El estado de la Unión

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Obama no ha perdido nada. Tal vez la credibilidad de millones de norteamericanos que creían que era capaz, él solo, por la fuerza del liderazgo, de encaminar a este país por una senda alejada de la desigualdad social, más justa, etcétera. Cada mes de enero, el presidente tiene que dar su diagnóstico acerca de la salud de los Estados Unidos. Acá los detalles.

 

Obama

 

Obama no ha perdido nada. Tal vez la credibilidad de millones de norteamericanos que creían que era capaz, él solo, por la fuerza del liderazgo, de encaminar a este país por una senda alejada de la desigualdad social, más justa, etcétera.

 

No se puede. Seis años de su liderazgo entregan un resultado bastante magro. Está demostrado que el presidente de los Estados Unidos, para mal─dice la izquierda─ o para bien─dice la derecha, tiene las manos atadas.

 

No es un presidente socialista, ni comunista como sus acusadores han querido etiquetarlo. Tampoco es un peón de la extrema derecha, como los liberales que denuncian su entreguismo a los zares de la banca lo quieren presentar. Es un político que camina por la mitad del río, que trata de no enfurecer a nadie, de convencernos a todos de que es el presidente de la diestra y de la siniestra.

 

Es un gran político. El mejor del siglo XXI. Es un político notable, que a pesar de no entregar cambios muy tangibles ha sabido sortear con éxito las mareas derrotistas que amenazaron con hundirlo una y otra vez. Sobrevivió al inclemente aluvión de la derecha cuando quiso reformar las leyes de seguros de salud y su Obamacare se convirtió en vituperio, caballo de batalla de los extremistas del Partido del Té. La ley de reforma de la salud resistió el debate de la Corte Suprema de Justicia, anulando─de paso─los gritos tremebundistas de quienes juraban que esa Corte se había vendido a la agenda del Partido Republicano.

 

Sobrevivió al funesto primer debate con Mitt Romney y se posicionó en los subsiguientes ─por la magia de su verbo y los defectos de su opositor─ como líder de la clase trabajadora y de la clase media. Se retrató con éxito como la antítesis de los ricos que quisieran despojarnos a todos de los beneficios obtenidos en la larga noche de la lucha por los derechos laborales. Príncipe de las minorías, sin haber hecho mucho por los hispanos ni los afroamericanos, estos salieron a votar el 2008 y le dieron otra vez la presidencia. Así quedó demostrado que el discurso basado en ataques al papel benefactor del Estado que quiso utilizar el Partido Republicano no le rendirá más frutos en las contiendas electorales.

 

Dos meses antes de su último discurso, el presidente Obama recibió la peor derrota electoral de su mandato. En noviembre de 2014, los Republicanos obtuvieron las mayorías en ambas cámaras del Congreso. Así terminaron las esperanzas de que cualquier iniciativa de Obama vea la luz en los próximos dos años sin una previa negociación diente por diente con los del partido en mayoría. Sin embargo ─y acá la prueba contundente del talento político de Obama─ en el discurso acerca del Estado de la Unión, en enero de 2015, el presidente se paró frente al Congreso para recordarle a sus adversarios que cada pronóstico alarmista acerca de su presidencia había estado errado. 

 

Los éxitos de la presidencia Obama ─tal vez no muy espectaculares para un país acostumbrado a cifras de abundancia, pero que se pueden medir contra los logros de otras naciones que también caminan por el sendero de escombros dejado por la gran crisis financiera del año 2008─ son: una tasa de desempleo en el 5%, una economía en crecimiento sostenido, un ejército desenganchado de dos grandes guerras a las que el Estado les dedicaba enormes recursos, una inflación muy baja, un número mucho mayor de norteamericanos con seguro de salud gracias a Obamacare, precios bajos del combustible y un mercado de la vivienda con claros signos de recuperación.

 

Las propuestas de Obama para los siguientes dos años─declamadas frente al nuevo Congreso─ son ambiciosas. La mayoría de lor proyectos tiene escasas posibilidades de convertirse en leyes. En el paquete está la reforma migratoria, un plan muy ambicioso de construcción de infraestructura, dos años de universidad gratuita para todos, el fin del embargo con Cuba, la reforma del sistema de impuestos y leyes que reduzcan de modo radical la emisión de gases industriales que afectan el ambiente. 

 

«El estado de la Unión es muy bueno», dice Obama. Todos aplauden.

 

Los comentaristas reconocen el tono conciliador y la mano abierta que ha extendido a los Republicanos, rescatando la retórica efectiva de sus discursos del año 2008 (there are no blue states, no red states, we are the United States of America). Fue un mensaje lleno de optimismo. Tal vez era lo que necesitaba un país: creer que lo peor ya ha pasado─gracias a sus políticas─y que Republicanos y Demócratas pueden trabajar en objetivos ambiciosos, que beneficien a los Estados Unidos y que no se hundan en la mediocridad electoral y las ambiciones presidenciales para el 2016.

 

Obama es un gran político. El discurso, su State of The Union 2015, quiere hacernos pensar que durante los siguientes dos últimos años de su mandato va a esforzarse en probarnos, también, que es un gran presidente.