El dilema de Proust o el paseo de los sabios. (Un ensayo sobre el paseo en la historia y la literatura universal)

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Frente al tono admonitorio, esencialista y renunciante de Thoreau, Robert Louis Stevenson ofrece una perspectiva bastante más hedonista o, siquiera, menos épica del paseo

 

Derivas o el paseo amenazado (un epílogo tal vez amargo)

 

“En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una

o dos personas que comprendiesen el arte de caminar, esto es, de andar a pie”

H. D. Thoreau

 

“El viajero tiene su filosofía de andar, piensa que siempre, todo lo que

surge, es lo mejor que puede acontecer”

C. J. Cela

 

Marche ou crève

Lema de  la Legión Extranjera

 

 

Cuando Henry David Thoreau escribe en 1861, un año antes de su muerte, el relato Caminar, no quiere, decididamente no quiere que el paseo se tome meramente como un ejercicio físico: “La caminata de la que yo hablo no tiene nada que ver con hacer ejercicio, como suele decirse –como si se tratara de un enfermo que toma su medicina a horas fijas, o alguien que levanta pesas–, sino que es la empresa y la aventura del día en sí. Si queréis hacer ejercicio, id en busca de los manantiales de la vida. Pensad en un hombre que levanta mancuernas para mantenerse sano, mientras en las lejanas praderas surgen a borbotones los manantiales sin que él vaya a buscarlos”. Sólo que su enérgica y convincente invitación al paseo no surtió el efecto previsto: “Hemos notado que, por la zona, somos casi los únicos en practicar este noble arte; aunque, a decir verdad, a la mayoría de mis vecinos, al menos si se da crédito a sus afirmaciones, les gustaría mucho pasear de vez en cuando como yo, pero no pueden. Ninguna riqueza es capaz de comprar el necesario tiempo libre, la libertad y la independencia que constituyen el capital en esta profesión. Sólo se consiguen por la gracia de Dios. Llegar a ser caminante requiere un designio directo del Cielo. Tienes que haber nacido en la familia de los Caminantes. Ambulator nascitur, non fit [el caminante nace, no se hace]”. No sólo eso, acabaría convirtiéndose en lo que él no quería, una práctica puramente gimnástica.

 

A cambio, no fue poca la influencia que tuvo en la salvaguarda de la naturaleza y de los modos de vida adaptados a ella. Ecologista avant la lettre escribió en Caminar: “En la actualidad casi todas las llamadas mejoras del hombre, como la construcción de casas y la tala de los bosques y de todos los árboles de gran tamaño, no hacen sino deformar el paisaje y volverlo cada vez más doméstico y vulgar”. Pero su exilio voluntario a una cabaña en medio de la espesura se muestra no menos inspirador: “Fui a los bosques –dice en Walden (1854)– porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme únicamente a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ésta tuviera que enseñarme, y para no descubrir, a la hora de morir, que no había vivido”. El canto a la naturaleza estalla esplendoroso en Un paseo de invierno: “El sol se levanta con tanto orgullo sobre esta cañada como sobre el valle del Sena o el Tíber, y parece la residencia de un valor tan puro y autosuficiente como nunca se ha visto, que jamás ha conocido la derrota ni el miedo. Aquí reina la sencillez y la pureza de una era primitiva, y una salud y una esperanza muy alejadas de los pueblos y ciudades. En la profundidad del bosque, completamente solos, mientras el viento sacude la nieve de los árboles y dejamos detrás las únicas huellas humanas, vemos que nuestras reflexiones son mucho más variadas que las de la vida de las ciudades. Los paros y trepatroncos son una compañía más inspiradora que la de los estadistas y los filósofos, y regresaremos a esta última como quien vuelve a una compañía más vulgar. En este pequeño valle solitario, con su arroyuelo que fluye por la ladera, el hielo estriado y los cristales de todos los matices, donde los abetos y pinabetes se elevan a ambos lados, y los juncos y la avena silvestre crecen en medio del riachuelo, nuestra vida es más serena y digna de contemplar”.

 

Frente al tono admonitorio, esencialista y renunciante de Thoreau, Robert Louis Stevenson ofrece una perspectiva bastante más hedonista o, siquiera, menos épica del paseo. Lejos de predicar alguna clase de trascendencia, propone la simple comunicación con el entorno. En el artículo Excursiones a pie, que publica en 1876, recoge las enseñanzas de Hazlitt –a quien cita con reconocimiento– y, como él, ofrece la alternativa del paseo campestre como una experiencia placentera destinada a neutralizar el ritmo de la vida urbana. Stevenson prefigura de algún modo las excursiones de fin de semana que acabarán llevando al campo a familias enteras como descanso al ajetreo de la actividad diaria. Claro que se atiene al principio de Hazlitt sobre que los verdaderos paseos hay que hacerlos en solitario. Y sintiendo: “No hay que imaginar, como algunos querrían hacernos creer, que una excursión a pie sea meramente una manera mejor o peor de ver el campo”. Porque la naturaleza no es algo que esté enfrente o alrededor del excursionista, sino que se va apoderando de él para inducirle una especie de ensueño interactivo: “Cada vez se siente más unido con el paisaje material, y la ebriedad del aire libre hace grandes progresos en él, hasta que se para junto al camino y ve todo lo que le rodea como en un sueño placentero”. Para Stevenson en el campo no existe el tiempo –sería más bien un producto de la ciudad construido con relojes, calendarios y campanas–, o, en caso de que existiera, adquiere otra dimensión: “La gente no tiene ni idea (…) de lo interminablemente largo que es un día de verano que uno sólo mide según el hambre y al que sólo pone fin cuando tiene sueño”.

 

Y ésta es otra de las impagables observaciones que Stevenson toma de Hazlitt. El paseante se ve reducido a las necesidades más elementales y perentorias. La sed, el hambre y el cansancio forman parte de la impedimenta del paseante, junto con la sublimación del paisaje y la exaltación del momento. Stevenson encuentra que el mero hecho de ponerse la mochila, lejos de representar la asunción de un estorbo, constituye un potente inductor del viaje. Después, una vez en marcha, el paseante encuentra gratificación en el propio acto de moverse. Dinámica que devora el presente y anticipa lo venidero: “Todo lo que hace no sólo es una recompensa en sí mismo, sino que será aún más recompensa con lo que venga a continuación”. Ahora bien, el paseo –cualquier paseo– estará inscrito entre dos hitos temporales irreductibles. Así, por la mañana, al comienzo, predominarán las sensaciones de esperanza y energía, mientras que, conforme avance la tarde, se irán apoderando del paseante las ideas de paz y saciedad. Ideas que alcanzarán su cumplimiento cuando alcance la meta. De hecho, los últimos pasos de la caminata se verán estimulados por la idea de la inminente pernocta, con su consabida cuchipanda, rubricada por el ponche y el tabaco. Así pues, para Stevenson el campo representaría, en última instancia, el reencuentro con una vida que –debido al ajetreo urbano y social– se disipa en aspectos inesenciales: “Tenemos tanta prisa por hacer, por escribir, por acumular posesiones, por hacer audible nuestra voz un instante en el silencio burlón de la eternidad, que olvidamos aquello de lo que estas cosas no son sino partes, a saber: vivir”.

