El efecto Marina en el escenario político brasileño

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Recorrido por las calles de Río para conocer qué piensan de la líder ambientalista Marina Silva, candidata a la presidencia de Brasil por el Partido Socialista, que ha alterado la campaña 

 

Sábado 23 de agosto, mediodía. Sheila, de 62 años, vive en Leblón, barrio donde el metro cuadrado es el más caro de todo Brasil. Dos veces por semana atiende el puesto de ropa de una amiga, en una de las principales calles de la zona. Allí la encontramos, sentada y con un acceso de tos muy fuerte. “Yo soy de izquierda y abrí la primera librería de izquierda en Manaos, en plena dictadura”, afirma con soltura. “Qué lejos, ¿por qué?”. “Porque yo era una burguesa, mi familia tenía dinero, y repudiaba a mi novio actor, ateo y comunista”. Sigue tosiendo. Es delgada como un pincel y no se tiñe el pelo. Su discreta elegancia está a la altura de su amabilidad. Responde sobre Marina Silva, candidata a la presidencia de Brasil por el Partido Socialista (PSB): “Creo que le falta experiencia, la veo como una principiante, si no, la votaría. No tiene juego de cintura dentro de sus posiciones, es fanática. En el PT (Partido de los Trabajadores) se peleó con mucha gente. Con Eduardo Campos se alió por conveniencia, de los dos. Ahora dice que cumplirá con todo lo pactado por su ex compañero de fórmula pero no lo hará. La lucha va a ser fuerte”.

 

Pasadas las 4 de la tarde, Eriberto camina erguido hacia la playa de Leblón. Interrumpo su paso y le planteo mi propuesta. Accede con gentileza, mientras su compañera de ruta me observa por encima de sus lentes oscuros casi cubiertos por una enorme visera marrón. Eriberto tiene 80 años y trabajó como economista toda su vida. Ahora está retirado y no vota, porque en Brasil desde los 70 años el voto es facultativo. La señora saca de su enorme bolso playero un protector solar y lo expande por su antebrazo con tal profusión que llega a salpicarnos. Inevitablemente, pienso en un repelente. “¿Qué hacemos?”, le pregunto a don Eriberto. “No te preocupes, ya se le pasa”. Adelante, entonces: “Conozco a Marina desde que fue candidata por el Partido Verde en las elecciones pasadas. Pero no conozco su programa. Sin embargo creo que es lo mejor que hay. Hemos tenido una pésima experiencia con Dilma, no me gusta su política económica. Demasiado centralizada. Demasiado dependiente del Banco Central. A mí no me perjudicó pero al país sí”.

 

Domingo 24, 8 de la mañana. El 539 me deja en media hora a los pies del morro de la Rocinha, una de las favelas más extensas de Río. Allí está, en su puesto de dulces y refrescos, Ivonette, de 42 años. “No voy a votar meu amor. Estoy en contra del voto obligatorio y voy a pagar la multa que creo que son alrededor de 4 reales. Creo que es absurdo perder un día de domingo, prefiero pasarlo con mi familia. Estoy cansada de escuchar que van a hacer esto o aquello y después no hacen nada. Aquí se supone que tendría que haber menos violencia con la policía pacificadora, pero aumentó la violencia y el tráfico de drogas continúa. La verdad es que prefiero que gane Marina Silva, me parece más sincera. Reconozco que hay más empleo, en eso el país dio una mejorada. Pero Dilma depende mucho de los que la rodean y de Lula también. ¿Por qué no subes a la parte alta del barrio?, tienes que ir a la calle 1 y hablar con la gente de allí. Espera”, me indica mientras llama a una moto-taxi.

 

Para preservar la integridad física, en Río hay que sujetarse bien a lo que esté a su alcance, tanto si viaja en bus como en moto-taxi. Todos sus conductores parecen ser hijos no reconocidos de Ayrton Senna. En la calle principal de la Rocinha suena un cóctel musical que va desde los singles de la campaña de candidatos a diputados, pasando por cánticos religiosos de las iglesias evangélicas a las baladas románticas locales. El conductor de la moto dice que no entiende nada de política y añade con educación que mi portugués es malo. Poco después, la dueña de un restaurante me despacha con delicadeza: “no hablo con la gente”. De modo que alentado por las circunstancias y como casi todo en la favela suele transcurrir en la calle, no tardo en divisar a un conversador, veterano, vigilante de un estacionamiento de coches o lo que queda de ellos. Interrumpo su charla, le planteo la propuesta y asiente con una condición: “no me nombre por favor”. Cuestiona primero: “¿Quién hace las encuestas? Aquí nunca vino nadie a preguntar nada. Qué gracioso, en 60 años que hace que vivo acá, usted es el primero que viene a preguntar algo por aquí y encima es extranjero”. Pero vayamos a Marina.

