El desierto de los – Ida

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Al final de nuestro territorio, en el último punto, último espacio, vigilaba: tendría que avisar si desde el otro lado llegaban enemigos, otros. Llevaba años alerta, solo cambiaba la vista con el paso de las estaciones, nadie aparecía.

Al final me preguntaba si la vida solo era esto.

Lo que encontraba al darme la vuelta y volver, aquí: el territorio que controlábamos.

Si yo solo era esto… esta altura… este peso…



Antes de coger la bicicleta, darle la vuelta, poner las ruedas en la tierra y lanzarme cuesta abajo, recordé las preguntas que me hicieron antes de partir, comprobar si era válido para vigilar y asegurar la frontera:

–¿Has tenido algún tipo de contacto con los?

–Jamás.

–¿Cómo te los imaginas?

–No los imagino.

–¿Llevarás algún objeto querido contigo?

–Llevaré una bicicleta de descenso.

–¿Para qué?

–Para ir a la atalaya desde la alta casa asignada.

–¿Algo más?

–Nada más.

–¡Párta!


Pilastras de refuerzo, contrafuertes, arcones, gárgolas, maderos salientes como para trepar por ellos, manojos nudosos de ramas desestabilizan nuestra visión ordinaria, infunden el elemento de sorpresa que acompaña siempre el descubrimiento de las obras innovadoras y audaces.

«Extraño todo, el designio, la fábrica, el modo», reza el verso de Góngora.

De la Ceca a La Meca, J. Goytisolo

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