El día que John Wayne me enseñó a disparar

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Tenía 72 años y un bicho dentro en las entrañas que se lo comía poco a poco. Cuando uno se ha acostumbrado a disparar de lejos a sus enemigos, es imposible luchar contra un gusano que te devora un pulmón, se queda con hambre y repite plato con el hígado. Por mucho tequila que te eches al gaznate te acaban picando el billete y enviándote a criar amapolas al otro barrio. Allí estaba, tumbado, tan largo como era, con su más de metro noventa, viéndole los colmillos al lobo. Y entonces pidió un cura. Era la tercera solución. Lo había intentado ya con un barman y un exorcista, pero los médicos se los negaron. Así que llegó el párroco, con su Biblia de motel entre las manos, las páginas desgastadas, las palabras más, y junto a él levantó su agua bendita, sin alcohol, y lo bautizó. Era 9 de junio de 1979. Con nombre católico, en paz con el jefe de la barba blanca, por si las moscas, por si en el cielo también les dejan caballos que no agonizan sobre el polvo a los buenos, murió dos días después, con un cáncer feo, fuerte y formal que se lo había merendado, sin revólver siquiera. Atrás dejó una vida de tequila, póker y ajedrez. Cerca de 150 películas. Tres costillas clavadas en el suelo. Una pierna rota. Cadáveres para llenar un tren. Anoche vino a visitarme. Se sentó a mi lado en la barra. Pidió dos tequilas. Yo invito, reina, me dijo. Y después me habló, así como hablaba él, tan bajo, tan despacio, tan poco. Me contó una historia que no puedo repetir. Y me enseñó a desenfundar el revólver de la cartuchera y a mirar a los malos. Son siempre más cobardes si les miras a la cara. Porque entonces ves que ellos también tienen miedo. Y todo el mundo necesita que le mires a los ojos cuando le disparas. No lo olvides, cariño. Después se fue, cojeando. Hoy he vuelto a la oficina dispuesta a seguir su consejo. Las piernas ligeramente arqueadas –no sé qué habrán pensado mis compañeras. Ni me importa-. Las manos aleteando alrededor de la cintura. Los dedos temblorosos. La vista al frente. A treinta pies la he divisado. Poco a poco. Me he retirado el flequillo de los ojos. He seguido andando. Ante la máquina del café, agazapado junto a la fotocopiadora, creí ver a un administrativo con un rifle. Era la sombra de una papelera. Veinte pies. Y ella allí, al fondo. Cada vez más cerca. Ya me ha visto. Ha dado un respingo y me mira. Dudo de si seré más rápida. Si no lo eres, me dijo John ayer por la noche, al cuarto tequila, no te preocupes, mujer, porque nunca lo sabrás. Diez pies. Y llego, por fin, ante ella. Y así, como si el bueno de John aún me cubriese las espaldas, por fin la miré a la cara. Y entonces se lo dije. Y, qué queréis que os diga, fue un buen día. La primera muesca de mi revólver. Estoy deseando volver al bar y contárselo al bueno de Marion Robert Morrison. Hoy pago yo el tequila, carajo.