 

“No conozco mucho de Marina, tengo poca información. No sé lo que piensa y no sé de dónde sacan todo eso que dicen las encuestas. Creo que la (red) Globo manipula todo. Con Lula sí hubo un cambio, pero con Dilma nos fue peor. El centro de salud de aquí está equipado pero no tiene médicos. La mayoría de la gente no paga el agua ni la luz porque si pagara no tendría para vivir”, señala el veterano. La conversación se interrumpe por un tiroteo. “¿Escucha?”. “Algo”, le respondo. Me explica que son tiros entre bandas y habla de la ineficiencia de la policía pacificadora, “que sólo está en las calles principales”. Enfrente, a las puertas la Iglesia Universal, está Luara, de 21 años, maestra. “Creo que si Marina gana será manejada por otros. Ella puede tener buenas intenciones, pero la gente que la rodea la va a manejar. Si hay segunda vuelta votaré por Dilma, prefiero que todo siga así a lo que pueda pasar con Marina. Ella es evangélica y yo también, pero no mezclo la política con la religión”.

 

A las 11 de la mañana, desde el corazón de la Rocinha el 539 nos deja en la bahía de Botafogo, uno de los lugares más codiciados de la ciudad. Frente al Shopping Center avanza a paso de domingo un señor que arrastra con desgana un carro repleto de bolsas. Tiene una profunda mirada melancólica que contagia al resto de sus gestos. “Esto es el paraíso. Yo fui chófer de ómnibus y todavía a los 76 años trabajo como mecánico. Un amigo se murió y nos dejó a mí y a mi mujer un apartamento frente al mar”. El afortunado, llamado Gilguerbes, explica su posición acerca de Marina: “No tengo obligación de votar porque a mi edad el voto es facultativo, pero estoy haciendo campaña a favor de Dilma. Marina Silva tendrá carisma, pero yo no le doy mi voto. Fíjese: se desentendió con Lula y no acertó. Quería protagonismo, quería figurar más. Y se fue del Ministerio de Medio Ambiente. Lo del crecimiento en las encuestas es un show de marketing. Esos 20 millones que consiguió cuando se presentó a candidata a la presidencia con el Partido Verde (en 2010) eran votos que no tenían rumbo, no tenían candidato”. Dicho esto, el experto y afortunado chofer me indica cómo llegar al Complejo Alemán, una de las favelas más habitadas y complejas de Río.

 

Por tratarse de un día de domingo el viaje se hace más llevadero aunque la innecesaria audacia del conductor haga todo por impedirlo. En medio de esa ya conocida carrera contra el tiempo, mi cuerpo va a parar a un asiento, casi del todo ocupado por la enorme estampa de quien podría ser perfectamente Mike Tyson Junior. Francamente, el camino es aburrido y el olor cloacal. Tyson Jr. conoce de memoria el recorrido porque se persigna tres veces cada vez que pasamos por una iglesia católica que, por cierto, sólo él ve. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho templos saludados en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, tres veces por cada una. La secuencia despierta mi inquietud, pero la contengo por discreción y ninguna gana de recibir por contrapartida un puñetazo bíblico. La contención duró cinco iglesias y un cementerio que sí vi claramente. “¿Lo de persignarse tres veces lo haces por tradición o porque tienes ganas simplemente?”. “Porque tengo ganas”. Bien, aprovechemos de todos modos la ocasión: “¿Conoces a Marina Silva?”. “No”, respondió Tyson Jr. con cara de pocos amigos. Mejor dejarlo ahí.

 

A las 1 de la tarde, la vista desde el teleférico que nos traslada hasta la cima del Complejo Alemán impresiona. La mayoría de la favela está asfaltada, se ven tanques de agua y cables de luz, antenas de televisión sobre los techos de casas que a la distancia se asemejan a un panal. No hay basurales, al menos en la amplia vista que nos proporciona el teleférico. “De Marina conozco lo básico pero es la única alternativa entre el PT y el PSDB (Partido Socialdemócrata de Brasil). De lo que sí estoy segura es que va a tener menos tiempo y más trabajo para robar porque la corrupción en este país es muy grande. Creo que lo que más hay que atender es la educación. Nosotros tenemos una sola escuela para miles de habitantes. Y la salud también está en un hueco. Quiero echar a los viejos caciques como la familia del ex presidente Sarney. Ahora en época de elecciones vienen las alianzas, se forman cuadrillas de ladrones. Dilma se cree la salvadora de la patria pero no lo es”, relata Mary, artesana de 32 años.

