El desmoronamiento. Treinta años de declive americano

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"Se había pasado la vida buscando independencia, especialmente económica. Sus mayores temores, que lo persiguieron toda su vida, eran la pobreza y el fracaso. A ambas cosas llegó de forma natural". Fragmento del libro-reportaje publicado por Debate

 

Dean Price

 

A finales del milenio, cuando andaba por los treinta y tantos años, Dean Price tuvo un sueño. En él, caminaba en dirección a la casa de su pastor por un camino de cemento que giraba bruscamente para convertirse en un camino de tierra que, a su vez, tras otra curva pronunciada, se transformaba en una estrecha pista surcada por rodadas de carretas, entre las cuales crecía la hierba hasta el pecho. Al parecer, hacía mucho tiempo que nadie pasaba por allí. Dean caminó a lo largo de una de las rodadas con los brazos extendidos como las alas de un águila, sintiendo cómo la hierba le acariciaba bajo los brazos. Entonces oyó una voz interior, como un pensamiento: “Quiero que vuelvas a casa, que cojas tu tractor y que regreses aquí para desbrozar este lugar, y que los demás puedan seguirte hasta donde tú has llegado hoy. Así les mostrarás el camino. Pero ese camino debe quedar despejado de nuevo”. Dean se deshizo en lágrimas. Toda su vida se había preguntado cuál era su cometido en el mundo, pues no hacía otra cosa que caminar en círculos, como un barco sin timón. No sabía qué significaba aquel sueño, pero lo consideró una llamada del destino.

 

Por esa época Dean había decidido conseguir una tienda 24 horas, algo bastante poco vocacional. Pasarían otros cinco años hasta que por fin lograse encontrar una disponible. Dean tenía la piel clara y sembrada de pecas, el pelo negro y unos ojos oscuros que se arrugaban cuando sonreía o dejaba escapar la aguda risa contenida que lo caracterizaba. Había heredado el color de su padre y la belleza de su madre. Masticaba tabaco marca Levi Garrett desde los doce años y hablaba con la intensidad suave de un cruzado medieval que nunca hubiese dejado de ser un muchacho de campo. Sus modales eran delicados, respetuosos, tan refinados que los hombres que bebían vodka en vasos de plástico en el Moose Lodge, el bar del pueblo, se preguntaban si a Dean se le podía considerar propiamente un redneck. Desde niño, su versículo favorito de la Biblia era Mateo 7, 7: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Se había pasado la vida buscando independencia, especialmente económica. Sus mayores temores, que lo persiguieron toda su vida, eran la pobreza y el fracaso. A ambas cosas llegó de forma natural.

 

Sus abuelos, tanto paternos como maternos, habían cultivado tabaco, igual que sus tatarabuelos y los abuelos de sus tatarabuelos. El oficio familiar se remontaba al siglo XVIII y todos lo habían desarrollado en unos escasos kilómetros cuadrados del condado de Rockingham, en el estado de Carolina del Norte. Sus antepasados tenían apellidos escoceses o irlandeses que cabían limpiamente en una lápida convencional: Price, Neal, Hall. Y todos habían sido pobres. “Es como si tuviera que bajar siempre a un arroyo a por agua: se acabaría formando un camino –decía Dean–. Seguiré todos los días el mismo camino. Así es como se crearon básicamente las carreteras de este país. La gente que las construyó siguió las veredas que abrían los animales. Una vez abierto el camino, cuesta muchísimo esfuerzo dejarlo y emprender otro diferente. Adoptas una forma de pensar, y esa forma de pensar se transmite de generación en generación”.

 