 

 

Ahora bien, las cosas no van a seguir el rumbo propuesto por Stevenson y Thoreau. El paseo irá considerándose cada vez más un ejercicio físico en detrimento del proceso de interiorización. Y ahí comenzarán las derivas. Entre la publicación de Walden –1854– y el breve texto de Stevenson –1876– habrán proliferado distintos clubes de excursionistas constituidos a imagen y semejanza del primero de todos, el Alpine Club de Londres, cuya fundación data de 1857. Lo cierto es que se trata aún de instituciones claramente elitistas. Para ingresar en ellas, aparte pagar una cuota elevada, había que reunir determinados requisitos de orden técnico, ya fuera en el campo de la ciencia o de la escalada, si no en ambos: “Es sabido –reza una comunicación del Alpine Club de 1858– que muchos de los que se han comprometido en esta labor aprovecharán con gusto la oportunidad, al reunirse de vez en cuando, para comunicar información sobre anteriores excursiones y preparar nuevas proezas; y con la esperanza que la asociación contribuya indirectamente al progreso general del conocimiento, dirigiendo la atención de los no profesionales de la ciencia hacia cuestiones a las que puedan contribuir con resultados valiosos”. La historia dice que en el seno del club londinense acabó finalmente imponiéndose la corriente aventurera sobre la científica.

 

Pues bien, bastaba con rebajar un poco los objetivos planteándose, ya no las cumbres alpinas, sino las que cada cual tuviese más cerca, para que el excursionismo se extendiera y –por las mismas– se democratizara. Con la particularidad de que no había por qué descartar mayores ambiciones. Puesto que el propio hecho de salir y familiarizarse con la naturaleza circundante podía servir para adquirir destrezas suficientes como para, llegado el caso y obtenidos los recursos necesarios, plantearse expediciones de mayor envergadura. Por otra parte, no hay que perder de vista que el desarrollo del transporte público –fundamentalmente el ferrocarril y más tarde las líneas de autobuses– podía aumentar paulatinamente el radio de acción de los excursionistas. Para 1875 el Club Alpin Suisse, por ejemplo, contaba con 1.915 miembros. Lo que no tiene excesivo mérito, pues estaban a pie de obra y un poco hartos de que los demás vinieran a enseñorearse de sus montañas. Cabe suponer que no todos los socios se pondrían como objetivo las cumbres más difíciles.

 

La búsqueda del aire libre y de las sensaciones que implica moverse por la naturaleza, así como las que depara conquistar algunas cumbres –por modestas que sean–, aún se vieron estimuladas por otros dos poderosos acicates: el de la búsqueda de las raíces y el descubrimiento de la salud como valor. En el último tercio del siglo XIX el desarrollo de las aspiraciones nacionalistas, que culminaría con el nacimiento de Alemania e Italia como naciones, mediante un proceso de unificación de distintos territorios segmentados administrativamente, acabó inspirando –por paradójico que pueda parecer– movimientos centrífugos en distintas naciones de Europa, que llevaban siglos unificadas territorial y políticamente. Porque algunos puristas se examinaron los rasgos identitarios y concluyeron que no casaban con los de la nación en la que estaban insertos. De modo que se pusieron a buscar, dentro de lo común, la parcela que por naturaleza y desde tiempo inmemorial parecía reunir el cúmulo de virtudes con las que se identificaban, o creían que les identificaba. Así que se obligaron a luchar por la emancipación de un territorio donde se encontraba su sangre desde unos tiempos tan felices como míticos. Míticos en un doble sentido, tanto porque no se compadecían con lo que contaba la historia, como porque –al estar habitados por seres humanos– no pudieron ser ontológicamente perfectos, es decir carentes de conflictos.

 

Armados, pues, ideológicamente con los vapores del romanticismo nacionalista de corte alemán, los nacionalistas de nuevo cuño se dedicaron a buscar y consolidar las esencias patrias. Y, para ello, no dudaron en echarse al campo recorriendo una geografía mitificada en la que sólo veían al buen campesino atado a unas costumbres ancestrales que la sociedad industrial estaba disolviendo a marchas forzadas. No sólo eso, el propio campo estaba desapareciendo bajo unas ciudades que, además de producir humo, mezclaban indiscriminadamente a gentes procedentes de distintos lugares en un intolerable mestizaje o, como mínimo, en una aborrecible promiscuidad. En el País Vasco el proto-nacionalismo de folcloristas como Agustín Chaho o Arturo Campión o de políticos como los euskalerriacos [sic], daría paso al nacionalismo confeso, acabado y proselitista de un Sabino Arana entusiasta visitador de aldeas y caseríos y, en justa correspondencia, furibundo enemigo de la ciudad: “Bilbao, la inmunda villa de Bizcaya (…). Aquí, en este Bilbao de nuestros pecados está el foco de donde irradian todas las pestes que matan a Bizcaya”. Cuando en 1876 nazca en Cataluña la Associació Catalanista d’Excursions Científiques, el artículo primero de sus estatutos no deja lugar a dudas: “La Asociación Catalanista de Excursiones Científicas, con sede en Barcelona, se propone recorrer el territorio catalán para conocer, estudiar y conservar todo lo que ofrezcan de notable la naturaleza, la historia, el arte y la literatura en todas sus manifestaciones, así como las costumbres características y las tradiciones populares del país; propagar estos conocimientos y fomentar las excursiones por nuestra tierra para conseguir que sea debidamente conocida y amada”.

 

Paralelamente al deseo de pasear por el campo, incluso sin pretensiones nacionalistas, se fue instituyendo, como segundo acicate, un todavía modesto culto al cuerpo basado en los ejercicios gimnásticos, las prácticas higiénicas y el consumo de aire libre. El alemán Kneipp redescubría, hacia finales del XIX, la hidroterapia y proponía una medicina preventiva basada en la dieta y el ejercicio. Un ejercicio que encontraba su máxima expresión en los paseos campestres. Las terapias alternativas se irán abriendo paso poco a poco implicando a profesionales pero también a no pocos charlatanes. Lo cierto es que había determinadas enfermedades para las que no se conocía aún más cura que cierta vida sana. Al Sanatorio Internacional Berghof en los Alpes suizos acudirá el joven Hans Castorp para visitar a su primo y acabar curándose él mismo de una tuberculosis que no tenía. La rutina se va en exponerse al aire alpino y –cuando se puede– en realizar paseos fortificantes, todo ello en medio de un trágico vaivén de ingresos y defunciones. Será precisamente durante un paseo por la montaña cuando el lector comprende que Hans Castorp se salvará. Escapando de la muerte blanca de la ventisca, Castorp estaría evitando la muerte blanca de las sábanas y de los asépticos azulejos del sanatorio: “Los copos le golpeaban el rostro y se fundían con un sabor débilmente acuoso; volaban contra sus párpados, que se cerraban convulsivamente; inundaban sus ojos y le cortaban la vista, que por otra parte, no le hubiese servido de nada porque el campo visual estaba velado por una cortina espesa y toda la cegadora blancura paralizaba el sentido de la vista. Cuando se esforzaba por ver, sólo podía mirar el torbellino de la nada blanca”.

 

Si desde Suecia, Alemania y Checoslovaquia soplaban los vientos de la gimnasia, de Inglaterra provendrían los efectos beneficiosos del campo a través. Es decir, de correr por campiñas más o menos aderezadas de obstáculos, en lo que es ya más un deporte que un paseo. A lo largo del último tercio del siglo XIX, en Gran Bretaña se perfeccionan ejercicios y deportes, porque curtirán el alma y cuerpo de los futuros funcionarios del imperio. También surgen otros, como el fútbol –1863–, el baloncesto –1891– y un rugby que se actualiza en 1863. El auge de las diferentes disciplinas deportivas es tal que en 1859 el griego Evangelios Zappas siente la necesidad de organizar unas olimpiadas que no cuajarán hasta 1891, cuando las impulse el barón de Coubertin. Al igual que las modalidades atléticas, la gimnasia, el remo o los deportes de equipo, el ciclismo también conocerá un desarrollo exponencial. Pese a que tenga que evolucionar por lugares más bien agrestes. ¿Por dónde iba a hacerlo si no había carreteras? Cuando la organización del Tour de Francia envía de ojeador a Alphonse Steinés para que explore el puerto del Tourmalet a fin de incluirlo en la edición de 1910, la nieve impide que el coche avance. Steinés coronará los últimos cuatro kilómetros a pie y se presentará al día siguiente en Barèges medio congelado. Desde el pueblo envía el lacónico –y tal vez irresponsable pero seguramente imperecedero– telegrama: “Atravesado Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable”.

