El destape

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Lo mejor de los políticos jóvenes es que se les conoce (o se descubren) rápido y así no tienen que pasar cuarenta años para poder verles desnudos...

 

Lo mejor de los políticos jóvenes es que se les conoce (o se descubren) rápido y así no tienen que pasar cuarenta años para poder verles desnudos, como si esa Transición pudorosa fuera derrumbándose para volver a introducirse el destape, ese período en el que Susana Estrada le enseñó una teta en público a Tierno. Uno no sabe si es porque la corrupción, ese exceso de recato, ha producido la reacción contraria: un desnudismo abierto, como si España fuera una playa de Vera, o si es porque la generación más preparada de la historia sólo lo es sobre el papel, o mejor por sus papeles, los diplomas, que nada dicen de su torpeza ni de sus intenciones. Errejón, por ejemplo, que venía como adalid de una nouvelle politique, ha resultado ser tan vieux como joven parece (y es) gozando de los beneficios de la casta de sus amores, sobre la que basa todas sus posibilidades de hacer carrera política, antes incluso de poder ser considerado miembro oficial de ella, lo que es todo un récord. Un exhibicionista puro. A su amigo Iglesias, que empezó apareciendo en los medios como un friki hasta revelarse como alternativa al poder, también se le conoce algo mejor aunque haya tardado un poco más, remitiéndose por primera vez al plasma del presidente una vez revolcado en el cuadrilátero por Ana Pastor, quien va camino de convertirse en una estrella del Pressing Catch a la que no vio saltar (ni siquiera pudo imaginarlo) desde la esquina para tumbarlo. Esto parece haber sido un antes y un después. Pablo ha descubierto el silencio y podría cogerle el gusto, demasiado pronto quizá, lo cual en parte se agradece por lo que supone de descanso. Uno ha llegado a tener la impresión de estar sometido al Tratamiento Ludovico de ‘La Naranja mecánica’ con los parpados abiertos, a pesar de que el atrezo es más propio de estar constantemente escuchando el sermón de la montaña, el mismo que dice: «Guardaos de los falsos profetas…». Con Pedrosench el problema es que casi hay que quererle (pellizcarle las mejillas como hacen las señoras), y le quiere el pueblo más que a nadie en sus valoraciones demoscópicas (la imagen lo es todo, como se anunciaba Agassi, que jugaba al tenis con peluca) con su federalismo que más que una propuesta concreta es una postura etérea, liviana como nadar en una charca idílica como en la que nadaba Zapatero igual que una ninfa antes de tener que salir de ella con prisas para ponerse a gobernar en cueros. El federalismo de Pedrosench es un mundo mágico donde no hay querellas como en la Cataluña libertaria de Orwell no había señores ni señoritas ni adioses sino camaradas y mucha salud. Ya le interesaba a Errejón ese nuevo lenguaje, su creación, lo cual conforma un panorama de libertad escénica, entre relativismos y totalitarismos, donde sólo faltan Pedro e Íñigo (si es que le deja Pablo), juntos en la cama como John y Yoko, despojados de todo pudor, mientras Rajoy, igual que Tierno a su musa, simplemente les dice: “No vayan ustedes a enfriarse”.