El culto al libro. Arguedas en Zamora

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Como una reminiscencia lejana e inconsciente del vínculo que Bermillo de Sayago tiene con el Perú, sin saber el significado de la palabra, María Jesús Carvajal llama a su hijo pequeño Pachacuti, que en quechua significa revolución. A ese pueblo zamorano llegó en 1958 el escritor José María Arguedas

Si dibujáramos un mapa del mundo que midiese mediante tonalidades de colores la distribución global de Comunidades de España y del Perú, es decir, el número de primeras ediciones de la tesis doctoral de José María Arguedas por kilómetro cuadrado, los matices más intensos sin duda los encontraríamos brillando sobre la localidad de Bermillo de Sayago, en la provincia de Zamora, España, sitio del trabajo de campo que Arguedas realizara gracias a una beca de la UNESCO.

       Desde entonces han comenzado a articularse en España distintas variantes del culto literario que celebra la obra y vida de Arguedas en el Perú; todas vinculadas a la pietas, el tributo que los romanos rendían a sus antepasados mediante la colocación de ídolos de barro en un altar de la casa que antecedió en Europa al comercio de reliquias y la devoción por los santos católicos.

       Para cuando el andahuaylino llegó a Bermillo de Sayago en 1958 un abono anual de una afeitada por semana y un corte de pelo al mes en la barbería del pueblo costaba una ochava de grano que luego podía venderse por 200 pesetas al molino de la región. Las fincas no se alquilaban en metálico sino en trigo. Y lo mismo al médico que al farmacéutico y al veterinario se les pagaba en igualas de centeno.

       Todos los días salían autobuses de línea hacia Zamora y Salamanca, y uno a Valladolid cada semana; aunque la gente, entre pueblo y pueblo, solía moverse sobre dos ruedas.

       María Jesús Carvajal recuerda la historia de cuando su abuelo materno, Juan el Gordo, se compró su primera motocicleta con la condición de que le enseñaran a montarla. Por esos años su familia ya era dueña de la tienda en la que hoy siguen vendiendo ropa para señoras. Fue allí donde cada tarde su abuelo arrimaba los mostradores y el género hacia los rincones del recibidor para abrir espacio y recibir al propietario de la moto…con la moto. Luego encendían el motor y daban vueltas por el interior de la tienda, inundando la segunda planta –donde solían organizarse partidas de cartas y apuestas clandestinas– y la casa familiar de humo y ruidos infernales.

       Cuando por fin Juan se sintió seguro, pagó al dueño y decidió viajar en la motocicleta a Fermoselle, a atender unos negocios. A la mitad del camino la máquina dejó de andar, y Juan tuvo que volver a Bermillo empujando su bólido. Fue directo a reclamar al antiguo dueño, quién le explicó que había fundido el motor.

       –¿Cambiaste de marcha? –preguntó

       –No –respondió Juan –¿qué es eso?

       El antiguo dueño no había tenido en la tienda espacio suficiente para enseñarle a embragar y poner segunda.

       Como una reminiscencia lejana e inconsciente del vínculo que este pueblo tiene con el Perú, sin saber el significado de la palabra, María Jesús llama a su hijo pequeño Pachacuti, que en quechua significa revolución.

       Como en casi todos los pueblos de la comarca de Sayago con algún pasado celta, entre la tienda y la iglesia del pueblo había un negrillo. Los niños –recuerda Pepe de Paula– “solíamos trepar por sus ramas y amarrar un hilo a la aldaba de la puerta de Juan el Gordo”. Jalaban de él y luego se escondían en el tronco hueco del árbol. A la abuela de María Jesús la volvían loca con esta clase de travesuras.

       España entonces “olía a pueblo, a ropa recién planchada y a gritos en el ruedo”, como reza la canción; y Bermillo era un aislado pueblecito cercano a la frontera portuguesa que trocaba paletas de jamón por sábanas de tocino; que aún conserva términos locales del castellano antiguo, comparados o definidos aquí con el castellano normalizado de los medios y con el quechuizado del Perú:

       –Capar un chorizo (Sayago): apretar un chorizo para quitarle el aire o distinguirlo por calidad.