 

Con el cambio de siglo el deporte –toda clase de deportes– lanzarán, por consiguiente, sus incitadoras propuestas a una clientela potencial ávida de salud. El gimnasio bilbaíno Zamacois, sin ir más lejos, se anunciaba así el 23 de septiembre de 1880: “Encarecer los beneficios que reporta la gimnasia sobre la naturaleza del hombre sería sumamente prolijo, solo diré que es un preventivo contra toda clase de enfermedades de que adolece el ser humano y que le fortifica vigorosamente: por lo tanto, no dudo que los padres se apresurarán en matricular a sus hijos en este noveno curso a fin de que puedan gozar de una salud y robustez envidiable”. Walter Benjamin recuerda cómo se practicaban la gimnasia y el deporte en sus años infantiles. Lo hace en Infancia en Berlín hacia 1900 (1932) y su observación es harto curiosa: “La pista se encontraba en el campo cerca de Glienicke; ofrecía el mismo aspecto que los gimnasios de Zander [creados por el sueco Gustav Zander, ofrecían sesiones de gimnasia terapéutica]. Evidentemente pertenecía a una época en la que el deporte y el aire libre no eran todavía realidades inseparables en modo alguno. Las diferentes maneras de entrenamiento aún no se habían unificado en un adiestramiento común y corriente. Al contrario, cada una trataba celosamente de distinguirse aislándose de las demás mediante instalaciones propias e indumentaria extravagante. Era además característico de aquellos tiempos pioneros el que las excentricidades marcasen la pauta en el deporte”.

 

La iniciativa individual pero también la asociativa llevarán adelante sus programas de puesta en valor del cuerpo. De hecho, el deporte acabará convirtiéndose en una práctica adoptada incluso por los partidos políticos que se consideran revolucionarios. Habrá, así, una gimnasia y unas prácticas montañeras o de excursionismo promovidas tanto por libertarios y comunistas como por nazis y fascistas. El anarquista español Isaac Puente escribía en 1933 un libro titulado El comunismo libertario, que sería un éxito de ventas –cien mil ejemplares vendidos en tres años–, en el que ensalza las virtudes del naturismo: “El naturismo como régimen, tiende a imponer al hombre el poderío de su voluntad consciente, sobre el bajo fondo animal (instintos, pasiones, sensualismo etcétera) dándoles hábitos de autodepuración y de autodominio; el cultivo de su cuerpo por los agentes naturales: sol, aire, luz, agua, alimentos etcétera; el ejercicio de sus defensas curtiéndolas en el uso moderado; y la regeneración física del individuo (…). El naturismo no es ningún rótulo, ni distintivo para llevar en la solapa; para ser naturista no es suficiente llamárselo ni seguir servilmente sus preceptos como si se tratase de dogmas; el naturismo ha de estar en los hechos, por lo cual puede ser más naturista el que no se lo llama, que el que se jacta de serlo”. Bien es verdad que salir al campo en grupo ocultaba prácticas menos inocentes. Durante las excursiones podían desarrollarse tácticas militares y de tiro, como hicieron en Alemania los camisas rojas y los camisas pardas, y harán en España –durante las fases preparatorias del golpe de estado de 1936– los paramilitares del Requeté y la Falange.

 

En el cuento ‘La gesta de los caballistas’, integrado en la colección A sangre y fuego (1937), Chaves Nogales muestra, en primer lugar, la caza de rojos a la que se entregan los señoritos a caballo por las desiertas llanuras andaluzas comandando sus mesnadas de a pie. A continuación describe la estrambótica cárcel organizada por los franquistas en un antiguo salón de variedades sevillano. Pues bien, la voluntad higienista de los carceleros se manifiesta, si no en el acondicionamiento del lugar –posiblemente costoso–, cuando menos en las prácticas gimnásticas que obligan a realizar a unos prisioneros de paso. De paso o efímeros. Ya que a la mayoría les aguarda el paseo, es decir, la visita al paredón. “Los fascistas –escribe Chaves Nogales–, con esa manía reformadora de las costumbres que ataca a todos los partidarios de las dictaduras, querían imponer a los presos una disciplina aparatosa de origen germánico, a base de duchas, gimnasia sueca y tiesura militar. Pero se aburrían pronto al tropezar con la resistencia pasiva e inteligente de los presos y, a fin de cuentas, les dejaban hacer lo que querían”.

 

Posiblemente el paseo más doloroso que pueda haber existido es el que describe el miembro de la resistencia polaca Jan Karski, infiltrado en el gueto de Varsovia a fin de informar a los aliados –por encargo de dos organizaciones judías– sobre cómo transcurría la vida diaria. Algunos supervivientes ya habían escrito sobre unas calles donde se amontonaban los muertos de inanición –sobre todo niños y viejos–, y a las que acudían los alemanes como a visitar el zoo en alegres safaris fotográficos, mientras algunos guardas practicaban el tiro al blanco sobre esqueletos vivientes. Los ojos de Karski se fijan en todo eso y toman buena nota. Aunque se queda especialmente sobrecogido por el sucedáneo de paseo al que se abandonan algunos habitantes del gueto en una tiñosa zona verde: “Pasamos por el miserable remedo de un parque: un pequeño terreno relativamente limpio, en el que una media docena de árboles casi desnudos de hojas y una parcela de césped, se las habían arreglado, de alguna manera para sobrevivir. Estaba terriblemente atestado de gente. Las madres se apiñaban en los bancos para amamantar a sus consumidos bebés. Los niños, que no tenían hueso que no se les trasluciese a través de la tirante piel, jugaban en bullentes grupos”. Entonces, el miembro de la resistencia judía le comenta dominado por la emoción: “Juegan antes de morir”. Y Karski le responde: “Pero estos niños no juegan, sólo hacen como si jugaran”.

 

 

Circunstancias luctuosas aparte, el paseo por el campo se había convertido según iba avanzando el siglo XX en la aspiración de gentes muy diversas. Y con propósitos a veces espurios, pero la tendencia es ya imparable. El excursionismo entrará a formar parte de la cultura de masas cuando se desvanezcan las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial. Con lo que las derivas alcanzarán un grado crítico. Se puede ir a pasar un día en el campo con los amigos, como cuenta Sánchez Ferlosio en El Jarama (1955) –“Iban aprisa, con ganas de ver el río. Cruzaron la carretera y continuaban por un camino perpendicular”– o se puede pasear solitariamente por el campo, como hace –a ratos–  Cela en Viaje a la Alcarria (1948) desdoblándose en una tercera persona: “Poco más adelante, el viajero se sienta a comer en una vaguada, al pie de un olivar. Bebe después un trago de vino, desdobla su manta y se tumba a dormir la siesta, bajo un árbol. Por la carretera pasa, de vez en cuando, alguna bicicleta o algún coche oficial. A lo lejos, sentado a la sombra de un olivo, un pastor canta. Las ovejas están apiñadas, inmóviles, muertas de calor”. También puede que haya quien practique las artes venatorias, como Miguel Delibes en Diario de un cazador (1955): “Salir al campo a las seis de la mañana en un día de agosto no puede compararse con nada. Huelen los pinos y parece que uno estuviera estrenando el mundo”.

