar una serie de roles en juegos que inventábamos. Éramos un par de niños jugando al sexo. Podía ser el caso de una cieguita que llegaba al hogar ignorando la espera de un violador. Simulábamos el clásico doctor que examina con morbo profesional a su paciente. En otras ocasiones apostábamos a quien danzara más ridículo una bossa-nova, desnudos y con apenas una toalla amarrada en la cintura. Quien perdía en la danza debía entregar su boca a las manipulaciones dictatoriales del ganador.

Yo aceptaba todo aquello y nunca me negué a sus propuestas inusuales. Nunca le puse freno a lo que deseaba y, por el contrario, la incentivaba para que se tragara el mundo entero.

En el otoño fuimos a recorrer varias playas sobre el mar Mediterráneo. El viaje comenzó en Tarifa, la puerta de la España musulmán, en la costa sur. Desde allí cruzamos el estrecho de Gibraltar hasta Tánger, un puerto que hoy en día, igual que en el siglo XVII, es una base de piratas en el África. Allí no se comercia con barcos y mercancías en cajas, sino con drogas y muchachitos. La travesía se hizo a bordo de una lancha. En un abrir y cerrar de ojos desembarcamos al norte de Marruecos. Una tarde en Tánger, subimos caminando la montaña que gobierna la ciudad y la bahía, y desde allí presenciamos el atardecer. Luego bajamos por un barrio de clase media salpicado de feos chalets mediterráneos hasta llegar a la ciudad “moderna”, hasta el laberinto de la Casbah circundada por el mar. En Tánger estuvimos una semana y luego nos dirigimos hacia Túnez. Allí visitamos varios museos arqueológicos y nos paseamos por las ruinas de Cartago. De Túnez pasamos a Palermo, en Sicilia, y de Palermo nos fuimos hasta Grecia, para luego llegar a la isla de Creta. Allí subimos a la sierra Levká Orí. Sentados en el cerro y mirando abajo el mar Mediterráneo nos fumamos juntos un porro con la cannabis más salvaje  y nuestra locura fue bañada por el antiguo misticismo del Egeo.

En Creta nos instalamos en Canea, un puerto artesanal y solitario que aún conserva algunos vestigios de la dominación veneciana y turca. La idea era visitar Beirut y finalizar la travesía en Damasco. Haber insistido en que nos quedáramos unos días más en Canea fue lo peor que se me pudo haber ocurrido.

Una mañana, tirados en una pequeña playa solitaria de la que nos apoderamos, conocimos a un árabe. El tipo guardaba en sus ojos-color-miel todo el misterio guardado en las religiones persas del medio oriente. Luego de un par de palabras en inglés con el árabe, nos invitó a su terraza junto a la playa. Cuando nos sentamos en el balcón, me di cuenta de otra competencia que tenía Julia. Comenzó a hablar en árabe con el sujeto. El hombre trajo una cafetera con té y lo bebimos caliente, como se acostumbra. Hablaron y hablaron en árabe y yo sin entender nada. Estaba agotado. Quería irme a descansar y echar una siesta. Me despedí y salí para el hotel. A media cuadra, caminando por la playa, giré para ver verlos. El hombre había traído una pipa de agua y Julia aspiraba profundamente por la boquilla, cerrando los ojos. Seguí mi camino y fui al hotel, una casa tradicional sobre una de las calles empinadas del pueblo.

Julia y el árabe hablaron hasta el atardecer.  Cuando llegó a nuestra alcoba, no me saludó y se metió en el baño a darse una ducha. En la cena no cruzamos una sola palabra. Esa noche, al acostarnos, se hizo a un lado de la cama y no aceptó que le pasara los dedos por el pelo, ni que le cariñara la espalda. Tirado en la oscuridad de la alcoba estuve pensando en que a lo mejor la magia llegaba a su fin. Pensando y pensando llegué a la conclusión de que nos teníamos que largar de ese maldito lugar lo más pronto posible. Así me dormí.

Cuando desperté con la luz del sol entrando por las ventanas del balcón, Julia no estaba en la alcoba. Salté de la cama y saqué el cuerpo por la baranda. Miré desesperado las calles vacías del puebluco. Más abajo el mar azul y el pequeño puerto. El sol calentaba las cerámicas negras de los tejados. Iba a salir disparado, escaleras abajo, para preguntar por ella en la recepción de la casa cuando supe que cualquier búsqueda sería inútil. Me detuve en el balcón. Los pequeños barcos de vela flotaban serenos más allá del puerto y a lo lejos la línea divisoria, entre el cielo y el mar, también estaba separando mi vida.

De nuevo en la estancia, busqué en el armario. Julia se había llevado todas sus cosas y junto a mi maleta había un sobre repleto de euros. Ni una nota había escrito para despedirse. Siempre supe que el corazón de Julia era un animal extraño, uno que sentía raros deseos y escuchaba lejanas voces.

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