El curioso caso de Íker Casillas

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Uno a menudo observa, al entrar en el bar del que es parroquiano, la camiseta firmada y enmarcada de Íker, que en los últimos tiempos ya se muestra recubierta por la pátina del tiempo.

 

Se han visto dos fotos en el tuiter, aportadas por @ChunguitoRm, en las que aparecen don Santiago Bernabéu de joven y Keylor Navas con un parecido que asusta. Se pregunta Chunguito si Keylor, quien afianza la definitiva suramericación del Madrid con su patronímico pletórico de latinidad (a Keylor le precede, pronunciado literal, James, por lo que se espera una temporada tremenda de pasión de gavilanes), es la reencarnación del tótem presidencial. Uno cree que sí, como si a éste no le hubiera quedado más remedio que actuar desde el más allá para liberar al club de Casillas, el gran portero que fue y que ya no es, como lo dejaron de ser otros del mismo modo natural  (sin que por ello se produjeran intrigas ni traiciones medievales ni suicidios de opereta), en apariencia tan gastado como el calentador de agua de setenta y cinco litros de Tony Soprano, que al final terminó reventando e inundándole la casa.

 

Don Santiago fue también quien le dijo al mismísimo Di Stéfano que hasta allí había llegado, y entonces la Saeta, con treinta y muchos, se marchó al Español. De abandonar el Madrid sólo algo así parece que pueda esperar Casillas (con todos los respetos para él y para el Español, y a excepción de un milagro de los que está acostumbrado a hacer); pero uno no le ve renunciando a sus galones por el simple gusto de seguir guerreando bajo cualesquiera palos. Todo son señales que no se pueden dejar pasar como si nada. Falta una cara de Belmez en el vestuario de Concha Espina para que se inicie una peregrinación de los fieles en este principio de año fantasmagórico. El madridismo tradicionalista/empresarial de Florentino indica el mismo camino. Si de los ochenta millones de James ya se han recuperado la mitad sin que el colombiano toque un balón, en Costa Rica se prevé que se vista de Keylor hasta el ejército que allí no existe.

 

Uno a menudo observa, al entrar en el bar del que es parroquiano, la camiseta firmada y enmarcada de Íker, que en los últimos tiempos ya se muestra recubierta por la pátina del tiempo, igual que si la elástica fuera del propio Di Stéfano y ella sola susurrase al acercarse, como las fotografías de los viejos jóvenes de la Academia Welton: “Carpeee, dieeem”, una prenda de museo casi como una armadura. Íker ya es de museo y no de tienda, que es lo que se exige además de otras cosas, aunque sí puede que sea de subasta, un objeto de incalculable valor para los anticuarios: esos periodistas que abandonaron su profesión para abrazar la religión de la que ahora empiezan a renegar. Es tanto lo que el Santo ha dado que ya no puede ofrecer nada más salvo ir llevándoselo todo poco a poco (o de un plumazo, como casi sucede en Lisboa). Algo así como si la historia de su vida fuera el curioso caso de Benjamin Button, un niño que nació siendo anciano para morir en su cuna.