 

O cabe que se tengan ínfulas montañeras. Como las que acometieron a los entusiastas que acudirían a la cumbre del Anboto el 4 de junio de 1944 convocados por el periódico bilbaíno Hierro: “Poco a poco se fue poblando la cumbre hasta no caber más gente, al extremo de que muchos tenían que descender para dejar lugar a nuevos compañeros. Centenares de tarjetas fueron retiradas del buzón”. A menos que, con toda humildad, sólo se busque una fuente donde comer, como solía hacer la Familia Ulises del dibujante Benejam. Aunque los que apuntaban más alto –Hillary y Tensing, por ejemplo– acabarían por hollar el Everest. Ocurrió en 1953: “Cuando alcanzamos la base del escalón –contaría Hillary–, aquello me parecía muy vertical y estábamos un poco cansados en aquel momento; de pronto me di cuenta de que en el lado derecho había una cornisa de hielo, y que entre ella y la roca había una especie de fisura. Decidí intentarlo por allí con los crampones sobre el hielo y las manos en la roca. Lo fui superando así, un poco asustado, pues de romperse la cornisa caería por la vertiente este. Al superar el escalón fue cuando, por primera vez, estuve totalmente seguro de que alcanzaríamos la cima. Aún nos quedaba un largo camino y no podíamos ver todavía la cima. Entonces el material no era muy sofisticado y tuvimos que hacer un gran trabajo tallando escalones. Continuamos poco a poco (35 metros de desnivel a la hora) intentando adivinar dónde estaba la cima; superé una gran banda de nieve y entonces me di cuenta de que la cresta se acababa y al fondo se veía el gran Collado Norte y el Glaciar de Rongbuk en Tíbet. Miré hacia arriba y vi una cornisa estrecha de nieve que ascendía hasta una punta nevada. Unos pocos golpes de piolet en la nieve firme y me encontré en la cumbre”. Lo que sienten en ella lo narra Tensing: “Primero, reímos, pues durante muchos días y noches antes no habíamos tenido de qué reírnos… Después miramos mucho a nuestro alrededor”.

 

Será Alan Sillitoe quien se encargue de dar relevancia literaria a las muy british carreras pedestres a través del campo. Lo hace en La soledad del corredor de fondo (1959). El escritor inglés describirá la que realiza un chaval preso en un reformatorio –el Borstal– contra el director del mismo, ya que, pudiendo ganar una competición que proporcionaría lustre al centro, prefiere perderla a fin de no darle gusto al sistema y permanecer fiel a los suyos. Durante la carrera Colin Smith repasa su vida y se enreda en las condiciones del encierro, para acabar reflexionando sobre si se dejará ganar. Todo ello envuelto en las sensaciones que le procura el entorno y que van encuadradas en un amargo pensamiento sobre el hecho de correr. Porque correr bien no le ha servido de nada, pues le cogieron y está preso: “Correr siempre ha sido muy importante para mi familia, sobre todo para escapar de la policía”. Pero, con todo, disfruta: “Con lo de pensar tanto mientras corro, me estoy convirtiendo en uno de los mejores corredores del reformatorio. Y puedo hacer mi recorrido de seis kilómetros mejor que nadie. En cuanto me digo que soy el primer hombre que ha caído en el mundo, y en cuanto doy un salto tremendo y piso la hierba helada de primera hora de la mañana, cuando ni siquiera los pájaros tienen ganas de cantar, me pongo a pensar, qué es lo que me gusta. Hago el recorrido en sueños, doblando los recodos de un sendero o una pista sin darme cuenta de que los doblo, saltando arroyos sin saber que están allí, y gritándole los buenos días a un ordeñador de vacas madrugador sin verle siquiera. Es estupendo ser corredor de fondo, encontrarse solo en el mundo sin un alma que te ponga de mala leche o te diga lo que tienes que hacer o que hay una tienda que descerrajar en la calle de al lado. A veces pienso que nunca he sido tan libre como durante este par de horas en que troto por el sendero de más allá de la puerta y doblo por el roble aquel de tronco pelado y enorme barriga del final del camino (…). Lo único que sé es que tienes que correr, correr sin saber por qué, por los campos y los bosques. Correr sabiendo que una meta no es el final, aunque haya una multitud vitoreándote. Esa es la soledad del corredor de fondo”.

 

 

Desde que la sociedad de consumo se instala de manera generalizada en el mundo occidental, bienes y servicios se hallan a disposición de un público ávido de devorarlos, ¿no generan bienestar y otorgan estatus? O por lo menos así se lo hacen creer unas técnicas publicitarias muy agresivas. Con la lavadora, la televisión y el automóvil, vendrán las ofertas de viaje. Porque hasta visitar lugares remotos entrará en la cultura de masas. A partir de los años 80, España se permite incluso exportar turistas patrios a destinos lejanos, donde disfrutarán de unos hipotéticos paraísos tropicales encapsulados. Sol y barra libre, o sea, lo mismo que podían disfrutar aquí, pero con jet lag. Por otra parte, se generaliza el viaje organizado, que pondrá alcance de cualquiera la cultura de Grecia, Roma, Egipto o Capadocia. Basta con aplicar el oído al guía y uno se convierte en Estrabón. Si es que es eso lo que de verdad prefiere y no que le zarandeen de aquí para allá. Hasta la contracultura se vuelve consumible. Con sólo adquirir un fetiche todo el mundo puede sentirse hippie.

 

Goa –o la India en general–, Ibiza y San Francisco fueron los nuevos lugares de peregrinaje a la búsqueda del amor o de la iluminación en medio de vapores sicodélicos. Pero será la música la que actúe de sustitutivo para quienes no puedan permitirse romper con su vida o desplazarse a un ashram. Y también para quienes desean vivir lo que viven sus grupos favoritos, sean de la corriente que sean. El vinilo se convierte en el pasaporte hacia una identidad que se complementa con los atuendos adecuados. Por eso no tiene nada de extraño que las discográficas intentaran apurar al máximo el mercado metiendo música hasta en la sopa. El gran salto adelante lo protagonizará Sony cuando descubra, con el walkman, el modo de llevarla adonde llegaba, gracias al transistor, de una manera poco práctica y bastante cutre. Es decir, al aire libre. A partir de 1979 el walkman se convierte en el amigo que susurra al oído del paseante para evitarle interactuar con el entorno. Y con algo aún más molesto, uno mismo.

 

Pues bien, al mismo tiempo que la gente se calzaba la banda sonora para pasear o entregarse a ciertas actividades aledañas, como el trote urbano o footing –convertido en el arte de comprar zapatillas, ropa deportiva, pulsómetros, bebidas energéticas y maratones como el de Nueva York–, surgía la posibilidad de grabarlo todo. Es decir, de conservar para la posteridad, paseos, carreras, excursiones, viajes, bodas y bautizos. Videocámaras y máquinas de fotos perfeccionadas se ponían al servicio del paseante para que pudiera aburrir a propios y extraños con espasmos estroboscópicos y montajes de diapositivas en los que el arte de la elipsis brillaba por su ausencia. Todas las tomas eran la misma, excepto cuando aparecía un corzo invisible –“¡Si está ahí!”–, porque el nuevo paseante se había convertido en cazador de fotos. Es decir, en buscador de lo fotografiable, aquello que el paseante podrá enseñar y que reemplazará a lo que pueda vivir.

 

Así pues, tanto el paseo urbano como el paseo por el campo, se habrán visto profundamente mediatizados en las últimas décadas. No por el hecho de que, quien pasee, quiera retener algún testimonio de su vagabundear –eso ha ocurrido siempre con los carnets de notas y los álbumes de dibujo–, sino porque las tornas se han invertido. Ahora el paseante camina acuciado por recogerlo todo –¡resulta tan fácil apretar un botón!–, de no ser que busque evadirse de cuanto le rodea y de sí mismo enchufándose la cabeza al hilo musical. Ambas alteraciones pueden darse tanto en la ciudad como en el campo y, de un tiempo a esta parte, con sólo un dispositivo, gracias a los teléfonos móviles de nueva generación. Los refinados cachivaches están haciendo que se generalice la fauna del que ya ni siquiera mira. Aceras y caminos están repletos de gente que teclea frenéticamente, aunque sólo sea para poner a sus amistades al corriente de que está andando por un camino o una acera. De no ser que esté matando marcianitos, buscando la culada o la agresión que subirán a Youtube para hacerse los amos del cotarro, o practicando una nueva aplicación, porque ya no se puede interactuar con el medio si no es a través de aplicaciones o apps, que suena más fino.

