El cuerpo y la ciudad

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Escribe Rosa Olivares en el último número de EXIT que el cuerpo es una superficie habitable, una casa, una morada donde cobijarse, un lugar donde vivir, lo único que finalmente tenemos. Si es así, no habría ciudad mejor fundada que la que constituyen miles de cuerpos reunidos y organizados a la intemperie en una tarea colectivamente elegida y continuada.

 

La logística territorial de la spanish revolution, su asombrosa capacidad de lugarización simbólica, ha fascinado a aquellos arquitectos –todavía pocos– que no sueñan con atestar el mundo de edificios, sino con mejorar la forma de habitarlo. El 15M ha devuelto al ciudadano lobotomizado por el consumismo su vinculación con el cuerpo, la palabra y el espacio, la triada constituyente de lo arquitectónico, que no es sino el organizarse para hacer en el mundo. Cada lugar de cada acampada ha sido solidamente fundado sobre cuerpos trabados por el lenguaje. Por eso, cuando ese aparejo se venía abajo a causa de las cargas policiales, cuando veíamos arrastrados por el suelo y desvencijados a los elementos de esa estructura, nos invadía el terror y la impotencia como si asistiéramos a una demolición violenta, a un terremoto.

 

¿Se acuerdan de la estúpida polémica que se organizó cuando en diciembre de 2009 se inauguró en Sol “la ballena”, la nueva marquesina de acceso a la línea de cercanías? Después de lo que ha pasado en la plaza estas semanas atrás, aquella pueril discusión debería darnos vergüenza. ¿Cuándo nos convenceremos de que los edificios no son tan importantes? Sólo es importante lo que acontece, lo inevitable. Donde una ciudad de cuerpos es levantada, los edificios dejan de interesar, deja de importar lo bonito y lo feo, lo nuevo y lo viejo, lo caro y lo barato, disyuntivas inventadas por la maquinaria del consumo para que no paremos de dudar y por tanto de crearnos necesidades nuevas. La estrategia de la diferenciación es una de las grandes armas del capitalismo feroz y de su aparato reproductor, la publicidad. Diferenciarse y discriminar. Juzgar. Mirar desde fuera, nunca desde dentro. Ajena a esta lógica perversa, la ciudad de los cuerpos está hecha de cuerpos cualquiera y de miles de manos anónimas alzadas como campanarios. En la ciudad de los cuerpos no existe lo público ni lo privado, sólo lo común, algo que nos precede y nos trasciende, algo que es de todos y de nadie a la vez.