Cuando Dean era niño, el tabaco crecía por doquier. De abril a octubre el aroma de esa planta inundaba el condado. Dean había crecido en Madison, a unos cuarenta minutos al norte de Greensboro por la carretera 220. Aunque los Price vivían en la ciudad, Dean creció en la plantación de tabaco de su abuelo, Norfleet Price. Un día, el padre de Norfleet y bisabuelo de Dean se marchó a Winston-Salem con una carreta cargada de tabaco. Un hombre apellidado Norfleet se la compró a muy buen precio. Por eso llamó así a su hijo. El padre de Dean nació en las tierras de la familia, en un cobertizo de listones de madera con porche situado en el extremo de un calvero abierto en mitad del bosque. A pocos metros se levantaba el secadero de tabaco, una estructura de troncos de roble que Norfleet había construido sin clavos, a base de junturas y con un hacha como única herramienta. Cuando era niño, durante los días de final de verano en que las resplandecientes hojas de tabaco se preparaban y colgaban en el secadero para curar, Dean rezaba para que le dejasen quedarse a dormir con su abuelo. Norfleet tenía que despertarse cada una o dos horas a fin de comprobar que no se había caído ninguna hoja sobre la llama de aceite que calentaba el aire para el secado. La preparación de las hojas era un trabajo agotador, pero a Dean le encantaba el aroma del tabaco, las amplias hojas amarillentas pesadas como el cuero que caían de sus tallos de más de un metro de alto. Las manos ennegrecidas de alquitrán, la velocidad con que era capaz de atar las hojas al cordel cuando cogía el ritmo, para luego colgarlas en puñados de las vigas del secadero, como si fueran grandes lenguados secos. La familia unida. Los Price criaban su propia carne, cultivaban sus propias verduras y consumían la mantequilla que elaboraba una vecina de la misma calle, que tenía una vaca lechera. Si la cosecha se retrasaba, el comienzo del curso escolar también, y a principios del otoño, los almacenes de Madison se llenaban de vida y se celebraban subastas, desfiles con banda y otros acontecimientos de temporada. Era una fiesta para las familias, que en ese momento del año tenían los bolsillos llenos de dinero, dinero que duraría hasta las fiestas de Navidad. Dean pensaba que cuando fuese mayor cultivaría tabaco y criaría a sus hijos como lo habían criado a él. El mejor amigo de Dean era su abuelo. Norfleet Price cortaba madera todos los otoños, hasta que murió en 2001 a los ochenta y nueve años. Poco antes de fallecer, Dean lo visitó en la residencia en la que vivía y lo encontró atado a una silla de ruedas. “Colega, ¿te has traído la navaja?”, le preguntó su abuelo. “Abuelo, no puedo hacer eso”.

 

Norfleet quería que cortara las correas para poder levantarse de la silla. Duró mes y medio en la residencia. Le enterraron en la parcela de la familia Price, en un suave promontorio entre los campos de tierra arcillosa. Norfleet siempre había tenido dos o tres empleos para mantenerse alejado de su esposa, pero el nombre de esta, Ruth, estaba ya grabado junto al suyo, en la misma lápida, a falta solo del cuerpo y la fecha de defunción.

 

El padre de Dean tuvo la oportunidad de romper la maldición de la mentalidad de pobres de la familia. Harold Dean Price, alias Pete, era listo y le gustaba leer. Las tres páginas en blanco del final de su diccionario Merriam-Webster’s estaban llenas de definiciones manuscritas de palabras como obtuse, obviate, transpontine, miscegenation, simulacrum, pejorative. Era un buen conversador, un ferviente baptista y un racista empedernido. Una vez, Dean visitó el Museo de los Derechos Civiles que se encontraba en el antiguo edificio Woolworth, en el centro de la ciudad vecina de Greensboro, en cuya cafetería (segregada) cuatro estudiantes negros de la Escuela de Arquitectura y Agricultura de Carolina del Norte habían protagonizado un episodio de protesta en 1960. En el museo había una fotografía ampliada de los cuatro estudiantes saliendo a la calle ante una muchedumbre de jóvenes blancos que los miraban fijamente, con las manos hundidas en los bolsillos, las camisetas y los vaqueros remangados, el pelo engominado hacia atrás, los cigarrillos colgando del labio inferior, y una torva mueca en la boca. Uno de ellos era el padre de Dean. Odiaba la insolencia de los defensores de los derechos civiles, aunque jamás se sintió así con respecto a Charlie y Adele Smith, los aparceros negros que cuidaban de él cuando su abuela estaba trabajando en el telar. Tenían buen corazón y un gran sentido del humor, y comprendían cuál era su lugar en el mundo.

 

Pete Price y Barbara Neal se conocieron en un baile del pueblo. Se casaron en 1961, el año que Pete se graduó por el Western Carolina College. Era el primer miembro de su familia en llegar tan lejos. Harold Dean Price II nació en 1963 y tras él llegaron tres niñas. La familia se mudó a una pequeña casa de ladrillo en Madison, justo al lado del almacén de tabacos Sharpe & Smith. En Madison y el cercano pueblo de Mayodan, la principal industria era la textil. En los años sesenta y setenta los telares y las fábricas textiles ofrecían empleo a todos los recién graduados de secundaria. Los universitarios podían incluso elegir. Los comercios de la calle principal –farmacias, mercerías, tiendas de muebles y pequeños restaurantes– se llenaban de compradores, en especial los días que los grandes almacenes de tejidos hacían rebajas. “Nuestro país probablemente prosperó todo lo que podía prosperar en esos años –afirmaba Dean–. La energía era barata, del suelo brotaba el petróleo, en los campos de alrededor se multiplicaban las granjas con empleados a los que no les inquietaba trabajar, que sabían en qué consistía su trabajo. Había dinero por hacer”.

