El Correo de Faba. Nº 6: Habaguanex

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LA NOCHEVIEJA DE 1999

 (Yo y mi hermano. Delirio filosófico a la cubana.)

 

Por Habaguanex *

 

El 31 de Diciembre es un día fundamental para los cubanos, de hecho es el único festivo oficial no relacionado con la Revolución. Además según las tradiciones religiosas de la santería, las meigas gallegas, los brujos canarios, los chinos, los indios taínos y siboneyes autóctonos, y toda clase de oscurantismos que allí encontraron caldo de cultivo para entremezclarse unos con otros, establecen que el día de Nochevieja es necesario prepararte, para que el año nuevo venga lleno de experiencias positivas.

 

Hay que prepararlo todo con vistas al advenimiento del nuevo período. Bajo ningún concepto debe sorprenderte, sin que hayas tomado las medidas correspondientes para evitar una posible catástrofe.

 

Nunca sabrás a ciencia cierta lo que acontecerá, por lo que el temor a descubrir ya de antemano, que la cosa no va a ir bien, resulta frustrante. Sobre todo porque los deseos y empeños futuros dependerán de ese dichoso comienzo.

 

Desde siempre he creído y creo en que será así. No sé si por tradición o por ese miedo interno a desprenderme de una superstición, temiendo que las represalias no tarden en llegar. O quizás más claramente, por achacar y justificar con causas sobrenaturales mis incapacidades, miedos y frustraciones.

 

Lo cierto es, que cada 31 de diciembre es para mí un sin vivir. Sé que se avecina un año más, en el que pueden abrirse nuevas posibilidades de cambio y progreso, y también puede ser justo lo contrario. De nada valdrá entonces meterme debajo de la cama, o beberme un cubo entero de tila buscando la evasión. No evitaré que las predicciones se cumplan y me abofetee la realidad aún dormido.

 

También es verdad que existen métodos profilácticos -según las autoridades brujas- para intentar mejorar lo que se denomina letra del año. Estos son algunos de los más populares remedios. Debes salir a la calle a las doce de la noche con una maleta y dar tres vueltas a la manzana, si quieres que haya giras o viajes ese año. Confieso que una vez lo hice, y me asaltaron unos delincuentes; desde entonces no he vuelto a intentarlo, prefiero de todo corazón que no los haya. También debes evitar disgustos; bañarte con canela, miel de abejas y flores atraerá el amor; limpiarte con menestras y un huevo, tirándolos luego en la convergencia de cuatro esquinas, te evitará enfermedades; buscar una hierba llamada Muralla y poniéndola a la entrada de la casa, alejará el mal y abrirá posibilidades de proyectos.

 

Es muy aconsejable además mezclar tu nombre escrito en papel de estraza con el de tus superiores, metiendo ambos en un bote de azúcar negra. Esto creará efectos de favoritismo y buena armonía respecto a las relaciones laborales con ellos. Sólo debes mover con mucho fervor, y con una cuchara, por supuesto, pidiendo que se endulcen los propietarios de dichos nombres.

 

Por último, como medida extrema, también puedes azotarte con las ramas espinosas de una planta llamada Rompesaragüey, que te dejará el cuerpo muy dolorido y con marcas durante un mes, pero romperá como bien su nombre lo indica, cualquier maleficio de otro, que como tú, intentara que su nuevo año vaya bien, y quiera, por ejemplo -en el terreno laboral- quitarte literalmente de en medio.

 

Así sucesivamente son interminables las medidas que puedes tomar para amainar los estragos que ese año nuevo te pudiera deparar.

 

Con este cacao de soluciones me pregunto ¿por qué tiene que depender el conseguir los objetivos, sueños y aspiraciones, solo de causas ajenas y no de la voluntad ni del esfuerzo? Cada vez que reflexiono sobre esto, me viene inevitablemente la imagen de la bombilla que no le vale con querer alumbrar fervientemente, sino que por obligación dependerá siempre de esa energía, sin la cual la pobre es poco más que un frágil trasto. Mi bombilla está entonces siempre expectante de que esa energía llamada inspiración, oportunidad, suerte o destino, le dé la gana de presentarse a la cita. Más que todo, porque cada año de fracasos es inversamente proporcional, al tiempo que me quedaría, para llevar a cabo mis propósitos de realización.

