El embellecido cochecito aerodinámico

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Joan Tardá y David Fernández saliendo de visitar en la cárcel de Logroño a Arnaldo Otegi es el éxtasis de la democracia. Qué mejores hombres podrían afrontar esta encrucijada clave de la historia de España...

 

El espectáculo tragicómico que representan los partidos españoles en esta hora de la verdad (desde Suárez hasta hoy no había habido ocasión de que los políticos mostraran su talla), me empuja a encontrar momentos y grandes hombres que hayan sabido estar a la altura de las circunstancias. Una suerte de ejercicio nostálgico, pesimista si quieren, para concluir que cualquier tiempo pasado fue mejor. A vuelapluma pensaba en Churchill, pero enseguida me fui a los padres de la patria estadounidense, de dónde barrunto que se puede sacar (yo apenas he empezado a excavar) todo. Acaso unos grandes almacenes de la democracia en los que se encuentra lo mejor sin necesidad de ir de tiendas por la calle. Me encontraba hojeando algunos párrafos sueltos en los que aparecian Washington y Adams, Jefferson y Hamilton, cuando de pronto en la televisión, que tiene la mala costumbre de estar a menudo encendida, aparecieron ante mí, sin necesidad de acudir a siglos remotos, unos hombres que la historia recordará (y yo sin haber reparado en ellos, ¡si estaban ahí mismo!), sin duda, como se merecen.

 

Joan Tardá y David Fernández saliendo de visitar en la cárcel de Logroño a Arnaldo Otegi es el éxtasis de la democracia. Qué mejores hombres podrían afrontar esta encrucijada clave de la historia de España. Inhabilitados moralmente los dos grandes partidos, ¡la casta maldita!, que han conducido de latrocinio en latrocinio los designios españoles desde la Transición, nos quedan las periferias radicales e independentistas, terroristas y antisistema para conseguir la refundación. Sí se puede, ya lo saben. Ese grito deportivo convertido en grito político contra los poderosos (¿o fue al revés?) que ha popularizado el partido del cambio, que acoge en su seno a lo mejor de cada casa. Otegi, qué emoción tan grande, es según los nuevos filósofos, futuros padres no de una sino de muchas patrias (una de esas que se forman con un idioma y unos pocos duros, decía Camba) un «abanderado de la reconciliación de los corazones» al que habrá que hacerle «un acto de justicia y reconocimiento».

 

Pero Tardá, Fernández y Otegi son los pétalos entre los cuales nace el capullo definitivo, la amalgama, el cubismo del concepto España discutido y discutible (¡cuánto bien hizo Zapatero, ese precursor!), que es Pablo Iglesias, quien bajo La Gente guarda la muerte al Borbón, la sandalia arrojadiza, y la no condena a los asesinatos de ETA, por ejemplo, bases, entre otras muchas de ese «País para la Gente. Bases políticas para un gobierno estable y con garantias», título del documento programático que a mi me recuerda a los de los cuentos de Tom Wolfe: ‘La izquierda exquisita & Mau-Mauando al parachoques’, o ‘La Banda de la Casa de la Bomba y otras crónicas de la Era Pop’. Aunque yo, personalmente, lo que siento es, con literalidad: «Aquí viene, brum, brum, el embellecido cochecito aerodinámico fluorescente Thphhhhh, Raagggg», conducido por Pablo, que usa la coleta como una bandera y la corbata como un arma, y se viste de morado como Monsieur Gustav, el mayordomo jefe del Gran Hotel Budapest que tenía enamoradas a las ancianas ricas (en este caso a los jóvenes pobres y no tan pobres ni tan jóvenes), a las que metía en su cama como quiere meter a Snchz, y luego a todos los demás para apropiarse de cualquier clase de herencia y hasta acabar echando abajo el monte Rushmore.