El correo de Faba. Nº 7: Carlos Scavino

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(El correo de Faba se llena hoy de la luz plomiza y azulada de Montevideo, para recibir a la pluma del uruguayo Carlos Scavino, con su caústica maledicencia. Practica el polifacético escritor el arte de iluminar, allá donde los demás no posan su mirada. Admirador de Homero, Poe, Kafka y Arthur Cravan, sus relatos son asfixiantes y paradójicos, humorísticos y claustrofóbicos. Sobria escritura hipnótica, para hacer resonar un diapasón de benevolencia sobre la desgracia humana.)

 

 

 

GLORIAS FAMILIARES

 

Por Carlos Scavino*

 

Al separarse de su mujer, Walter fue a vivir solo a un pequeño apartamento propiedad de su padre, despojo de uno enorme y lujoso, subdividido entre varios herederos. Lo único que pudo agregar fue una cama y una mesa: la mayor parte del espacio servía de depósito a una serie de cajones, cajas y cajitas que contenían testimonios de su gloriosa historia familiar. Reunidos por sus antepasados a lo largo de varias generaciones, allí permanecían desde hacía muchos años. Como su idea era mudarse en seguida, prefería dejar todo como estaba para evitar complicaciones incontroladas que supondrían nuevos problemas.  En ese ambiente único y mínimo, sólo se podía transitar de un sitio a otro a través de cortísimos  senderos  delimitados por los cajones que unían la cama con la cocina, la cama con el baño, la cocina con la mesa y a ésta con la cama. Su ámbito de acción se había limitado a dar cuatro pasos en una pieza que además, tenía otros problemas.                                               

 

Como allí todo era muy viejo, a las pocas semanas de instalarse, la cerradura de la puerta principal se estropeó y, para abrirla, había que girar la llave de una manera que sólo él conocía. El interruptor de la luz se descompuso y era preciso enroscar o desenroscar la lamparita para encenderla o apagarla. La canilla del baño no ajustaba bien y siempre goteaba. El calentador de agua funcionaba a medias y dependía del azar que la ducha fuera caliente o fría. Cocinar, no cocinaba: utilizaba un camping-gas para hacer un té, una sopa o un arroz. Sus ropas y  pocas pertenencias las guardaba en un pequeño baúl y apilaba los libros en la parte superior de los cajones.

 

Las cosas no funcionaban porque Walter no se preocupaba de repararlas cuando se rompían. Se excusaba a sí mismo pensando que todavía no era la ocasión adecuada, que no había llegado el momento oportuno, o le faltaba una herramienta imprescindible. Tal vez mañana, más descansado, lo haría mejor. Sin embargo ese mañana no llegaba nunca: una poderosa razón de supervivencia se lo impedía. Así, los artículos de uso quedaban inservibles;  sólo eran útiles por la pericia manipuladora de Walter. Cualquiera se hubiera resistido a vivir en un lugar tan complicado e inhóspito, pero él se había acostumbrado.

 

Generalmente nadie iba a su apartamento pero hoy,  una de sus amigas quiso acompañarlo y pasar la noche con él. Se manifestó algo molesta tanto por el aspecto de la habitación como por el operativo que presenció cuando entraron, ante lo cual Walter agachó la cabeza, la invitó a sentarse en la cama, e iniciaron una animada conversación.

 

Ya distendidos, el diálogo se iba interrumpiendo cada vez más con caricias y besos, después llegaron los abrazos, empezaron a desnudarse, a juntar sus cuerpos y a sentirse profundamente el uno al otro. Disfrutaban ensimismados del placer que los unía, al tiempo que la cama con la cabecera, golpeaba  acompasadamente uno de los cajones. Varias cajitas, en falso equilibrio sobre aquél, arrastraron algunos libros y todo cayó sobre la pareja. Sobresaltados, se separaron y se levantaron. La chica estaba furiosa. No iría más a ese antro. Se calzó los zapatos y buscó su ropa sepultada por cajas, cajitas y libros. Como no la encontró, se puso una gabardina de Walter y salió dando un portazo. Entonces la habitación reaccionó como si se hubiera cansado de estar como estaba, y al portazo siguió el estruendo de la cortina de enrollar al cerrarse de golpe y terminó con un gran estrépito al abrirse los cajones, cajas y cajitas y desparramarse  por el suelo el contenido de recuerdos, familiares. El teléfono desapareció en las profundidades, la gotita se convirtió en un goteo insoportable pero la lamparita permaneció encendida. Ya no había senderos por donde pasar: lo único despejado era un trozo de cama. Walter, aturdido, quedó largo rato contemplando las ruinas. Después desocupó la cama, se echó sobre ella y se quedó dormido. 

