El descubrimiento

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La pobreza solo se mide desde hace unos 12 años. En 1998 el Banco Mundial debió darse cuenta de que los pobres eran más y de que o los conocía o se lo comían. Como a instituciones de ese pelo no les gusta perder el control de las cosas, fueron ellos los que decidieron qué era ser pobre: vivir con menos de un dólar al día. Imagino que para un ejecutivo del Banco imaginar esa situación era lo más parecido a una pesadilla sin BMW ni agua caliente, así que todos aplaudieron y se dieron por satisfechos.

Una vez hecha la creación, la Organización de Naciones Unidas, mucho más cuidadosa en las fomas y más experta en el vicio de fingir bondad, se inventó siglas y métodos para matizar la pobreza: el IDH (a saber: Índice de Desarrollo Humano), el índice Gini o los coeficientes de igualdad comenzaron a llenar páginas y páginas de nuestra insulsa historia y a dar de qué escribir a periodistas y sesudos analistas.

La ventaja de los estudios, en general, es que confirman lo que ya sabemos. Por ejemplo, que tener una buena sesión de sexo adelgaza 150 gramos pero da un hambre terrible; que comer en McDonald sale barato al bolsillo y caro a la humanidad, o que Latinoamérica, esta Otramérica, es mucho más desigual que África.

Esta semana, los genios de la ONU han redescubierto el agua helada. Han echado el grito al cielo porque Bolivia o Haití tiene  índices de desigualdad escandalosos; han dicho con voz bajita que la milagrosa Colombia de Uribe es uno de los lugares más desiguales del mundo o que la sacrosanta Panamá donde moro tiene índices equivalentes a los de Uganda (siempre comparándonos con África como con vergüenza, algo que nunca he entendido).

Hace años descubrí la mentira de todos estos ídices sobre el terreno. Concretamente en Guacamaya, una comunidad Ngäbe de Panamá a la que llegué después de 3 horas de 4×4 y 10 de caminata. Según el mapa de pobreza elaborado con los criterios del Banco Mundial, se trataba del lugar más pobre de Panamá. Según el índice Gini de la ONU, el más igualitario. Pude darme cuenta de que la pobreza siempre es relativa, porque para ellos no era un problema no tener los 1.10 dólares que los sacara de la pobreza teórica sino la falta de acceso a la ciudadanía; y me di cuenta de que la igualdad es miserable cuando consiste en que todo el mundo carezca de todo, incluido el acceso a servicios de salud, de alcantarillado o de luz eléctrica. No existir no es una de las variables de los estudiosos de la pobreza.

Este mundo es desigual porque si no fuera así no sería viable. Para que la minoría de 500 millones de personas que habitan el lado cómodo del planeta vivan bien, necesitamos de otros 6.000 millones que suden por nosotros. Las cuentas no saldrían si todos viviéramos con 5 dólares al día y, además, el Banco Mundial, la ONU y el 90% de las ONG del mundo desaparecerían y sería una crisis económica y de conciencia peor que las fabricadas en Wall Street.

El descubrimiento,  final de cuentas, es que sin desigualdad no sabríamos cómo funcionar ni qué estudiar… incluso… no tendríamos de qué escribir los que no tenemos blogs de sexo, circo o tecnología….

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.