 

Pero todo se puede malograr aún más. El noble arte de vender periódicos ha descubierto el interés que despierta el ocio, por lo que diarios y revistas ofrecen edenes absolutamente vírgenes como si fueran un secreto para iniciados. El resultado es que el idílico paraje en cuestión se ve invadido por hordas de paseantes que se creían originales. La puesta en valor de un paraje y su subsecuente explotación tiene dos consecuencias impepinables. La primera afecta directamente al enclave, que por cuestiones de seguridad o de conservación –las masas suelen pisotear y erosionar mucho, si no es que se caen–, acabará siendo acotado y provisto de peldaños y barandillas. Lo que limitará su atractivo. La segunda se relaciona con los propios vendedores de encanto. Por lógica, se ven empujados a una incesante búsqueda de nuevos destinos a los que arrastrar a la muchedumbre senderista. De modo que agotan las soledades. Puede que al humilde paseante sólo le queda moverse –¡oh, Dada!– por lugares carentes de atractivo, si es que desea encontrarse con el pasear genuino. Claro que, en una geografía tan humanizada como la europea, los lugares sin atractivo están llenos de alambradas, motos y quads, cortafuegos que no llevan a ninguna parte, pistas de explotación maderera y trochas ampliadas para una ganadería comodona, que a veces puebla los montes de chabolismo. Puede que todo ello resulte necesario, pero el campo acaba convertido en algo laberíntico, sucio y desazonador.

 

 

Si lo que de verdad cuenta es lo que se va generando dentro de uno, habrá que admitir que tampoco el perro favorece mucho. A la hora del paseo, claro. No por lo menos al dueño. Porque, en la ciudad, la rutina del paseo la dicta el animal. Cuando sacar el perro se convierte en una obligación higiénica a plazo fijo no parece que quede mucho margen para deleitarse. Eso sin tener en cuenta las genuflexiones a las que tendrá que plegarse por imperativo canino intestinal, si es que se trata de un dueño cívico. El supuesto paseante camina tironeado por un perro que quiere husmearlo todo y al que finalmente, de puro hartazgo, se le quita el dogal –incumpliendo las normativas municipales– para que retoce en los parterres –ídem–, ladre a determinados paseantes –“No hace nada”– o se enzarce con otros de su misma especie pero de tamaño variable. Ocasión esta que puede acabar implicando al paseante en urgentes y arriesgadas tareas de socorro. Bien es cierto que, cuando todo va de perillas, la confraternización del perro con sus congéneres suele contagiarse al dueño, que buscará hacer lo propio con los suyos. Y esto es, sin duda, lo más peligroso. Para el paseo. Ya que los orgullosos propietarios de los cánidos se limitan a repartir carantoñas entre unos elementos de los que lo saben todo, pero que nunca dejan de sorprender –en eso debe radicar su encanto–, de ahí que rara vez la tertulia decaiga, ¡son tan graciosos olisqueándose, lamiéndose y retándose! Los perros juntan a sus amos para que hablen de ellos. En los corros rara vez se hablará de filosofía (ni siquiera cínica). O de libélulas.

 

Cuando los dueños de los perros son más incívicos, es decir, cuando no se limitan a soltarlos y a que invadan espacios vedados, quien lo paga es el paseante común, que ha de moverse con más ojos que los cien que tenía Argos para no pisar –o no manosear, ¿qué puede hacer un niño en un yerbín?– lo que el desalmado propietario de la mascota no recogió. Los 200.000 caballos que había en Nueva York a finales del siglo XIX dejaban diariamente en la calle muchas toneladas de boñigas. Se ha calculado  que entre 2.500 y 3.000. Es cierto que, en comparación, lo que dejan parece una minucia. Unas 250 toneladas producidas por el millón de perros censados. La verdadera diferencia estriba en que los servicios municipales llegan hoy a donde no alcanza el civismo, con lo que la ciudad no apesta como en la era de los caballos. Pero eso no significa que el problema esté resuelto. Porque la dialéctica entre el que deja y el que recoge no suele estar acompasada, con lo que puede quedar mucho donde resbalarse. Amén de que quien no censa el perro raramente retirará del asfalto sus improntas. Todo eso sin mencionar los demás fluidos, ¿será sano respirar orines de perro? ¿Y su caspa? ¿Se ha molestado alguien en cuantificar monetariamente la corrosión que causan las meadas en el mobiliario urbano?

 

Desde luego, el binomio hombre-perro en la calle pasa por un signo de progreso. ¿Qué país en vías de desarrollo podría permitirse gastar fortunas en mantener, acicalar, vestir y curar a una población inverosímil de cánidos aunque sea como antídoto de la soledad? De los lugares más opulentos del universo llegan, para admiración de papanatas, extravagancias como ofertas de suites caninas de lujo, tratamientos cinco estrellas en spas, ropajes de firma, la comida gourmet, etcétera. Sólo es cuestión de tiempo –o tal vez de dinero– que la epidemia se propague por todo el universo conocido acelerando la insostenibilidad. A nada que se busque en internet seguro que se encuentra alguna agencia de viajes especializada en perros que les ofrezca auténticos paraísos donde rascarse.

 

Pero no sólo el amor por las mascotas puede estar socavando el paseo. Existen otras amenazas. Es cierto que falta mucho para que pasear pueda considerarse sospechoso, como ocurre en algunas ciudades norteamericanas como Los Ángeles y ocasionalmente en alguna por la que se mueva Bob Dylan. Pero están desapareciendo los centros de las ciudades como espacios de convivencia. Espacios donde el paseo solía ser la actividad que permitía ver y ser visto. El tontódromo –la calle de las ciudades por donde se buscaban los jóvenes entre 1930 y 1970 recorriéndola de arriba abajo– está cediendo el paso al centro comercial, donde puede que se mire pero se camina bastante menos. No es para dejar de lado asimismo la disputa que se está produciendo por un espacio peatonal al que también aspiran patines, monopatines, bicicletas –nunca habrá carriles para ir a donde se le antoja al ciclista de turno– y demás inventos móviles o semovientes. El paseante ha de desplazarse con ojos en la nuca para evitar percances. Pero una visión de 360 grados no añade precisamente encanto a la cosa. Y no parece que la situación pueda mejorar calzándose las lentillas susceptibles de suprimir la visión de los sin techo o de otras realidades no deseables, como prevé el futurólogo Ayesha Khanna. Desde luego las gafas de Google ya están haciendo bastante para poblar calles y praderas de Comecocos.

 

Todo ello sin contar con los inconvenientes que representa ser mujer. Es innegable que las ciudades resultan peligrosas para las que desean pasear solas. Y no hace falta precisamente irse a la India, donde cada veinte minutos se produce una violación. Al oscurecer puede no resultar seguro ni regresar de un paseo para reintegrarse al domicilio. Porque lo peor puede estar acechando en el propio umbral de casa. Los puntos negros suelen llamarse lugares solitarios, calles poco frecuentadas y callejones retuertos. Y eso no ocurre en ciudades peligrosas de por sí –como Chihuahua–, ni en zonas urbanas caracterizadas por su peligrosidad objetiva –determinados barrios de Los Ángeles o Madrid–, sino en lugares más bien anodinos de ciudades absolutamente tranquilas que, por efecto de las circunstancias –la hora, el vacío–, pueden convertirse en trampas incluso mortales. El miedo se halla tan interiorizado que se transporta al campo. Pocas son las mujeres que van al monte solas. Resulta amargo admitir que, cuando la mujer ha logrado conquistar las calles, sea para convertirse en presa de los depredadores sexuales.