 

Recuerdo muy bien que todas estas inquietudes se debieron a la visita que un maravilloso día la musa Erato me hizo, y fue cuando comencé con solo cinco años a recitar -con mi precoz memoria- de arriba a abajo, todos los poemas de Nicolás Guillén. Todo esto para orgullo y vanagloria de mi querida madre. ¡Mmm!… aún me recuerdo inmerso y enajenado en la historia, como si los personajes del poeta se hubiesen transfigurado de letras y estrofas, en seres de carne y hueso que jugaban conmigo:

 

De La Habana a Portobello,
de Jamaica a Trinidad,
anda y anda el barco barco
sin capitán.


Una negra va en la popa,
va en la proa un español:
anda y anda el barco barco,
con ellos dos.


Pasan islas, islas, islas,
muchas islas, siempre más;
anda y anda el barco barco,
sin descansar.


Un cañón de chocolate
contra el barco disparó,
y un cañón de azúcar, azúcar,
le contestó.


¡Ay, mi barco marinero,
con su casco de papel!
¡Ay, mi barco negro y blanco
sin timonel!

 

Allá va la negra negra,
junto junto al español;
anda y anda el barco barco
con ellos dos.

 

¡Ay Dios mio, cuántas veces deseé ir en el barco con el español y la negra aquella para no regresar jamás!

 

Fue…sí…fue desde entonces que comprendí que era un ser distinto. Mientras mis hermanos, primos y amigos jugaban al beísbol, yo no hacía otra cosa que recitar poemas con un turbante en la cabeza. Me sentía entonces el ser más afortunado de la tierra, a pesar de las miradas y críticas desdeñosas de mi padre, de mi hermano y de la mayoría.

 

Debo decir que ella, la musa, no vino sola. Poco a poco, también decidieron incorporarse a la comitiva sus compañeras Talía, Polimnia y Urania. Desde ese momento mis estados anímicos, mis alegrías, mis sueños giraban en torno a las artes. Una sensibilidad casi obsesiva por ellas me daría un vuelco, provocándome grandes vaivenes emocionales. Los mismos se encontrarían a partir de ahora, ligados con lazos irrompibles a mis creaciones y a las ajenas, ya fueran música, danza o escritura; en definitiva serían mi sosiego y mi tormento.

 

Y así, con esta dolencia anquilosada llegó otra víspera de año nuevo. Salí a trabajar, y dejé ya desde las tres de la tarde a esa pobre gente de mi barrio y de mi casa, bebiendo enajenados como colibríes aferrados a la flor. ¡Con qué poco se conforma esta gente!, me dije, pero no se les puede pedir más, hasta ahí llegan sus aspiraciones.

 

Ese fin de año no era uno cualquiera, era nada menos que 1999, vísperas del fin de siglo XX.

 

Y mientras meditaba en cómo emprender otros caminos, esos pobres se dejaban llevar por la propaganda de los ya 41 años de logros, que la Revolución cumpliría el 1º de Enero.

 

Y mira por donde yo me había pasado todo el rato elucubrando sobre mi posible huída, para alejarme precisamente de esos logros. Estaba harto de manipulaciones.

 

Pensaba hacerlo en la próxima gira al extranjero con la compañía Tropicana, donde trabajaba, y dicho sea de paso, me realizaba plenamente entre lentejuelas, luces y música, cual cucaracha revolcándose dentro de un bote de leche condensada.

