El discurso de despedida de Don Martos

0
264

Mi amigo el historiador me mandó esta misma mañana un email instándome a que no colgara en mi blog ninguna entrega más de los papeles de Gulliver, ya que, según me decía, estaba pensando hacer, con todo ese material, una edición crítica con prólogo y notas y publicarlo luego en alguna prestigiosa editorial universitaria. Yo le llamé de inmediato muy enfadado porque, la verdad, ya me había hecho a la idea de no escribir un solo renglón hasta por lo menos el mes de mayo y este nuevo capricho suyo me forzaba a juntar setecientas palabras como mínimo en plenas vacaciones de Semana Santa. Afortunadamente, tras muchos tiras y aflojas y alguna que otra recriminación, mi amigo ha consentido a que cuelgue la curiosa oración de despedida de Don Martos, no sé si ablandado por mis quejas o porque en el fondo piensa que la tal oración es lo menos verídico de todo el mamotreto de papeles y legajos que en su día estuvo guardado en los archivos de la catedral de Nottingham. Sea como fuere, a mi me libra una semana más de sentarme en el duro banco de la escritura y a los que lo leyeren quizá les sirva para entretenerse con el insipiente magisterio de Don Martos.

 

Oración de despedida de Don Martos pronunciada en el Paraninfo de Kuinsburra KK el 20 de mayo de Mil Setecientos y Veintidós

 

Habiéndose juntado en el paraninfo de Kuinsburra el cónclave de Diáconos, el claustro mayor y una muy selecta dotación de dómines con motivo del acto de despedida que se le dispensó al ilustrísimo Señor Don Martos, presidente fundador de la Academia, hizo uso de la palabra, en primer lugar, la Magnífica Silla del Departamento de Elocuencia Vacua, la Señora Doctora Sosophine Flatterfly, quien, en nombre de los allí presentes (así como de los muchos ausentes), se expresó en los siguientes términos:

 

Quiero en este acto de despedida elevar mi humilde voz para simplemente decir, en nombre de todos los aquí congregados, gracias y otra vez gracias, presidente, por todo lo mucho que a lo largo de estos dos fructíferos lustros habéis hecho por la Academia (aplausos). Nuestra deuda hacia vos, oh caro fundador, es impagable. Habéis sido nuestro padre y también, llegada la ocasión, el hermano pequeñín y saleroso al que todos adorábamos (sonrisas complacientes). Habéis sido el guía que nos sacó poco a poco del tiránico reino del conocimiento para reconducirnos -sin prisa, pero sin pausa- hacia la más civilizada barbarie (nuevos aplausos). Lo habéis sido todo y todo nos lo disteis. Nos disteis cátedras sin merecerlas, elogios desmesurados, olvidables discursos para cualquier ocasión. Fuisteis elocuente en todo sin saber palotada de nada. Fuisteis justiciero con los hombres buenos y caritativo con las malas mujeres. Fuisteis severo con todo aquel que se afanaba vanamente en alcanzar la excelencia y benevolente con quien, como nosotros, aspiraba única y exclusivamente a la dorada mediocridad de la existencia. Mucho os debemos los aquí presentes, pero aún más os deben los miles y miles de educandos que cada semestre entran por las puertas de esta Academia, porque en ella, a poco que se apliquen, aprenderán a trampear, a disimular, a dar coba, a secretear, a poner la zancadilla, a malsinar y a apartarse de cualquier mala compañía que piense por libre y no siga los principios de tu doctrina: esa doctrina, oh caro presidente, que forma ya segunda naturaleza en casi todos nosotros, humildes servidores de Kuinsburra, y que ahora os proponéis implantar en la tierra de los Bovos. Que vuestra misión allí, como lo ha sido aquí, se vea coronada por el mayor éxito y que en muy poco tiempo esa escuela en Terrabova, que ahora vais allí para fundar y fundir, alcance las mismas simas de saber académico que la nuestra. Y así, desde este púlpito, digo y proclamo que vuestra marcha de Kuinsburra, aunque os ausentéis, no supone tal, pues permanece muy presente vuestro espíritu, que no es sino el espíritu de vuestro magisterio sin igual. Gracias, presidente, y mil veces gracias.

