El duendecillo de la Navidad

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El duendecillo navideño de la Huerta del Retiro reposa sobre el cuerno de una luna con piel de piña. Los cráteres del seco ananás recuerdan a los del Mar de la Tranquilidad. Este Principito con cabeza de abeto rojo brillante, parece haberse quedado solo en todo el universo.

 

La cáscara de piña estuvo casi un año prensándose entre cartones secantes, que fueron renovados periódicamente. El objetivo de esta manipulación frutal era convertirla en el cuello de un león asirio rampante, que había visto y copiado directamente Faba del interior de una vitrina del Louvre.

 

El cuerpecillo remendado de este duende es lo que queda de un frágil muñequito de poliuretano, que a cada caída perdía un trozo de su cuerpo. Primero fue una pierna, luego una mano, más tarde el extremo de un ala, y finalmente se le fue la cabeza con destino desconocido. Quizás cayó en algún tiesto y se encuentre bajo tierra, como les sucede a algunos cráneos humanos.

 

Hallóle Faba una cabeza de repuesto muy apropiada para estas fechas navideñas: un abeto granate, que estuvo colgado en el primer árbol navideño de su infancia en Malta. La soledad de este Principito sideral que se columpia bajo la Vía Láctea, resuena por todo el cosmos de la Huerta. Quedarse solo, también resulta muy navideño: es la cara oculta de la fiesta.