 

Desandando lo andado, ya son casi las 3 de la tarde. Llegamos al viejo centro de la ciudad, intransitable de lunes a viernes, desierto los domingos. Es común encontrarse por aquí a los vecinos de toda la vida, en pequeños bares, donde conversan y ríen con una cerveza helada. Marcos, de 42 años, es abogado y responde con generosidad: “En estas elecciones creo que Marina no será presidenta, en las otras tal vez. Creo que todavía es una candidata débil. El PSB no es su partido, es una invitada. Y ahora es candidata a la presidencia por una tragedia, la muerte de Eduardo Campos que nos impactó mucho. El PT que tiene a Lula lo tiene todo. Marina además se ha mostrado como una izquierdista radical. No tiene juego de cintura. Está contra el sistema. Y los evangélicos como ella tienen otros candidatos. A Lula lo conoce todo el mundo y él nos abrió al mundo, abrió el comercio exterior”. Curioso o no, Marcos no menciona a Dilma Rousseff, candidata del PT, heredera de los dos gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva.

 

En el barrio de Leme, pegado a Copacabana, Thiago, de 47 años, está en su tiempo de descanso en la peluquería donde trabaja. Sobre Marina, dice: “La gente aquí en Brasil no tiene cultura política. Lo que sé de Marina es lo que veo en televisión. No recuerdo nada de cuando fue ministra o senadora. Sólo la veo cuando hay elecciones. Y los brasileños no tenemos mucho interés en la política. ¿No vio todas las protestas ciudadanas de 2013? Ahora nadie dice nada”. Ya en Copacabana, sobre las 5, le pedimos la opinión a Jaqueline, de 28 años, abogada: “Marina consiguió sobrellevar las dificultades de una vida muy dura. Fue alfabetizada a los 16 años y padeció muchas enfermedades como hepatitis y malaria. Luego estudió en la Universidad, es historiadora, y entró en la política con bastante éxito. Ocurre que su posicionamiento conservador la aparta de sectores como la economía, la educación en la diversidad y de sectores religiosos afrodescendientes, las adopciones por parejas del mismo sexo, perjudicando a ciudadanos que luchan por sus derechos culturales y legales. Mi madre la va a votar, pero yo creo que no”.

 

 

Marina en la prensa y los portales brasileños

 

“Si usted preguntase a los electores cuál es el cambio que ella representa, verá que se trata de cualquier cambio. Su candidatura pasó del ámbito racional al emocional”. Antonio Lavareda, politólogo (revista Veja, 27 de agosto, 2014).

 

“Eduardo Campos apostaba por el dinero empresarial, inclusive para obtener favores políticos. Marina, no. Prefiere una campaña más militante y el uso de internet”. André Barrocal, periodista (revista Carta Capital, 27 de agosto).

 

“Los analistas la están presentando como la candidata que mejor expresa las jornadas de protestas de junio de 2013, el clamor de las calles. Marina consigue atraer un electorado difuso, pero también está integrada al sistema, con contradicciones principalmente en cuanto al modelo económico y de desarrollo”. José Correa, politólogo (Correo de la ciudadanía, 21 de agosto).

 

“El candidato a vicepresidente en la fórmula encabezada por Marina, el socialista Beto Albuquerque, es uno de los principales defensores de la liberación de la soja transgénica, tema que causa escalofríos a los ambientalistas. En caso de que Marina sea electa, ¿qué posición va a prevalecer?”. Matheus Pichonelli, periodista (blog Yahoo, 20 de agosto).

 

“Los candidatos que surgen de las protestas pueden ser intransigentes en algunos casos. Los candidatos de verdad precisan de alianzas y tener propuestas realistas. Y es ahí cuando surge la pregunta: ¿Marina está preparada para ser una candidata de verdad?” (reportaje central de la revista Época/Globo (27 de agosto).

 

“Marina es la peor enemiga de Marina. Salió del gobierno de Lula y no consiguió hacer lo que quería. Salió del Partido Verde al no alcanzar el control que pretendía. Salió del proyecto de Red de Sustentabilidad sin conseguir crear un partido que sí consiguieron otros 32 candidatos. Entró mal en el PSB, donde ya provocó salidas. No es precisamente una conciliadora”. José Roberto Toledo, periodista (Diario Estado de São Paulo, 25 de agosto).

 

 

 

 

Gabriel Díaz es periodista uruguayo/español. Desde que tenía 20 años escribe crónicas personales y publica reportajes vinculados, la mayor parte de ellos, a la capacidad de los seres humanos de sobreponerse a dictaduras, guerras o genocidios. A los 21 años viajó a Bosnia, después a Sierra Leona, Ruanda, Israel, Palestina, Guatemala y Colombia, entre otros países. Actualmente sigue de cerca los claroscuros de la llamada pacificación de las favelas, en Río de Janeiro. En FronteraD ha publicado El coleccionistaBrasil 2014. La FIFA gana por goleada y La pesada mochila de Bachelet. El precio de la educación en Chile

Autor: Gabriel Díaz, Río de Janeiro