       –Capar a un choro (Lima): apretar los testículos a un ladrón.

       –Patuco: taba (calzado).

       –Cadozo: puquio (charca).

       –Casal: tambo (refugio).

       –Macheta: verduguillo (cuchillo).

       Con sus casi 80 años a cuestas, el padre de María Jesús, Carvajal a secas, aún comercia con su camión, llevando boinas, lejía, aceite, sardinas enlatadas y calzoncillos a pueblos como Mámoles y Cozcurrita.

       “Todas, todas a comprar”, grita por el altoparlante de su camión al entrar a un pueblo. “¡María! Llegó Carvajal. Carvajal tiene rebajas, Carvajal tiene retales, Carvajal vende muuuuy barato. ¡Todas, todas a comprar!”.

       Instantes después cuatro o cinco ancianas, vestidas de riguroso luto, con tocas y velos sobre su cabeza, lentamente se acercan al camión.

       Hace 53 años este oriundo de Sanabria era un arriero que iba de pueblo en pueblo con un carro tirado por mulas y que solía pasar las noches del verano al aire libre, o en la posada de doña Sabina, en la cuadra junto a los animales, cuando helaba en estas tierras austeras y duras de la meseta castellana.

       Fue allí también, un día de 1958, adonde llegó José María Arguedas solicitando alojamiento.

 

       Jesús Santiago es de los pocos de las quintas del 56, 57 y 58 que recuerdan haber visto a José María Arguedas en la posada de arrieros de doña Sabina, su abuela, que no se mostró dispuesta a alojarlo.

       “Mi abuela estaba acostumbrada a hospedar a personajes como Carvajal” –dice–. “Tenía mucha psicología”. Evidentemente sin saber que el andahuaylino había pasado su infancia viajando a lomo de mula (como los arrieros sayagueses) y durmiendo en las punas de Ayacucho, Cusco y Apurímac, por su manera de vestir, doña Sabina pensó que era un intelectual que no se hallaría a gusto en una posada como la suya, sin agua ni servicios. Aunque en última instancia aceptó.

       Poco después de instalado Arguedas en la posada, la guardia civil franquista comenzó a seguirle los pasos; en un principio intrigada por la presencia de un extranjero venido de tan lejos, y luego muy posiblemente a sabiendas de la militancia de Arguedas en el Partido Comunista y de su pasado patibulario por manifestarse a favor de la II República. Lo detuvieron varias veces, una de ellas sacando una foto frente a la iglesia de Muga, un poblado vecino que también investigó. Florián Ferrero, director de Archivo Histórico Provincial de la Junta de Castilla y León nos sugirió a Jesús y a mí que era probable que la policía le hiciera una ficha. El dato nos lo confirmó un guardia civil de Sayago, pero, añadió: la ficha debió perderse junto con los demás archivos que la Guardia Civil quemó con el advenimiento de la democracia.

       De todos modos, el estar alojado en la posada de doña Sabina expedía una garantía implícita de buen comportamiento. Uno de sus hijos, el padre de Jesús, era un militar que en los tiempos duros de la postguerra contrabandeaba en su maleta, entre Zamora y Bermillo, alimentos para su familia, y su hermano, el tío de Jesús, había peleado en la División Azul junto a los nazis, en Rusia. Como para llegar allí con una beca de la UNESCO a fomentar la sedición.

       Arguedas tomó una de las habitaciones de la segunda planta de la posada. Jesús recuerda haberlo visto muchas veces en la cocina, donde él solía sentarse cuando niño, al lado de los huéspedes que conversaban en la mesa o jugaban a las cartas, mientras su abuela se inclinaba sobre el puchero. Arguedas pasó mucho tiempo reunido con los comerciantes, los arrieros y la familia Santiago; y en ese mismo lugar lo recuerda Consuelo, asomado por la ventana, sacando la cabeza de la cocina a la calle y pidiendo a ella y otros niños que le cantasen canciones y repitiesen esos juegos populares infantiles que hoy, por las bajísimas tasas de natalidad españolas y el invento de la televisión y los juegos electrónicos, están extintos, o conservados sólo en la memoria de los viejos y en libros como Comunidades de España y del Perú.