 

El padre de Dean empezó a trabajar para la gran planta textil Du-Pont, que fabricaba nailon en Martinsville, justo al otro lado del límite estatal con Virginia, al norte. A finales de la década de 1960, se tragó el cuento de un charlatán de la época, Glenn W. Turner, el hijo semianalfabeto de un aparcero de Carolina del Sur, que vestía resplandecientes trajes de tres piezas y botas de piel de ternero, y ceceaba a causa de un labio leporino. En 1967, Turner puso en marcha una empresa, Koscot Interplanetary, que vendía licencias para la distribución de cosméticos a cinco mil dólares cada una, prometiendo comisiones por cada subfranquiciado extra que se consiguiera. A los interesados también se les instaba a comprar un maletín negro lleno de cintas grabadas por el propio Glenn W. Turner con inspiradoras charlas, colección que se titulaba “Dare to be Great” y que costaba cinco mil dólares. Con las cintas se ofrecía el mismo negocio: el franquiciado podía hacerse rico vendiendo a otros subfranquiciados los derechos para distribuirlas. Los Price pagaron la licencia y se dedicaron a celebrar emocionantes fiestas “Dare to be Great” en su casa de Madison; un proyector de cine reproducía una película sobre la vida de Turner, quien de no tener un céntimo pasó a tenerlo todo. Los potenciales clientes exclamaban entonces frases suyas, cosas como “Ponte de puntillas y alcanza las estrellas”. En 1971, “Dare to be Great” invadía los barrios obreros del país y Turner aparecía en la revista Life. Fue entonces cuando empezaron a investigarlo por el uso de estructuras piramidales en su negocio. Al final fue condenado a cinco años de cárcel y los Price perdieron su dinero.

 

A principios de la década de 1970, Pete Price consiguió un trabajo como supervisor en la central eléctrica de Duke Energy, en Belews Creek. Después fue subdirector de Gem-Dandy, en Madison, una empresa dedicada a la fabricación de accesorios para hombres, ligueros para calcetines, por ejemplo. A continuación fue supervisor en la fábrica de ladrillos Pine Hall, a orillas del río Dan, cerca de Mayodan. En todas las ocasiones era despedido por un jefe al que siempre consideraba menos inteligente que él. Aunque lo más común es que él abandonase el puesto. Dejar trabajos se convirtió en un hábito, “como una arruga en el pantalón –decía Dean–. Cuando un pantalón se arruga es prácticamente imposible quitarla. Así era el fracaso para él. No se lo podía sacar de encima. Pensaba en fracaso, respiraba fracaso, lo vivía”. La arruga comenzó en la granja de tabaco de los Price. Su padre recibió en herencia una parcela mala, que no daba a la carretera. A los tíos de Dean les fue mucho mejor con los cultivos. Además, sufría el complejo de Napoleón –apenas superaba el metro setenta–, y le ayudó poco quedarse calvo bastante pronto. El fracaso mayor, no obstante, llegó con el trabajo que Pete Price más había apreciado en su vida.

 

Décadas más tarde, Dean tenía aún una fotografía en blanco y negro enmarcada sobre la repisa de la chimenea en la que aparecía un niño de brillante pelo negro cortado a tazón, el flequillo recto justo por encima de los ojos, vestido con un traje oscuro de pantalón muy estrecho que además le quedaba corto, y que entornaba los ojos a la luz del sol y abrazaba contra el pecho una Biblia, como buscando protección. Junto a él, una niña pequeña con un vestido de cuello de encaje. Era el 6 de abril de 1971. Dean estaba a punto de cumplir los ocho años y de salvarse entregando su vida a Jesús. Durante los años setenta, el padre de Dean atendió varias pequeñas iglesias de pueblo. En cada una de esas congregaciones su dogmatismo y rigidez causó cismas. Los feligreses convocaban una y otra vez votaciones para decidir si mantenerlo como predicador o buscar a otro. A veces votaban a favor y otras en contra. Pero él siempre terminaba marchándose, sembrando rencores en un lado y otro, pues era incansable: quería ser como el famoso pastor Jerry Falwell, encabezar una iglesia con miles de miembros. Al final le resultó difícil encontrar iglesia. Visitaba nuevos pueblos y se postulaba al puesto dando un sermón. Invariablemente soltaba sapos y culebras por la boca e invariablemente la feligresía votaba en contra de que se quedase. Hubo una iglesia en particular, la baptista Davidson Memorial, en el condado de Cleveland, donde pronunció un sermón con el corazón en la mano. Fracasó también en sus ambiciones a ese púlpito y jamás se recuperó.