 

Aquella noche al final de la función, dentro del autobús que trasladaba a los artistas a nuestros respectivos barrios, las lágrimas se me saltaban cuando reflexionaba sobre el precio que debía pagar si lo hacía. Con mi cabeza recostada al cristal de la ventanilla, veía toda mi vida pasada y la nueva que ansiaba con toda mi alma… ¡Ay esa ventanilla! Ahora que lo pienso, ella sola se merecía que le dedicase una reflexión. Eran autobuses donados por los pastores protestantes de Montreal, donde hace un frío que pela, y no tenían la posibilidad de ser abiertas. Íbamos entonces achicharrándonos con el maravilloso y cacareado verano eterno caribeño. Eso sí, todos tan contentos. Al cubano, con una botella de ron y dos maracas, le basta para ser feliz, me dije, al verlos divertirse en medio del pasillo de la guagua, que es como allí se llama a los autobuses. De repente uno gritó desde el fondo.

 

      – ¡Oye mulata, qué linda estas hoy!

 

      – ¡Ay Negrón, no me digas esas cosas y tócame el chasis por favor. Necesito cariño, azúcar, azúcar !¡Esto está que arde!

 

Y tanto que ardía, y yo deseando morirme de frío en el Cánada con los benditos pastores. Una foca quería ser en aquel instante.

 

Sólo una idea me daba vueltas en la cabeza, libertad. El hastío por la precaria situación, que no se trataba solo de llenar la tripa, no. Mi hambre al menos no era sólo de estómago, y no existía en el mundo cartilla de racionamiento que la pudiera saciar. Estaba hasta la coronilla de que me racionasen la posibilidad de expresarme, como lo hacen con el kilo de boniato que nos daban cada mes.

 

Durante el trayecto, el espíritu festivo de la gente en la calle lo invadía todo, al igual que la congoja y el desasosiego hacían lo suyo en mi interior. Mujeres con botellas de alcohol iban bailando medio desnudas. Ninguna se planteaba que ya eran 41 años de Revolución, una Revolución que no se ha querido enterar de que ahora son CDs, y no discos de vinilo. ¿Por qué no protestaban al menos quedándose en casa, en vez de ir tan panchas por el muro del Malecón? No lo podía creer. Cantaban las muy tontas un chachachá muy famoso, tocándose de forma provocadora: «Si me pides el pescao te lo doy, ay te lo doy, te lo doy , te lo doy». ¿Pero de qué pescado hablaban? Allí donde nos baña el Caribe y el Atlántico por todos lados, ¡no hay pescado, y mucho menos langosta!, a no ser para los turistas en los hoteles.

 

A los pocos días se avecinaba una gira a Mónaco, era mi oportunidad, pero el empresario -francés y muy exigente- quería el mejor elenco. Sólo viajarían 40, de trescientos que éramos, entre bailarines, cantantes, músicos, modelos, vedettes y su madre en cueros. Como la plantilla está inflada y trabajamos prácticamente gratis por un diploma de vanguardia, desempleo no hay, lógicamente. Allí todos podemos ser artistas, ingenieros, médicos y cosmonautas, si quieres. Pero cuando se trata del “business”, el capitalismo manda, sólo 40 para el trabajo de 300, y a ver a quién le toca.

 

En fin, ese 1999 sería el último, me dije yéndome a casa. Había tomado la mayoría de las medidas recomendadas, pero no me fiaba. Fue entonces cuando mi vecina María Regla -que es santera- me dijo:

 

      – Oye, si quieres que te incluyan en la gira, ponle al santo Eleguá un avión de juguete. Rafa mi marido lo hizo, y su hija mayor lo reclamó y logró sacarlo para Miami.

 

      – ¿De verdad Reglita?, le contesté.

 

      – Hazlo niño, te acordarás de mi. Eso sí, recuerda cuando llegues, que mi número de zapatos es el 37. ¡No te tomes cuando llegues la coca cola del olvido! -gritó desde su puerta-.

 

Entre promesas de recuerdos y de tallas salí corriendo a ver qué niño generoso me prestaba un avión, porque juguetes no vendían desde hacía mucho. De más está decirles que los pocos niños que tenían un avioncito destartalado, daban verdaderas pataletas al ver que sus madres pretendían privarles de su compañero favorito.