 

Tras la intervención de la Doctora Flatterfly, que provocó más de un minuto largo de tumultuosos aplausos, subió al estrado el Señor Don Martos, quien muy emocionado mandó callar a los presentes con un gesto de su manita regordeta y, hecho el silencio, empezó a hablar de esta manera:

 

Tengo los ojos humedecidos por la emoción y ahora mismo me recorre por el espinazo un dichoso escalofrío… (breve pausa). Les agradezco a todos su presencia aquí esta tarde y a la Doctora Flatterfly, en particular, por sus lisonjeras y excesivas palabras hacia mi persona. Nada de lo que yo haya podido hacer se habría hecho sin la entusiasta colaboración de todos ustedes. Me voy con pena, sí, pero me voy también con esa tranquilidad de ánimo que nos deja el deber cumplido. No sé si en rigor se me puede llamar fundador, porque Kuinsburra ya estaba fundida y bien fundida cuando yo llegué aquí, pero la Academia que me encontré, si se me permite decirlo, no contribuía en nada a la felicidad de sus educandos, ni a su futuro, ni menos aun les preparaba para enfrentarse a los muchos retos que depara la vida moderna. Instalados en esa perversa tradición elitista que gobierna todavía el mundo académico, muchos de nuestros mejores dómines en Kuinsburra perdían su tiempo y su energía en la búsqueda vana de la verdad, como si la verdad fuera un lindo pajarillo al que hubiera que cazar para meter en una jaula. Recuerdo todavía aquel memorable día cuando, en este mismo paraninfo en que ahora nos encontramos, dije en mi discurso de investidura que la única verdad que yo conozco es la fruición que se siente al comerse un pollo frito. Casi nadie me entendió entonces. Hubo incluso algunos que pensaron que estaba loco y mandaron misivas al rector de Aprendizajes Unidos de Nueva Yorika (AUNY), el excelentísimo Dr. Menuto Despistein, pidiéndole mi inmediata destitución. El rector, buen amigo mío, sin hacer ningún caso, a los pocos días me envió tres gallinas, dos capones y un gallo para que se los cuidara en el corral de mi casa, con una nota en la cual me decía que no dudara en usar el cuchillo si ese u otro gallito alborotaba el gallinero. El críptico mensaje del rector no cayó en saco roto, pero el cuchillo, Dios me libre, no lo he utilizado nunca. Yo no soy matarife ni menos aun capador de pollos, sino un modesto maestrillo que solo quiere aliviar con una propedéutica adecuada el sufrimiento de nuestros educandos. Pues no nos engañemos. Los educandos aquí, allá, y hasta en el más allá, sufren cuando no ven cumplida satisfactoriamente sus aspiración máxima, como es el arrejuntarse con hembra o con mancebo placentero. Lo dijera esto Aristóteles o lo dijera otro sabio despistado, no creo que nadie, ni siquiera ese filósofo que ahora está tan de moda, el Señor John Locko, podría negar tan contundente verdad. Los jóvenes y menos jóvenes se desviven por arrejuntarse y nada más que por arrejuntarse se desviven, siendo todo lo demás un puro marear de la perdiz hasta la satisfacción plena -o semiplena- de esa imperiosa necesidad. Vistas así las cosas, que es como hay que verlas y no de otra manera, no podemos venir con cuchufletas ni decirles a nuestros educandos “no os arrejuntéis todavía, esperad un poco, que os quiero enseñar a hacer integrales y, si queda algún tiempo, os explicaré el caso acusativo o defensivo de los nombres terminados en a, en i o en tararí”. Primero, porque todo ese conocimiento, como ya dijo el Sabio, es una pejiguera y no añade más que dolor de cabeza. Y después, pregunto ¿qué bueno ha traído al mundo saber de letras, de números, de artes mecánicas o de medicina? Pues yo mismo os respondo: no ha traído sino mayor confusión y más sufrimiento. Ya se nos dio un buen porrazo en la cresta por comer del árbol de la ciencia