       Mucha gente en Bermillo recuerda al “peruano”, aunque fueron pocos lo que hablaran directamente con él, dato que confirma la principal crítica que le hacen los sayagueses al libro: que lo que aparece en la etnografía es la descripción parcial, incluso parcializada, vista desde el barrio del Cristo únicamente, de la realidad.

       Pepe de Paula recuerda a Arguedas como un hombre menudito y moreno que llevaba un sombrero negro y las puntas del saco alargadas por el peso de la libreta de notas, los lápices y la cámara de fotos que cargaba en los bolsillos.

       Domingo Piñeira recuerda haberlo visto en una loma, intentando sacar una foto a un labrador que confundió la cámara con un arma y se arrojó de cabeza a una pila de paja que transportaba en su carreta.

       Y Herminio Ramos –con más de 90 años encima un hombre en plena actividad– pasaba con él tardes enteras en la terraza del Café Iberia, en Zamora. Conoció a Arguedas a través de Justo Alejo, el poeta sayagués muerto también por propia mano algunos años luego que José María. “Era un hombre muy callado”, dice Herminio, “que escuchaba todo lo que Justo y yo nos decíamos con gran atención”.

       Pero su principal informante, claramente identificado por los sayagueses en el libro, era C. E., el padre de Consuelo y el originador de un debate etnográfico y literario en el pueblo que se ha prolongado hasta nuestros días. C. E., digamos que con una ideología distinta a la imperante en España en aquel momento, influyó de manera crucial en los sesgos personales, ideológicos y antropológicos que se reflejan en la etnografía de Arguedas.

       Desde que Celia Bustamante pasó por Bermillo, antes de que Arguedas partiese a París, y se llevó en una maleta todo el material etnográfico que su marido pudo recopilar, la reverencia por una obra etnográfica comenzaría a articularse.

       Una de las formas más arcaicas de rendir culto a un libro es adorarlo como objeto: conservarlo, quemarlo, regalarlo como artículo de decoración. Puede que el propio José María enviase a Bermillo algunos ejemplares de su principal obra etnográfica, pues sostuvo relaciones epistolares con las pocas familias que le sirvieron como informantes meses antes de pegarse dos balazos en la sien.

       Enterado de su publicación, Luis, el más antiguo y conocido librero de Zamora, agotó las existencias de un pedido que realizara a la editorial de la Universidad de San Marcos, en Lima, a mediados de los 70.

       Y una mujer en Bermillo tiene un ejemplar de la etnografía que todavía conserva el sello de la biblioteca de San Marcos, y la fecha del préstamo, impresa sobre la contratapa.

       Sea como fuese que dieran con este objeto –el regalo, la compra, el robo– esta edición, agotada hace tiempo y muy difícil de conseguir en nuestros días, se ha convertido en un fetiche que las familias atesoran en sus estantes.

       Hay ejemplares del libro muy bien cuidados y conservados, la cubierta y las páginas emanan aún su olor a nuevas; y su forma, inalterada por el tacto de los dedos al pasar las hojas, pueden hablar tanto de olvido como de reverencia.

       Al mismo tiempo, tal como hoy guardamos las fotos de nuestros abuelos y bisabuelos en los álbumes familiares, o las exponemos enmarcándolas y colgándolas de las paredes, los pobladores de Bermillo han expuesto fotos inéditas que Arguedas tomó de sus antepasados pero que no publicó en su etnografía. Son fotos que se suman a las que aparecen en el libro, que retratan la cotidianeidad del pueblo hace 53 años: a doña Sabina desyerbando su huerto, a un labrador montado en un burro, que hacen aflorar recuerdos de personas, inconfundibles en las romerías a la ermita de Gracia, de niños jugando, hoy ya ancianos o muertos, de mujeres lavando la ropa en charcas como la de Fuenterrosa, de gente que pertenece a algún pueblo de los alrededores o que simplemente está por morir en la memoria de sus vecinos. Así, los sayagueses han dejado implícitamente entrar a sus casas a esta presencia que aún los observa desde el otro lado de la lente. El autor del libro es también uno de los fotógrafos del pueblo y en parte autor del álbum de fotos de esta familia extensa.