 

Finalmente, encontré la solución en un amigo, al cual su mujer y su niño se le habían ido también para los Estados Unidos. Él no pudo, por el impedimento de ser médico, ya que la Revolución les impone, que solo después de 5 años castigados sin ejercer la profesión, podría pedirlo de nuevo, y ya se vería que le dejasen ir. Mi amigo,con toda la intención de ayudarme, me ofreció un avión que su hijo había dejado. Al enseñármelo, ambos nos dimos cuenta de que era un cohete. Quedamos desconcertados, pero decidí probar con eso mismo. Reglita más tarde me comentó: “Niño, puede que sea mejor, los cohetes van más rápido”. A lo que yo agregué, “Pero van al cosmos, y lo que yo quiero es ir a Mónaco”. No tuve más remedio que probar con el cohete. Era eso o nada. Me sentí como Yuri Gagarin en el cosmódromo de Baikonur.

 

Aquella noche del 31 nos reunimos la familia y unos cuantos amigos. Bailaba a pesar del dolor de los golpes, que con las benditas hierbas me dio el brujo. Todo iba bien, estaba seguro esa vez de que todo iba a salir a pedir de boca, o al menos eso me repetía, intentando alejar cualquier pensamiento negativo. Pero lamentablemente esto duró hasta escuchar que se acercaban las doce, y una gran inquietud se apoderó nuevamente de mí.

 

Pasada la medianoche, y después de los besos entre unos y otros, los abrazos con temblores incluidos, y de lanzar cubos de agua por los balcones a la calle, junto con los huevos, (todo ello para alejar con el ahínco más grande todo lo malo que pudiera avecinarse, según marca la cacareada tradición), surgió una escena imprevista. Un grupo de los presentes, entre ellos mi hermano, decidieron enumerar alguno de sus planes futuros para el nuevo año que comenzaba. Cierto es que el alcohol, ya sea en mojitos, daiquirís, o en el asqueroso ron llamado Chispa de tren -por ser muy malo- ocupaba gran parte de sus fluidos corporales. Esto precisamente logró como siempre realizar su función deshinibidora y permitir la expresión sin tapujos de todos los allí reunidos.

 

Comenzaron a exponer sus mejores deseos y proyectos para el nuevo año sazonados con la música del Reggaetón. Unos decían: «Tenemos que acabar de ir a casa de Manolo, que se ha comprado una tele anoréxica. ¿Cómo? Sí chico, de esas de pantalla plana, y hay que estrenarla viendo un partido de fútbol». Otras estuvieron explicando los modelitos de ropas que soñaban con que sus familiares exiliados les enviarían. Otros que si quiero una o un extranjero para casarme y que me saque del país. Las unas, que si los guapos y las guapas, las siliconas y los móviles de última generación, que solo veían en revistas que entran clandestinas en el país. Los poseídos por el espíritu de Marinetti, que si los coches y motos del año, conocidos de igual modo, solo sobre el papel. Y yo… me sentía… como esos niños de las películas en los que la profe les colocaba en la esquina del aula con un sombrero con orejas de burro. Escuchaba, pero no intervenía, estaba seguro de que tenía sobre mí la poderosa armadura que cual gladiador romano, me protegía de la mediocridad y de la falta de propósitos elevados.

 

Mientras continuaban hablando y describiendo cada una de sus formas de realización personal, me di cuenta entonces de que el alcohol gobernaba todo mi ser. Fue en ese instante en que inmediatamente cambiando el CD, sustituí el de Reggaetón por el de Joan Sutherland cantando la ópera Puritani. Me dirigí a todos y les dije: «Lo siento. Si no lo hago hoy, no lo haré durante todo el año». Todos, muy enfadados, arremetieron contra mí. Mi hermano me cogió por banda. “Eres un amargado, piensas que sólo es diversión esa música que no se entiende, y encerrarte en tu cuarto con el piano, no queriendo recibir a ninguno de tus amigos. ¿Es normal que estés continuamente con eso encima que tú llamas gorrión, y no es más que una depresión de cojones, porque no te sale como deseas lo que escribes? Esos estados de ánimo siempre grises, porque no te dieron en la zarzuela el papel que esperabas. Tu lo que eres es un amargado”.