 

En el primer tomo de su autobiografía –Dentro de mí (1994)–, Doris Lessing describe perfectamente la situación: “Las calles que recorrí caminando [en Salisbury, Rhodesia, ahora Zimbabue], noche tras noche durante semanas, meses, sin pensar jamás que podría haber peligro. Ahora sería imposible para una joven, blanca o negra, caminar por ahí sin preocupaciones. En estos tiempos esas son calles peligrosas por la noche. Ahora todas las casas están cerradas con cerrojo y doble-cerrojo y cuidadas por perros, todas las ventanas tienen barrotes, las galerías hechas jaulas. Dentro de estas pequeñas fortalezas las familias blancas y negras miran la televisión, los mismos programas en cada casa. Los autos estacionados en la calle están cerrados y encadenados. En los viejos tiempos nada estaba cerrado, ni autos ni casas. Se podía ver a una joven blanca dando vueltas por ahí hasta pasada la media noche. En Londres la última vez que estuve, solía caminar varias millas sola por la noche y nunca se me ocurrió tener miedo. No creo que lo que pasó en nuestras ciudades –y en el campo también– tenga mucho que ver con la estructura racial o política de los gobiernos”.

 

 

Una vez expuestos los peligros a los que se enfrenta el paseo, cabría preguntarse si el remedio pasaría por la búsqueda de autenticidad. Es decir, por desprenderse de adminículos que distraen y huir a lugares lo más salvajes posible. Puede que sí, pero todo tiene un límite. Valgan algunos ejemplos extremos pero representativos. Al joven norteamericano Christopher Johnson MacCandless se le debió de atragantar la lectura de Thoreau, pues quiso repetir su experiencia de aislamiento del mundo para mejor buscarse a sí mismo. Aunque la llevó a cabo en unas condiciones más que lamentables. Con dos latas de atún, un puñado de maíz, algo de ropa de abrigo, un saco de dormir y su rifle Winchester emprendió un vagabundeo por las tierras de Alaska en abril de 1992. Falto de pertrechos y desprovisto de conocimientos de supervivencia, tuvo la suerte de encontrar un autobús abandonado en medio de la nada. Estaba allí desde que acabaron de construir caminos, y representó la salvación para MacCandless. Cuando abandonó el bus para volver a la civilización, no pudo vadear el río que había cruzado en abril –bajaba muy alto–, por lo que hubo de regresar al autobús donde malvivió hasta septiembre. Su cuerpo fue encontrado el día seis de dicho mes dentro de un saco de dormir. Pesaba treinta kilos. En la puerta del autocar aún colgaba su cartel de petición de auxilio: “S.O.S., necesito ayuda. Estoy herido, cerca de morir, y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless. Agosto”.

 

El enfrentamiento de MacCandless consigo mismo había durado 113 días. Dejó un diario escrito en la contraportada de un libro sobre plantas comestibles que resulta bastante críptico a fuer de telegráfico: “Día 2: Día helado. Día 4: Día El Autobús Mágico. Día 9: Debilidad. Día 10: Nevada. Día 13: Día del Puerco Espín… Día 14: Miseria. Día 31: Salgo del autobús. Aves Grises. Ave de ceniza. Ardilla. ¡Pato Gastronomía! Día 43: ¡ALCE! Día 48: Ya hay gusanos. El Humo parece ineficaz. No sé, parece un desastre. Ahora deseo no haber disparado nunca al alce. Una de las mayores tragedias de mi vida. Día 68: Beaver Dam. Desastre. Día 69: Llovió, el río parece imposible. Solo, asustado. Día 74: Loco terminal. Más rápido. Día 78: Encuentro con el lobo. Comí semillas de patata y muchas bayas. Día 94: Pájaro Carpintero. Niebla. Extremadamente débil. Culpa de la semilla de patata. Cantidad de problemas sólo para ponerme de pie. Muriendo de hambre. Gran peligro. Día 100: La muerte se cierne como una amenaza seria, demasiado débil para salir, estoy literalmente atrapado en el medio silvestre. No es un juego. Días 101-103: [No hay entradas escritas, sólo aparecen numerados los días]. Día 104: ¡Encuentro con el oso! Día 105: Cinco ardillas. Caribú. Día 107: Hermosas bayas. Días108-113: [Estos días están marcados sólo con barras]”. Un simple mapa hubiera podido ayudarle a salir del paso. Los lugareños dijeron que era de tontos haberse muerto de hambre en pleno verano y a veinte millas de una carretera. Tras conocerse la peripecia y muerte de MacCandless, el autobús fue bautizado con el nombre de Autobús Mágico y se ha convertido en objeto de culto y lugar de peregrinación para muchos entusiastas de lo auténtico.

 

Con mucho más conocimiento de causa y mejor preparación salió a la naturaleza para encontrarse a sí mismo Michael Randall Hickman alias Caballo blanco. Hickmann descubrió que lo suyo era correr largas distancias por el monte, más por afán de superarse que por competir. Aunque sería en una prueba deportiva donde encontró el espejo en que mirarse. Porque, contra todo pronóstico –por su edad y equipamiento–, la ganó quien luego sabría que era un indio de la tribu de los tarahumara. Ni corto ni perezoso, Caballo blanco se trasladó a las Barrancas del Cobre para vivir con ellos y allí aprendió sus técnicas y su forma de pertrecharse –corrían con unas sandalias que le curarían a Hickman de la lesión crónica que padecía en un pie– y alimentarse: “Todo mi enfoque hacia el hecho de correr ha cambiado desde que estoy aquí”. El escritor norteamericano Christopher McDougall recogió todo eso en un libro convertido muy pronto en un éxito de ventas, Nacidos para correr (Born to run, 2012), en el que asegura que correr es consustancial humano y concluye: “No dejamos de correr por hacernos viejos sino que nos hacemos viejos por dejar de correr”. Caballo blanco o, como también se le conocía, Micah True, acabaría creando en 2003 una carrera de 80 kilómetros por tierras tarahumaras, la Cooper Canyon Ultra Maratón, con la que quería transmitir su sentimiento profundo de que correr une a los seres humanos sacando lo mejor de ellos mismos: “Mientras algunos están en guerra en muchas partes del norte de México y del mundo, nosotros nos reunimos en lo más profundo del cañón para compartir con los nativos, comer, reír, bailar, correr y traer la paz”. Micah True moriría corriendo después de haber vivido de igual manera. Encontraron su cuerpo con los pies metidos en un riachuelo y con una botella de agua a su lado. Había salido a correr –poco para él, unos 20 kilómetros– por el desierto de Sonora y no volvió. Pero ya había dejado escrito su testamento: “Si se me va a recordar por algo, me gustaría que fuera por mi autenticidad. No más. ¡Libre para correr!”.

