El espectáculo taurino

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La crónica de un partido de fútbol se queda en nada si no se adereza con unas cuantas metáforas o comparaciones más o menos hiperbólicas, y lo mismo podríamos decir con respecto al relato de cualquier otro certamen deportivo, sea el billar, el boxeo o las corridas de toros. Hace años los snobs aseguraban que la mejor prosa periodística se encontraba en las crónicas taurinas de Joaquín Vidal, algo a todas luces exagerado, aunque hay que reconocer que se necesita un gran derroche de pirotecnia verbal para hacer pasar por arte el tercio de varas o el descabello de una res ensangrentada.

 

Claro que los toros, se me dirá, no son deporte sino espectáculo, como el espectáculo de un trapecista en el circo o las piruetas que hace el piloto en una exhibición aérea. El espectáculo, a diferencia del juego competitivo, no admite más que el componente visual. Una carrera de caballos es espectacular en sí misma, por supuesto, pero si oigo por la radio que ha ganado el caballo por el que aposté, la noticia me llena de regocijo, lo mismo que si marca un gol el equipo de mis colores. En cambio, ¿qué fruición puede sacarse de una corrida radiada? Dicen que Matías Prats padre era un maestro en las retransmisiones radiofónicas, pero lo que yo retengo de mis recuerdos infantiles, ya con televisión en blanco y negro, es que el buen señor resultaba ser un tostón de campeonato, más tostón aún que la daltónica corrida que uno veía por la televisión a falta de otra cosa.

 

Los toros, como el circo, no se pueden radiar ni tampoco contar, a no ser que se hilvanen cosas como “sacrificio ritual” o “animal sagrado”, o que se cuente la genealogía del torero o del toro, que es lo que solía hacer el legendario locutor antes mencionado, tanto en la radio como cuando le tocaba retransmitir la corrida en el blanco y negro de la televisión.

 

Los toros, de verlos, hay que verlos en vivo y en color. A mí el color rojo de la sangre me causó un enorme impacto la primera y única vez que asistí a una plaza de toros, casi tanto como los mugidos de dolor de la res al ser rejoneada por el picador, el olor a excremento de los caballos y el polvo que se levantaba a ras de tierra cada vez que el torero, con sus zapatillas de bailarina, corría a todo correr para parapetarse detrás de la barrera. Como era niño, el tendido me decía muy poco, pero según dicen, ahí, en el tendido, es donde está el verdadero espectáculo.

 

En todo caso, con colorido o sin él, con peinetas o sin ellas, los toros nunca me han gustado. Me parece, por la mayor parte, un ritual chusco y aburrido. La sorpresa apenas existe. De principio a final uno sabe lo que va a ocurrir, salvo imponderable, y el imponderable es una cogida a destiempo o unos cuantos pases con la muleta, acompañados por los olés rutinarios del público. El combate entre el hombre y el toro es demasiado desigual y las rivalidades entre toreros me resultan casi siempre un montaje de empresarios y periodistas. Hablo seguramente de lo que no sé, y porque no sé espero no ofender a nadie, pero para mí esos mano a mano entre Joselito y Belmonte o Manolete y Dominguín o Dominguín y Ordoñez me suenan a mala literatura. El Hemingway menos interesante es, sin duda, el Hemingway que ejerce de aficionado.

 

No oculto mi vena antitaurina, sí, pero por aburrimiento, no porque sienta lástima del toro, que si ha de morir, mejor que muera peleando que no en un triste matadero mediante un frío pistoletazo en las sienes. Con todo, la fiesta nacional mejoraría su imagen de cara al exterior si eliminara la figura del picador y renovara la indumentaria de los toreros, uniformándolos con cascos y petos acolchados, en lugar de esos ridículos trajes de luces. Claro que entonces quizá no habría ya otro Joaquín Vidal para contarlo…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.