 

Dean heredó de su padre la ambición y el amor por la lectura. Leyó de cabo a rabo la enciclopedia World Book que había en su casa. Una noche, con nueve o diez años, hablaron durante la cena sobre sus perspectivas de futuro.

 

—Bueno, ¿y tú qué quieres ser de mayor? –preguntó el padre de Dean con desdén.

—Quiero ser cirujano del cerebro. Neurólogo –contestó Dean. Había aprendido esa palabra en la enciclopedia–. Eso es lo que quiero ser, creo.

 

Su padre se rió en su cara.

 

—Tienes tantas posibilidades de llegar a ser neurólogo como de viajar a la Luna.

 

El padre de Dean podía mostrarse divertido y amable, pero con él no lo era nunca. Dean lo odiaba por su derrotismo y crueldad. Había oído muchos de los sermones de su padre, algunos de ellos proferidos a pie de calle en su propio pueblo, Madison, aunque en cierto modo no se creía una palabra de lo que decía en ellos. Sus bajezas y las palizas que le propinaba en casa lo convencieron de que aquel hombre subido a un púlpito no era más que un hipócrita. De niño, a Dean no había otra cosa que le gustase más que el béisbol. En séptimo curso las chicas lo amedrentaban. No pasaba de los cuarenta kilos por mucho que comiese, así que no daba la talla para jugar al fútbol americano, aunque se le dio bastante bien el béisbol, en la posición de parador en corto. En 1976 había jugadores blancos y negros en el equipo de la escuela intermedia de Madison-Mayodan. Su padre no quería que se juntase con negros. Para que no se les acercara, y anotarse de paso puntos ante la congregación de turno, el padre de Dean lo sacó de la escuela pública (aunque Dean le rogó que no lo hiciera) y lo envió a Gospel Light, una estricta escuela baptista fundamentalista e independiente, solo para blancos, situada en Walkertown, un pueblo a dos horas en autobús desde la casa parroquial de Mayodan Mountain, en la que entonces residían los Price. Ese fue el final de la carrera beisbolística de Dean y el adiós definitivo a sus amigos negros. Cuando Dean estaba en décimo curso, su padre empezó a enseñar historia bíblica y de Estados Unidos en la escuela Gospel Light. No le habría costado nada dejar a Dean jugar al béisbol después de clase y luego volver juntos, pero su padre insistía en marcharse a las tres en punto para poder leer un rato en su despacho de casa. Era como si en la familia compitiesen por Dean. Su padre tenía la mano más alta y no cedía una pulgada.

 

Cuando Dean tenía diecisiete años, su padre dejó la iglesia de Mayodan Mountain y se trasladó junto con su familia al este del estado, cerca de Greenville, donde se hizo con el púlpito de una pequeña iglesia en un pueblo llamado Ayden. Ese fue el último que ocupó. Tras cuatro meses, mandaron a paseo al pastor Price y la familia regresó al condado de Rockingham. Tenían muy poco dinero y se instalaron en la casa familiar de la madre de Dean, en la carretera 220, a las afueras de la pequeña localidad de Stokesdale, a pocos kilómetros al sur de Madison. La abuela de Dean, Ollie Neal, vivía en una casa que habían construido al fondo de una parcela. Tras ella se extendía el tabacal que su abuelo, Birch Neal, había ganado en una partida de cartas en 1932, cuando la carretera 220 no era más que un camino de tierra.

 

Dean solo deseaba una cosa entonces: escapar de las garras de su padre. Al cumplir los dieciocho, fue en coche hasta la ciudad de Winston- Salem y se presentó en la oficina de reclutamiento de los marines. Quedó en regresar a la mañana siguiente para alistarse, pero esa noche se echó atrás. Quería conocer el mundo y sacar todo el jugo a la vida, pero lo haría por su cuenta.