       Muchas de las ediciones de Comunidades de España y del Perú que los sayagueses conservan están deformadas por la más natural de las maneras de rendir culto a un libro: leerlo. Folios doblados en la esquina superior derecha a manera de improvisados marcapáginas, ejemplares bombeados por el arqueo persistente del cuerpo del papel para producir que las hojas corran hasta encontrar un número de página escogido, márgenes anotados, documentos y recortes del periódico adjuntos, citas subrayadas, páginas maculadas por la grasa dactilar y la fruición de un lector que evidencia el gran invento que son los libros: su belleza de objetos, su maleabilidad y su potencia, características contra las que difícilmente podrá competir el libro electrónico.

       El libro tiene distintos niveles de lectura. En principio plantea a su comunidad de lectores un juego muy simple, fruto del gusto por la chismorrería y el voyeurismo tan naturales en el ser humano en general, y tan propios de los pueblos del Mediterráneo en particular. El juego consiste en identificar, tras las iniciales o en las señas con las que Arguedas los ocultó o describió, a personajes concretos de la historia del pueblo: fulanito de tal, hijo de tal, vecino de mi tía en el barrio del Cristo. Lo mismo sucede con las fotos de personajes desconocidos u olvidados: ¿quiénes son? ¿por qué no los conocemos?, son el motivo de largas conversaciones con el libro abierto por debajo de los interlocutores.

       Pero sobre todo, el libro es el origen de un acalorado debate en Bermillo que se ha prolongado hasta nuestros días.

       Arguedas fijó en el tiempo un fresco de la sociedad sayaguesa que, por el peso de la escritura en Europa y a diferencia de su obra en Perú, que continúa escribiéndose sobre la realidad, está cerrado por completo. La vocación objetiva del texto ha incrustado en un limbo abstracto unas opiniones, y se cierra constantemente a incluir otras que, impedidas de colarse por medio de la palabra escrita, compiten con ella mediante la crítica y la exégesis oral.

       Aunque Consuelo y María San Lucas defiendan lo que su padre y marido dijeron a Arguedas, respectivamente, y agreguen, además, que en 1958 todavía se celebraban las fiestas de señoritos y labradores por separado sin que los unos fueran admitidos en las fiestas de los otros; muchos en Bermillo consideran que Arguedas exageró esas diferencias sociales, caricaturizándolas en dos clases absolutas y bien definidas, análogas a la distinción entre mistis e indios que se utilizaba en el Perú. La realidad, afirman, era mucho más compleja.

       Según la definición de buena parte de los sayagueses, un señorito es cualquiera que no labra el campo, cualquiera –como refirió Pepe de Paula– “que no va detrás de las ovejas”. Por este rasero, el padre de Toñi, por ejemplo, que fue el maestro del pueblo, era un señorito, al igual que la abuela de Jesús, doña Sabina. Y los señoritos no eran, como supuso Arguedas, necesariamente más ricos que los labradores. “Aquí todos teníamos cuatro vacos de nada”, remata Pepe. Toñi afirma que con el sueldo de su padre muchas veces no llegaban a fin de mes, y Jesús dice haber participado en una sola matanza en la posada de su abuela, mientras que muchos labradores se aseguraban chorizo y embutidos con la matanza de varios cerdos al año. Muchos refieren, además, ser hijos de señoritos con labradoras.

       Queda claro que fuera del dinero, la educación funcionó como un muy potente diferenciador social, pues es una minoría la que actualmente continúa labrando la tierra, y una mayoría los que nacieron como labradores y crecieron como señoritos; y luego migró a las grandes ciudades españolas o viven en el pueblo de las pensiones, bares, peluquerías y oficios no vinculados a la agricultura.

       Consuelo, que es la que recuerda a Arguedas con mayor claridad, concede que es posible que un sesgo personal se colase en la etnografía: “el fue criado con los indios y los sirvientes”. Puede que debido a eso, a la afinidad con los que menos tenían, interpretase a los sayagueses desde esa perspectiva, o que ese mismo sesgo se convirtiera en un prejuicio en la etnografía. Toñi detalla, por ejemplo, que Arguedas miró siempre de lejos y se negó a conversar con su padre, el maestro, por ser señorito, pese que hubieran podido hacer muy buenas migas.