 

El tercer ejemplo no está relacionado con la autenticidad sino con la obstinación. O la inconsciencia. A la gente le gusta cada vez más salir a pasear por el campo confiando sólo, como el pobre MacCandless, en sus propias fuerzas. Intentan acometer su desafío a la naturaleza echando mano de una voluntad que creen férrea y que se sobrepondrá a un mal equipamiento, a una forma física no adecuada y a las condiciones climatológicas adversas. No es raro que, al mismo tiempo, confíen en el teléfono móvil, convencidos de que si las tornas se ponen de verdad feas, ya vendrán a rescatarles. Cosa que a veces no ocurre por falta de cobertura u otros imponderables. Lo cierto es que el número de accidentes de montaña no deja de crecer. Hay muchos paseos que parecían agradables y accesibles y terminan en tragedia. Lo mismo ocurre cuando los aventureros de pacotilla se internan en lugares peligrosos no por lo accidentado del terreno, lo extremo del clima o la ferocidad de los miasmas y de las fieras –que también–, sino por la simple geografía humana. Pese a que las embajadas recomiendan no visitar determinadas zonas del planeta, no son pocos los que se burlan de la advertencia y, en la convicción de que a ellos no les puede pasar nada, acaban raptados o muertos. A menos que causen la muerte de los demás, como hizo el españolito de la bici que se empeñó en proseguir viaje por una tierra desaconsejable –era su viaje, y tenía sus patrocinadores–, lo que les costaría la vida a sus escoltas. ¿Y qué decir de aquel tipo que se consideraba amigo de los osos –o un oso más, en su obcecación– y que acabó devorado por ellos junto con su novia al cabo de trece visitas a su territorio? Se llamaba Timothy Treadwell y su conversión en auténtica carne de oso se produjo en 2003.

 

La búsqueda de lo extremo y de lo insólito siega la vida de muchos infelices. Hay quien se lanza a subir al Montblanc en zapatillas –sic, testigos los guías de Chamonix– y quien se juega la vida por pisar el techo del mundo. Para esto ya no hacen falta profundos conocimientos alpinísticos ni una forma física fuera de toda duda, basta con tener buena cartera y algo de preparación. Las llamadas expediciones comerciales colocan a sus clientes en la cima del Everest cueste lo que cueste y aun a riesgo de colapsar la montaña. La marcha se ralentiza y no faltan los embotellamientos, con el correspondiente riesgo físico, debido a que se aumenta la permanencia en la zona de la muerte. Una permanencia que se puede saldar con embolias, ceguera y congelaciones, si no con algo peor. La canadiense de 33 años y origen nepalí Shriya Shah –miembro de una de las varias expediciones comerciales que ese día abarrotaban el Everest– se obstinó en seguir adelante pese a encontrarse completamente agotada y estar fuera de hora debido a los atascos. La prudencia aconseja pisar cumbre como muy tarde a las 11 y Shriya y otros muchos seguían subiendo a las 14,30. La insensata alpinista murió de agotamiento al descender. Ni siquiera contaba con oxígeno, las botellas se le habían acabado. Cuando el guía le pidió a Shiriya que no se exigiera tanto, que podrían volver el año próximo, ella le respondió: “Realmente quiero ir. Realmente quiero alcanzar la cima. Gasté mucho dinero en venir. Es mi sueño”. Ese mismo día murieron, con su sueño, otros cuatro clientes de los tour operadores del Himalaya. Claro que en 1996 murieron quince.

 

Sin llegar a lo trágico, lo bufo también compromete el paseo. Si Aymeric Picaud levantara la cabeza se quedaría sorprendido por el reverdecer de la peregrinación a la tumba del apóstol Santiago. En las mejores épocas del año, el Camino se halla completamente saturado. Hay quienes se involucran en él por razones de piedad o personales, pero muchos lo toman como un reto deportivo. Y no pocos como una aventura en la que –todo hay que decirlo– los individuos más peligrosos con los que el peregrino tendrá que toparse son los pelmas. Y las peores alimañas que le saldrán al paso son las chinches y garrapatas. Lo cierto es que muchos disfrutan peregrinando y que acogen también con júbilo los paseos a los que se entregan, una vez cumplida la etapa, en las ciudades y pueblos que jalonan la ruta jacobea. Ahora bien, resulta grotesco que se quiera defender la caminata con argumentos esotéricos. Uno de los que más daño han causado en este sentido es el brasileño Paulo Coelho, que afrontó el Camino como una ordalía o, mejor dicho, como un videojuego en el que hay espadas que ganar, demonios que batir y ángeles y magos con quien aliarse. Daría risa de no ser porque son miles los que se han dejado engatusar por sus elucubraciones mágico-místicas con tintes de progresía.

 

El mentor y lazarillo de Coelho, tal como cuenta el propio escritor y peregrino, le atiborra con graves lecciones tan huecas como altisonantes según van transitando: “El camino que estás haciendo es el camino del Poder, y sólo se te enseñarán los ejercicios de Poder. El viaje, que antes era una tortura porque tú sólo querías llegar, ahora comienza a transformarse en placer, el placer de la búsqueda y la aventura. Con esto estás alimentando algo muy importante: tus sueños. El hombre no puede nunca dejar de soñar. El sueño es el alimento del alma, como la comida es el alimento del cuerpo. Muchas veces, en nuestra existencia, vemos rotos nuestros sueños Y frustrados nuestros deseos, pero es preciso continuar soñando, si no nuestra alma muere y Ágape no penetra en ella”. Cuando el iniciado llegue a la tumba del Apóstol se habrá hecho digno de la espada y, con tanta fuerza, que comenzará a llover en unas tierras que llevaban meses de sequía. Bonita lección que deberían, como mínimo, aprender los meteorólogos si no los políticos previsores. ¿Tanto costaría traer a Coelho en épocas de estiaje o, en su defecto, recorrer unos cuantos kilómetros jacobeos con el mentor adecuado?

 

 

En resumidas cuentas, nunca se habrá paseado más. El siglo XXI ofrece a los paseantes distintas variedades de naturaleza y pone al alcance de cualquiera los más apetitosos espacios urbanos. Infinitas, pues, son las posibilidades de moverse. Sobre todo por la ciudad. Pero son tantas las pejigueras adherentes al asunto –excrementos, patines y skates, perros sueltos o con correas demasiado largas, auriculares, ipods, ipads, masificación, encuestadores, videovigilancia, pordioseros, repartidores de folletos, estatuas humanas, prostitución callejera, cazatendencias–, más las forzadas búsquedas de exotismo o de autenticidad, mono de adrenalina, subrogación del yo, que resulta difícil alcanzar el sosiego tanto interior como externo necesarios para el buen paseo. Porque también están los pórticos a cielo abierto previstos para él. En efecto, cada ciudad se ha fabricado bien en su interior o cercanías sus circuitos cardiosaludables. Porque se trata de eso, de estar en buena forma. Incluso los lugares del paseo más tradicional anteponen la salud al ver y dejarse ver, de ahí que lo más habitual sea que estén invadidos por grupos de jubilados de uno u otro sexo afanándose por mejorar sus niveles de colesterol mientras conversan. El solitario no suele estar bien visto y menos si no va absorto en algún artefacto, sino simplemente cavilando, pues los itinerarios repetidos no suelen caracterizarse por el factor sorpresa. En Los anillos de Saturno (1995), Sebald cuenta cómo provocará un rechazo instintivo en la muchacha de la tienda de Middleton donde entra para comprar una botella de agua, y explica su reacción del siguiente modo: “Al fin y al cabo, todos los que viajan a pie, también hoy en día, sí, incluso hoy día sobre todo, si no corresponden a la imagen del senderista aficionado, enseguida atraen hacia sí las sospechas del residente del lugar”.

