El espejo del mar

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Crepúsculo en Torremozza, en la bahía de Follonica. Ya he dicho que la ciudad que da nombre a la bahía, Follonica, me pareció un espanto, pero a unos pocos kilómetros está esta maravilla. Un rato de lectura (el relato de los últimos días de Shelley y Byron), unas brazadas con mi torpeza ya definitiva. Es increíble que a mi edad haya sido incapaz de aprender a nadar con un poco de gracia. Llega el crepúsculo. El sol avanza desde un extremo de la bahía hasta que comienza a descender hacia el otro extremo. Contemplé el tramonto sumergido hasta la cintura en las aguas del Tirreno. Quién me lo iba a decir hace unas pocas semanas, durante el confinamiento. Pedí algo al Sol antes de que se fundiese en el espejo del mar. Acuciado a decir la verdad, no sé aún por qué pedí nada. En aquel momento lo tenía todo. Recordé aquellos versos de Schmerzen (“Dolores”), uno de los poemas de Mathilde Wesendonck que Wagner convirtió en los famosos Wesendonck Lieder:

Sol, tú que lloras cada tarde
hasta que tus bellos ojos enrojecen
cuando, al bañarte en el espejo del mar,
te ves abatido por la muerte prematura

Mientras yo recitaba mi sermón wagneriano ─y esta vez el pudor y los años me aconsejaron que lo hiciera sotto voce, no como en aquella ocasión que recordar no quiero en Irlanda, en los Acantilados de Moher─, M. también le rendía peculiar homenaje al crepúsculo sumergido él también en el agua. Dejo a su discreción que en alguno de sus escritos levante acta o dé cuenta de aquel homenaje. Cuando el sol se puso, la pareja que teníamos por allí cerca se fue, pues ya no tenían luz para seguir haciendo fotos de la moza ensayando, pose tras pose, para a la postre elegir una foto para Instagram. Fatiga del trovador-fotógrafo, indiferencia de la dama. Avidez de los seguidores. Cuánto amor de lejos, como el de aquellos trovadores que se enamoraban en la distancia de remotas castellanas en Siria o en Palestina durante las cruzadas, provocarán esas fotos subidas a la república de la web con la regularidad y letalidad de una ametralladora. En fin. El caso es que, terminadas sus obligaciones, hicieron su mutis y la playa quedó para nosotros solos. Doble privilegio. Naturalmente se me fue la imaginación detrás de la Torre que da nombre a la playa. ¿Qué razzias de piratas sarracenos y de corsarios otomanos habrá tenido que hacer frente? ¿Fue ocupada y guarnicionada por los españoles durante el siglo español, cuando el Principado de Piombino y el Estado de los Presidios pertenecieron a la Monarquía Católica? ¿No fue cerca de aquí desde donde Garibaldi partió al exilio tras el abrupto final de la República Romana? Y ya que sale a colación el asunto del sol de los exiliados, ¿era aquella isla al fondo de la bahía realmente Elba? ¿Contemplaría desde su exilio Napoleón esta torre de vigía en la Maremma junto a la cual yo me encontraba ahora?

No sé si Nietzsche se refería a algo así cuando escribió acerca de la gran salud, pero durante unos instantes de eternidad yo llegué a creerme a pies juntillas que aquella estampa del sol cayendo sobre el espejo del mar Tirreno era una clara indicación de que quedaban cancelados todos mis achaques de cuerpo y espíritu y que por consiguiente ya me veía en la senda de esa gran salud. Bueno, creo que lo fie muy largo. A aquel día le bastó con su afán y al día siguiente se volvieron a repartir las cartas. Poco dura la alegría en casa de los ingenuos. Pero a mí siempre me quedará aquel atardecer en Torremozza. El espejo del mar.

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