       Tal como, en 1965 en una reunión del Instituto de Estudios Peruanos, criticarían la interpretación del Perú que realiza Arguedas en Todas las sangres, los sayagueses sitúan la división clara y absoluta entre señoritos y labradores en los años previos a la Guerra Civil Española. Arguedas, dicen, habría extrapolado una situación social concreta a una época de la historia que no le correspondía, 1958, cuando el hambre o la pobreza de la postguerra eran generalizadas maneras de limar las diferencias sociales que habían en España, previas a la formación de una gran clase media.

       Además de estos sesgos personales, ideológicos e históricos que los sayagueses atribuyen a la etnografía de Arguedas, hubo otro: el etnográfico. Comunidades de España y del Perú fue escrita y se sitúa en la misma línea del culturalismo norteamericano, en boga por esa época, más preocupado por la identificación de normas sociales y la teorización de modelos de ordenamientos social que, aún encontrando un correlato con la realidad, no la agotaban, y por el contrario, dejaban fuera del registro historias de vida, voces disidentes, casos particulares e individuales que matizan la escritura etnografíca y le dan hoy mayor profundidad.

 

       Bermillo, como muchos otros pueblos de la comarca de Sayago, se encuentra atravesado de sur a norte por la antigua Ruta de la Plata que los peregrinos de Extremadura y Andalucía utilizaban para llegar hasta Santiago de Compostela. Como hoy a Sayago solo puede llegarse por una intrincada red de carreteras secundarias, esa misma ruta, así como otros ramales del Camino de Santiago, son los que investigadores de todo el mundo transitan para dar con los sayagueses y sonsacarles los recuerdos que conservan del paso de José María Arguedas por la localidad, formando de esta manera otra ruta sagrada, superpuesta a la primera, y parte de una geografía literaria que incluye a Andahuaylas, Puquio, San Juan de Lucanas y Chimbote.

       El primero en recorrerla fue el poeta Justo Alejo. Jesús Santiago recuerda haberlo visto por la posada de su abuela, adonde llegó preguntando por el andahuaylino y pidiendo datos para los artículos que posteriormente publicó en la revista Triunfo, poco antes de matarse.

       Cada año llegan a Bermillo pequeños contingentes de peruanos siguiéndole la pista a Arguedas. Lo hizo hace tiempo Rodrigo Montoya acompañado por su colega de la Universidad de Barcelona, Joan Bestard. También Carmen María Pinilla quien, cuenta Consuelo, se quedó encerrada en un baño, tuvo que escapar por una ventana y perdió su bolso y su dinero.

       Recientemente una veintena de alumnos del postgrado de la Universidad de Salamanca, al mando del profesor Ángel Espina, director de la cátedra José María Arguedas, han visitado Bermillo y Muga, por las mismas razones que sus antecesores.

       Sea como fuese, el caso es que muchas familias en Bermillo poseen en sus bibliotecas un ejemplar de la tesis doctoral de Arguedas, a la que llaman por su nombre de pila: el libro, como si la edición sanmarquina de esta obra pionera de la antropología española, junto a las publicadas por Pitt Rivers sobre Grazalema o Gerald Brenan sobre la Alpujarra, fuese la Biblia, el Corán o el Talmud, o fuesen en general y más humildemente unas escrituras que contienen el pasado y la verdad –o la discusión sobre la verdad– de un pueblo, tal como cualquier otro libro sagrado.

       Por todas estas formas populares y anárquicas de vincularse con la literatura, de rescatar el arcaico sabor a la religión que tienen todos los libros, hoy día Bermillo se une a otros pueblos del Perú para celebrar el nacimiento de José María Arguedas como parte de las actividades que cada año realizan para sus fiestas del verano.

 

 

Gabriel Arriarán es escritor. Administra el blog: www.lasaficionesdelvaron.blogspot.com. En FronteraD ha publicado José María Arguedas, un escritor de culto y Las anteojeras de la democracia

 

 


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Autor: Gabriel Arriarán