 

A la mañana siguiente lo despertó el teléfono: se incorporó de un salto, pero le era imposible apoyar un pie en el amasijo que lo rodeaba. Sin moverse, buscó con la mirada el sitio donde creyó escucharlo; no obstante, oculto en lo más hondo,  era inaccesible. Por suerte sonó poco, lo contrario del pertinaz goteo que perturbaba sus ánimos impidiéndole  pensar y menos comer. Tenía que hacer algo. Trepó entre maderas, cajas y cajones para llegar al baño, ajustó la canilla hasta lograr una gotita y suspiró aliviado. Desde allí observó que la puerta  estaba obstruida y dedujo con cierto asombro que se había quedado encerrado. Podría pedir auxilio por la ventana, o buscar el teléfono con mayor empeño, pero  era él quien debía liberar la puerta desde adentro. Empezaría ahora mismo aunque… tal vez sería mejor despejar primero el entorno de la cama. Volvió a ella  y se sentó. Recogió un par de revistas y observó que estaban apolilladas: se le deshacían en las manos. Se puso de pie, siguió revolviendo y vio que lo mismo sucedía con uniformes, ropa, fotos, libros, recortes, documentos; sólo se habían salvado algunos pocos discos, armas, monedas y medallas. Volvió a sentarse.

 

Ante la contundencia de los hechos Walter comprendió que todo había cambiado. De pronto, la historia documentada de su genealogía y por la que había sacrificado gran parte de su espacio vital, prácticamente ya no existía. Pero eso importaba menos ante la perspectiva de contarle a su familia lo sucedido. Le preocupaba sobre todo, cómo se sentiría su padre, celoso guardián de las tradiciones ancestrales, cuando supiera el destino de aquél cuantioso acervo que acreditaba la estirpe de sus ascendientes. Se estiró en la cama para relajarse y poder meditar con más calma. Ante las presentes dificultades, su siempre menguado espíritu de lucha estaba por los suelos e iba postergando la solución de los dos problemas básicos. Salir de allí le llevaría unos minutos, era sólo cuestión de ponerse y acomodar algunas cosas. En cuanto a los restos patrimoniales, tenía dos opciones: tirar lo inservible o seguir guardándolo como hasta ahora para evitar disgustos.    Este tema tenía sus complicaciones y Walter era consciente que debía repensarlo. En eso estaba mientras  meditaba aclarando y entreverando ideas, meditaba…, divagaba, meditaba, divagaba, divagaba…, hasta que poco a poco se quedó dormido. 

 

 

* ¿QUIÉN ES CARLOS SCAVINO?

 

Carlos Scavino nació en Montevideo en 1939. Se ha desempeñado como reportero gráfico, e iluminador en teatros de Uruguay, Espa­ña y Venezuela. Estudió cinematografía en la Es­cuela Nacional (París), realizó montaje de documentales y noticie­ros para UPITN y CBS. En Ma­drid fue traductor para El País, Cinco Días, y es­cribió artículos para El Semanal y Teatra.De vuelta en Montevideo en 1999 cola­boró regularmente con El País Cultural con notas y comentarios de libros y también con la publicación de un par de cuentos. Además, realizó la iluminación de varias obras en los Teatros Victoria y La Gaviota de Montevideo y para el primero colaboró en la versión teatral de “La Ilíada” en la versión de Alessandro Baricco.

 

En lo relativo a su labor como artista plástico en Montevideo, a comienzo de la década de los ’70, participó con Carrozzino-Prieto en varios audiovisuales en la Alianza Francesa y en el que se proyectó durante el montaje de la exposición de homenaje a Barradas en el MAV. En Madrid trabajó junto al pintor José Luis Verdes realizando una serie de instalaciones, colaboró con Jesús Soto participando además en el montaje de su exposición del año 1984 en el Palacio Velázquez de Madrid y trabajó en el taller del escultor Lorenzo Frechilla, de esa ciudad, en distintas tareas. Al volver, asistió al taller de Guillermo Fernández. Actualmente sigue con sus cuentos y sus pinturas.