 

Haniff Kureishi en El Buda de los suburbios (1990) menciona algunos lugares del Londres de los 70 muy poco recomendables (o según). El protagonista –Karim, un inglés de padre pakistaní– antes de encontrarle la gracia al asunto de la nocturnidad siente algún rechazo: “Por la noche, la ciudad me intimidaba, con todos sus borrachos, vagabundos, gente tirada, y camellos gritando y buscando pelea. Las furgonetas de la policía patrullaban por las calles y, de vez en cuando, los representantes de la ley tomaban las aceras al abordaje para agarrar por los pelos a esos chavales e incrustarles las cabezas contra la pared. Los que estaban colocados meaban en los portales”. Eduardo Mendoza, en un relato contemporáneo al de Kureishi –Sin noticias de Gurb (1991)– describe una plazoleta de la Barcelona pre-olímpica a través de unos ojos todavía más exóticos, los de un extraterrestre: “Llego a una plaza formada por el derribo de varias manzanas. En el centro se yergue una palmera tiesa y peluda como un mal bicho. Numerosos ancianitos desecándose al sol, a la espera de que sus familiares vengan a buscarlos. Los pobres no saben que muchos de ellos nunca serán recogidos, pues sus familiares han partido de crucero a los fiordos noruegos. En algunos bancos todavía pueden verse los ancianitos abandonados el verano pasado, en avanzado estado de momificación, y los ancianitos abandonados hace quince días, en una acomodación al medio menos golosa”.

 

Por lo que se refiere a los paseos campestres, Tom Sharpe dejó escritas unas líneas desternillantes sobre lo que puede dar de sí una excursión a dos. Lo hizo en Una dama en apuros (1982). En efecto, cuando Glodstone –el instructor– y su alumno Peregrine se echen al monte sobre-pertrechados, el campo se convertirá en un auténtico infierno para el inductor de la aventura. Por más que constituya la mayor de las delicias para el inducido. De entrada, Glodstone apenas puede seguir al muchacho, que –pese a ignorarlo todo sobre brújulas, mapas y supervivencia– parece endiabladamente preparado para cuantas bromas les quiera gastar la naturaleza: “Bobadas. Tenemos que estar un tiempo en el campo y hemos de tenerlo en cuenta –dijo Glodstone e inmediatamente lo lamentó. Su mochila pesaba increíblemente y sólo apoyándola en un bidón de aceite oxidado pudo echársela a la espalda. Apenas podía caminar. Impulsado por el peso, se vio lanzado involuntariamente hacia adelante; avanzó tambaleándose, agobiado por la carga y por la idea de que no podía ser el primero en renunciar. Al cabo de media hora ya había cambiado de idea; se había parado ya dos veces, aparentemente para comprobar la dirección de la brújula y consultar el mapa”. Luego, estará a punto de morir varias veces: ahogado, aplastado, tiroteado, intoxicado, molido.

 

Claro que, el ir solo tampoco le vale de mucho al Premio Nobel Michael Beard, protagonista de la novela de Ian MacEwan Solar (2011). Cuando suba a una motonieve para agregarse al simposio internacional y pluridisciplinar sobre el cambio climático que debe celebrarse en las inmediaciones del Polo Norte, querría no haberse embarcado jamás en semejante aventura. Sobre todo después de haberse parado a orinar una vez ha dejado que se aleje el guía: “Consumada la micción, descubrió que el pene se le había pegado a la cremallera del traje de motonieve (…). Mientras el viento polar rugía contra la pared y rebotaba contra su figura aterida, vio con horror, cómo el pene se le encogía aún más y se le enroscaba más fuerte contra la cremallera. Y no sólo se estaba encogiendo ante sus ojos sino que se estaba volviendo blanco. No el blanco de una página en blanco, sino del color de la plata brillante de un adorno navideño”. Las cosas no mejorarán cuando, en un alto del seminario, el grupo decida pasear. La aparición de un oso en el horizonte de la caminata hace que todos pongan pies en polvorosa. Todos menos un rezagado Beard que, nervioso, no atina a poner en marcha la moto. Horrorizado siente que le propinan un zarpazo, pero no pertenece al mortífero animal, como teme, sino al guía que le aparta para arrancar el vehículo: “En el relato que haría durante el resto de su vida, y que se convirtió en el auténtico recuerdo, había un oso polar con las fauces abiertas a veinte metros de distancia, corriendo hacia él cuando arrancó la motonieve, no porque fuera un embustero, o no sólo porque lo fuese, sino porque instintivamente sabía que estaba mal deslucir un buen episodio”.

 

Se acabó el paseo. Los paseos. Atrás, muy atrás, quedan las huellas que dejó Sócrates en la vieja Atenas. También las impertinencias de algunos paseantes romanos llamados Juvenal, Catulo u Horacio. Así como, pero ya un poco más cerca, los titubeos medievales rotos francamente por un Petrarca que, de haber sido un poco santo, se habría convertido en el patrón de los excursionistas. Lo que no quita para que haya que rendirse a la ingenuidad de aquellos franceses que, o bien recogieron los gritos publicitarios de distintos proveedores y artesanos, o bien versificaron el callejero parisino. No son tampoco para olvidar los paseos por el nuevo mundo de unos conquistadores que se concedieron algún tiempo para la holganza. Ni la búsqueda de la palabra castellana que denominara aquello que los pies venían haciendo un poco al buen tuntún. Luego, las cosas se precipitan y abullonan tras haberse apicarado. Vendrán enseguida las luces y, mientras Denis Diderot tras haber paseado mucho –sus biógrafos cuentan que declamaba tiradas dramáticas durante sus paseos– acuña una forma de hacerlo casi irrepetible, cierto amigo suyo –hasta que dejó de querer serlo–, Jean-Jacques Rousseau, hablaría de las posibilidades de huir de la sociedad a través del paseo (sin conseguirlo).

 

El resto, es historia. Pero tan densa, que no son pocos los paseantes que se han quedado por el camino. Como por ejemplo el Max Estrella de Valle-Inclán, cuya deambulación nocturna recogerá Luis Martín-Santos para hacer que la repita aproximadamente, y como homenaje implícito, el Pedro de Tiempo de silencio (1962). Cómo olvidar los múltiples paseos, ora urbanos ora campestres, a los que somete Luis Landero a sus personajes, sobre todo en Absolución (2012). La ópera prima de Jesús Carrasco, Intemperie (2013), ofrece una extraordinaria huida a pie cansino por una España crepuscular y tóxica. El cineasta alemán Werner Herzog relata en Del caminar sobre el hielo (1974) –“Descendí por el bosque solitario, con piñas derrumbadas cortando todo el camino y agua goteando de los gajos. De repente, abajo, en la frontera de las nubes, un descampado, un valle”– la ordalía a la que se somete caminando entre Múnich y París convencido de que si lo logra, se salvará su amiga que estaba gravemente enferma, y así ocurre. Chejov, Pla, Chesterton, Pérez de Ayala o Celan también figuran en la nómina de paseantes, como el propio Marcel Proust, que, más allá de dilemas, inocula enjundiosas y variadas deambulaciones en su ópera magna. El problema no es que se hayan podido quedar fuera muchos paseos –hay tantos y tantos–, sino que se pueda haber omitido alguno que resulte paradigmático. Pero alea jacta est. Puesto ya el pie en el estribo, no estaría de más recordar que salir de paseo consiste en mantener el equilibrio –siempre frágil– entre lo de fuera y lo de dentro. Pasear –de verdad, a pecho descubierto– se encuentra, pues, a caballo entre la homeostasis –el arte de ajustarse a las modificaciones del entorno– y la necesidad de caerse de sí, como lo ha ido mostrando el camino hasta aquí recorrido. Empeño difícil y, por eso, atractivo. A menos que sea sabio. Una cosa está clara, escogiera Proust el lado que escogiese, acabó llegando a sí mismo.

 

 

 

Este texto pertenece al libro El dilema de Proust o el paseo de los sabios. (Un ensayo sobre el paseo en la historia y la literatura universal), que acaba de publicar la editorial Berenice.

 

 

Javier Mina (Pamplona, 1950) es escritor y pintor. Licenciado en Literatura Comparada por la Sorbona, obtuvo el Premio de Ensayo Miguel Espinosa en 2004 por El ojo del cíclope y ha sido finalista del Premio Espasa de Ensayo 2006 por Vidas paralelas. En fronterad ha publicado Los relatos metafóricos y Un festín de festines

Autor: Javier Mina