y poco después, viendo que no escarmentábamos, se nos anegó en un mar de lenguas y dialectos cuando lo de la famosa torrecita, pero ha dado igual. Al cabo de seis mil años y pico todavía seguimos galleando y empeñados como el primer día en subirnos a las barbas del Creador Supremo. La ciencia, amigos míos, es una filfa. Ni es bueno pensar ni menos aun progresar. Cuanto menos se sepa y menos se avance, más felices seremos. Los pueblos más dichosos no tienen historia ni saben leer, ni escucharon en su vida el teorema de Pitágoras o la trigonometría. Dicho lo cual, no creáis, no, que soy tan pardillo como para abogar por un regreso a la Arcadia. Claro que no. Fuimos expulsados de allí por nuestros pecados y estamos condenados a vivir en este mundo hecho de trampas y de mentiras, de vanidad y de codicia. No hay que darle más vueltas. Salimos de allí con las vergüenzas al aire y a cencerros medio destapados y no hay dios que nos devuelva al redil. Pero si no podemos regresar a nuestro origen bestial y primigenio, tampoco seamos tan idiotas de creer que el sendero tortuoso de la ciencia nos ha de llevar algún día al País de la Jauja. De manera que cuanto más quitecitos estemos y menos le demos al magín, mejor que mejor. Y en cuanto a lo que aquí nos toca, colegas y hermanos míos, pacífica grey de Kuinsburrra, haced lo que se ha hecho siempre en este santuario consagrado al desconocimiento, es decir, servid en comités que a nadie sirven, enseñad materias que nada enseñan y escribid, si es que os da por ello, de cosas que nadie lee. No os apoyéis en los hombros de los sabios, que no sois trapecistas, sino en el respaldo de las sillas. Predicad en vuestras aulas el justo medio, porque en la medianía está siempre la virtud. Sed obsequiosos con los de arriba y mezquinos con los de abajo. Callad ante el poderoso diácono y sermonead al pobre asistente y al adjunto que nada puede. No respetéis jerarquías basadas en el saber, sino en el escalafón, que es, a fin de cuentas, la única manera que uno tiene de subir. Enseñad con el mal ejemplo, que para el bueno ya está la Santa Biblia y un humilde servidor. Abrid los ojos a vuestros educandos, muy poco a poco, mediante fábulas bien urdidas que les hagan ver que en el mundo triunfa mayormente quien practica el disimulo, la lisonja y la retórica huera. No os duelan prendas y, siempre que podáis, instruid a los educandos en el viejo arte de la zancadilla. Denigrad hipócritamente de la hipocresía, pero sed hipócritas en todo y con todos, pues la santa hipocresía, tanto o más que la santa ignorancia, es la llave que abre las puertas a cualquier cielo que se encuentra de tejas para abajo, además de ser el bálsamo que hace más tolerables nuestra miseria, nuestra fealdad, nuestra pequeñez y nuestra muerte cotidiana. Queridísimos Kuinsburrenses, quiero acabar ya, pero no sin antes advertiros que, en medio de este mundo tenebroso, vosotros representáis la última esperanza para tantos y tantos cuya meta final y cuyo mayor anhelo es pacer tranquilos y contentos en las verdes praderas de este valle de lágrimas. En vuestras manos está que esta legítima aspiración no sea solo privilegio, como lo ha sido hasta ahora, del ganado bovino, equino o lanar, sino de todo aquel que llame a las puertas de esta nobilísima e insipiente institución. He dicho.

 

Acabada la oración de nuestro Presidente y fundidor, la sala prorrumpió en una salva de aplausos, que se prolongaron por más de cinco (algunos dicen diez) minutos, tras de lo cual las 16 Magníficas Sillas rodearon a Don Martos y desde allí se lo llevaron en volandas a la Sala de la Mantenencia donde se sirvió té con pastas y unos cucuruchos de papel con chocolatinas y caramelillos.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.