El dado y la yegüa

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Al otro lado del cristal de la cocina, la yegüa miraba al dado como si fuera su hijo. No recordaba el hombre cómo habían llegado a encontrarse las dos figuritas en aquel quicio. Desde niño le habían fascinado esas yegüadas blancas que reinaban por las repisas y estanterías de casi todas las casas. En objeto decorativo resultaba lo más parecido a un juguete de niño: los caballos de vaqueros y de indios, y los de sus príncipes de Exín Castillos.

 

Nunca se compró una yegüada de porcelana gris en su casa; y eso que vivían en Ceuta. Este caballito de loza blanca lo encontró enterrado en el suelo de los jardines de las Vistillas; donde recibía por las tardes -de mayo a septiembre- a sus amigos, como si fuera el patio florido de su casa. Tuvo que mudarse a Madrid para llegar a convivir con uno de sus caballitos fetiche.

 

La extraña ley de atracción entre objetos existe más allá de una voluntad humana que los controle. Es como una corriente sumergida, que tiene que ver tanto con la escultura como con la poesía. Dos formas en el espacio que se complementan y entre sí dialogan, con una elocuencia mayor que por separado. El artista o el poeta no tienen que inventar o construir estas relaciones, sino sólo provocarlas, y reconocerlas cuando éstas se producen. El trabajo lo hacen ellas por sí solas. Sólo se trata de fijar el hallazgo, como se hace en el teatro.

 

Quizás también sacase el teatrero de la buhardilla los dos objetos fuera, con la insana intención de comprobar cuánto tardaba el viento en llevárselos. Todos los vientos del Oeste que llegan a la Villa, tienen alma de huracán domesticado.

 

Que entre aquel dado azul y aquel caballito blanco había algo, era innegable, no había más que mirarlos. Se decían tantas cosas en silencio, que ni el viento más furioso se atrevió nunca a tocarlos. Bien al contrario, se unió a ellos como una llama, a través de la cinta dorada que -con una chincheta- fijó el dueño, por fuera al marco de la ventana.

 

En tardes de tormenta ventosa, y en noches de lluvia y relámpagos, se veía a la cinta dando bandazos como loca de contenta por encima de la extasiada pareja, imperturbables ante el temporal y unidos, por muchos chuzos de punta que estuvieran cayendo.

 

Foto: Vizcaíno