 

Mientras me gritaba, pensaba para mí: «No le hagas caso, tu eres artista. Lees a Lezama y a Cabrera Infante, te conmueve El grito de Munch. Tú que sufres orgasmos múltiples frente a las marinas de Sorolla. Eres el que se realiza con la creación de un poema o una canción, el que subes y bajas como un termómetro dislocado de estados de ánimos durante todo el día, por causa del arte. Eres un incomprendido».

 

Mi hermano, intuyendo que estaba en uno de mis trances, me zarandeó diciendo. “La vida no es solo inventarte historietas. Vive la tuya, y deja vivir ¡Coño!”, e inmediatamente quitó la música.

 

Me insistí a mi mismo: «No, no hagas caso a esta chusma, no pueden entenderte…»

 

Me asusté mucho y fue entonces que recordé un remedio que me dio el brujo en su día. Yendo a la cocina me hice con uno de los cocos que mi madre guardaba para hacer un dulce, cuando pudiera la pobre conseguir un poco de azúcar, y empecé a realizar al pie de la letra la ceremonia. Rodaba desesperadamente el duro fruto por toda la casa, de atrás hacia delante, intentando recoger la mayor cantidad de influencias negativas que pudiesen encontrarse a mi paso. Al pasar junto al grupo, todos me miraron espantados, pero conociéndome lo suficiente, no se atrevieron a dirigirme la palabra. Ignorándolos de igual modo, seguidamente estallé el coco contra la calle, para que los maleficios se deshicieran. Tras unos minutos… en el balcón… oyendo las risas de los presentes pensé… Son, sin embargo, felices… Al menos más que yo, creo.

 

Al día siguiente fui a trabajar, al llegar miré las listas… y…. ¡Oh, Dios!… mi nombre estaba. ¡Oh, Dios!… iría a Mónaco.

 

¡Bendito Cohete!

 

 

(Este artículo está inspirado en “La Nochebuena de 1836. Yo y mi criado. Delirio filosófico.» De Larra)

 

 

 * ¿QUIÉN ES HABAGUANEX?

Nacido en Santiago de Cuba, diez años antes del triunfo de la Revolución cubana, es descendiente de los poquísimos indios siboneyes que quedaron con vida después de la conquista española en la isla, y aprovechó las oportunidades que le dio la Revolución para estudiar Periodismo en la universidad. Su proceso fue lento. Con diez años de edad, sin saber leer ni escribir, tuvo que acogerse a la campaña de alfabetización promulgada por el nuevo gobierno socialista, para acabar con el alto grado de analfabetismo que existía. Años más tarde, siendo ya un periodista, escribía artículos en el diario Sierra Maestra, donde alababa las conquistas de la Revolución, y se ponía como ejemplo de ser un fruto de ella. Pasados unos años y viendo los giros del socialismo caribeño, se dedicó a plasmar sus opiniones críticas respecto a la falta de libertad de expresión de que eran víctimas los intelectuales y el pueblo en general. Sus críticas al teatro de la época, que no se hacía eco de la realidad y era un producto más del silenciamiento ideológico del que también era víctima, le llevaron a estar en el punto de mira de la Revolución, tildándolo de anticomunista. Las represalias no se hicieron esperar, después de años de persecución por el Régimen de Castro, fue encarcelado por gusano, que era el nombre que recibían los disidentes. Los acosos y amenazas que recibió, no le impidieron seguir expresándose en pequeños escritos, que trasportaba su pareja en la vagina cuando le visitaba. De esa forma, sus escritos impregnados de sus ideas continuaron viendo la luz de forma clandestina. Curiosamente, el arma intelectual que le proporcionó la Revolución, se convirtió en el inesperado medio para atacarla.