 

Tras terminar la escuela secundaria en 1981, el mejor empleo al que podía aspirar Dean era fabricar cigarrillos en los enormes ingenios tabacaleros que R. J. Reynolds tenía en Winston-Salem. El que conseguía un trabajo en ellos tenía la vida resuelta: un buen sueldo, un buen plan de pensiones y dos cartones de tabaco a la semana. Ahí es donde terminaban los estudiantes de notable. Los estudiantes de bien y suficiente iban a las fábricas textiles, donde se pagaba menos (DuPont y Tultex, en Martinsville, Dan River en Danville, Cone en Greensboro o alguna otra más pequeña en Madison), o en las fábricas de muebles que había en High Point y en Martinsville y Bassett, al norte de Virginia. Los estudiantes de sobresaliente (en su clase había tres) iban a la universidad. (Treinta años después, en una de las reuniones de ex alumnos de su escuela secundaria, Dean descubrió que sus compañeros de clase habían engordado y se dedicaban al control de plagas o a vender camisetas por las ferias de los pueblos. Un tipo, empleado de toda la vida de R. J. Reynolds, perdió un empleo que él siempre había creído para toda la vida y jamás se recuperó del golpe).

 

Dean nunca fue aplicado en clase. El verano después de terminar secundaria consiguió un trabajo en el departamento de envíos de una fábrica de tuberías de cobre de Madison. Ese año de 1981 ganó mucho dinero, pero aquel era el tipo de empleo que siempre había temido, rodeado de muertos en vida que solo hablaban sobre alcohol, sexo y coches. Dean lo detestaba tanto que decidió estudiar en la universidad.

 

La única universidad que su padre estaba dispuesto a pagar era la Bob Jones, una institución de confesión cristiana en Carolina del Sur. La Universidad Bob Jones prohibía el noviazgo y el matrimonio entre personas de distinta raza y a principios de 1982, a los pocos meses de matricularse Dean, saltó a los titulares de todo el país cuando el gobierno de Reagan desafió la decisión de las autoridades fiscales de negar a la Bob Jones la exención de impuestos. Tras el aluvión de críticas, Reagan se retrajo. Según Dean, Bob Jones era la única universidad del mundo en la que el alambre de espino estaba colocado por dentro y no por fuera, como en la cárcel. Los chicos no podían dejarse crecer el pelo por debajo de las orejas y la única manera de comunicarse con las chicas, que dormían al otro lado del campus, era escribir una nota y dejarla en un buzón para que un mensajero la transportase a la residencia femenina. Lo único que le gustaba a Dean de la Universidad Bob Jones eran los viejos himnos que se cantaban en el servicio matutino, como Praise God, from Whom All Blessings Flow. Pronto dejó de ir a clase y el primer trimestre suspendió todas las asignaturas.

 

En Navidad volvió al hogar familiar y anunció a su padre que dejaba la universidad y se iba de casa. Su padre le propinó una bofetada que lo tiró al suelo y lo llamó estúpido. Dean se levantó y dijo: “Si me vuelves a poner la mano encima, te mato. Te lo prometo”. Nunca más volvió a vivir bajo el mismo techo que su padre.

 

Tras la marcha de Dean, su padre cayó en una espiral de destrucción. Tomaba oxicodona a puñados, para el dolor de espalda y de cabeza y para otros muchos achaques reales e imaginarios. Conseguía las recetas de una decena de médicos distintos que no se conocían entre sí. La madre de Dean encontraba pastillas en los bolsillos de sus trajes o almacenadas en bolsas de basura. A su padre se le perdió la mirada y se quedó sin mucosa estomacal. Se retiraba a su despacho supuestamente para estudiar algún libro religioso, pero lo que hacía era tomar oxicodona y dormitar. Pasó varias veces por rehabilitación.

 

Dean volaba libre y no tardó en descubrir los placeres del alcohol, el juego, la marihuana, las peleas y las mujeres. Su primera novia era hija de un pastor y había perdido la virginidad bajo el piano de la iglesia. Dean rezumaba rebeldía y no quería saber nada del Dios de su padre. “Yo entonces era un gilipollas –afirmaba Dean–. No tenía respeto por nadie”. Se mudó a Greensboro, donde compartió una casa con un fumador compulsivo de marihuana. Durante un tiempo fue profesor adjunto de golf en el Greensboro Country Club, donde ganaba doscientos veinte dólares semanales. En 1983, a los veinte años, decidió volver a la universidad y se matriculó en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, para estudiar en el campus de Greensboro. Graduarse le costó seis años trabajando en bares, con una interrupción de cinco meses en los que viajó con su mejor amigo, Chris, hasta California, donde vivió en una furgoneta Volkswagen y se dedicó a perseguir chicas y pasarlo bien. En 1989, por fi n, se graduó en ciencias políticas.

 

Dean estaba afiliado al Partido Republicano y Reagan era su ídolo. Para él, Reagan era una especie de abuelo bonachón, capaz de comunicar y motivar a la gente, como cuando dijo aquello de “la ciudad sobre un monte”. Dean pensaba que la política se le podría dar bien, pues era buen orador y provenía de una familia de predicadores. Cuando Reagan hablaba, inspiraba confianza. Infundía a quien le escuchase la seguridad de que Estados Unidos volvería a ser un país grandioso. Dean quiso ser político por Reagan y solo por Reagan. Pero terminó descartando la idea la semana que lo pillaron fumándose un porro de marihuana en las escaleras de la facultad y, unos días más tarde, fue detenido por conducir borracho.

 

Se había propuesto ver mundo, así que, tras graduarse, Dean vagabundeó por Europa durante unos meses, durmiendo en hostales y a veces en los bancos de los parques. No obstante, seguía teniendo grandes expectativas, poseía una “ambición desmedida”, le gustaba decir. Cuando regresó a Estados Unidos, decidió buscar el mejor empleo en la mejor empresa que fuera capaz.

 

Para él, esa empresa siempre había sido Johnson & Johnson, que estaba en Nueva Jersey. Los empleados de Johnson & Johnson vestían trajes azules, eran limpios, hablaban bien, se les pagaba bien, tenían coches de empresa y seguro médico. Dean se instaló en Filadelfia con su novia y se propuso conocer a gente que trabajase en la empresa. Su primer contacto fue un tipo rubio muy repeinado que vestía traje de algodón azul, zapatos blancos y pajarita; era el tipo más elegante que Dean había visto en su vida. Dean llamaba a la sede de la empresa casi todos los días de la semana, hizo siete u ocho entrevistas, se pasó un año entero luchando denodadamente por el trabajo y, por fin, en 1991, Johnson & Johnson claudicó y lo hizo representante farmacéutico en Harrisburg, Pennsylvania. Dean compró un traje azul, se cortó el pelo y aprendió a disimular su acento sureño, que según él era una mala tarjeta de presentación. Le dieron un busca y un ordenador y se dedicó a recorrer las consultas de los médicos en su coche de empresa, a veces ocho al día, con muestras de medicamentos, explicando los efectos beneficiosos y los efectos secundarios.

 

No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que odiaba el trabajo. Al final de la jornada tenía que informar en laofi cina de todas y cada una de las visitas que había hecho. Era un robot, un número, y la empresa era el Hermano Mayor que lo vigilaba. Cualquier iniciativa personal era desdeñada con el ceño fruncido si no se ajustaba a la política empresarial. Dejó el trabajo después de ocho meses, menos tiempo del que había dedicado a conseguirlo.

 

Se había tragado una mentira: ve a la universidad, sácate un buen título, consigue un trabajo en una empresa del Fortune 500. Entonces serás feliz. Él había hecho todo eso y se sentía un desgraciado. Había dejado la casa de su padre solo para caer en otro tipo de servidumbre. Decidió empezar de nuevo y hacer las cosas a su manera. Se convertiría en empresario.

 

 

 

‘Dean Prince’ es la primera historia del voluminoso libro-reportaje El desmoronamiento. Treinta años de declive americano, que le valió al autor el National Book Award de Estados Unidos y que acaba de publicar la editorial Debate con traducción de Miguel Márquez Muñoz.

 

 

 

 

George Packer escribe para The New Yorker y es autor de Assassins’ Gate: America in Iraq, que obtuvo varios premios y fue elegido uno de los diez mejores libros de 2005 por The New York Times Book Review. También ha escrito dos novelas, The Half Man y Central Square, y otras dos obras de no ficción, Blood of the Liberals, que ganó el premio Robert F. Kennedy en 2001 y The Village of Waiting. Su obra de teatro Betrayed se representó off-Broadway durante cinco meses en 2008 y obtuvo el Lucille Lortel Award a la mejor obra. Vive en Brooklyn.

Autor: George Packer