El estrecho de Magallanes

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El descubrimiento del estrecho de Magallanes desató una carrera hacia la única vía marítima que abría la puerta del Pacífico. La exitosa misión de los hermanos Nodal, en 1618, se reflejó en un libro que contenía uno de los más valiosos mapas de la era de los descubrimientos. Obra de Pedro Teixeira, fue una de las obras robadas que denunció la Biblioteca Nacional de España en agosto de 2007.

 

El descubrimiento de América dibujó en los mapas un muro infranqueable para el objetivo de los navegantes, que no era otro que llegar a las Indias Orientales. Hasta que Magallanes no se adentró el 1 de noviembre de 1520 en lo que supondría, por fin, el ansiado paso entre dos océanos, muchas expediciones fracasaron. Logró atravesarlo después de 27 días agotadores en los que recorrió más de 700 kilómetros echando la sonda constantemente para no encallar. Nombró la Tierra del Fuego y describió a los gigantes patagones, tan grandes que “nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura”, según escribe Antonio Pigafetta en su amena y fantasiosa crónica del viaje.

 

Enseguida se comprobó no obstante que la ruta era más larga y difícil que la que obligaba a rodear el cabo de Buena Esperanza, por lo que el estrecho de Magallanes fue abandonado poco a poco y llegó a decirse que se había cegado. Se extendió la creencia de que era un pasaje tortuoso y helado, batido por temibles tempestades y poblado por fabulosos monstruos. Pero Francis Drake, con patente de corso otorgada por la reina de Inglaterra, lo cruzó en sólo 16 días en agosto de 1578, y le siguieron otros barcos ingleses y holandeses, ansiosos de establecer una ruta a la indias. La corona española consideraba pirata a cualquier navegante que penetraba en el océano Pacífico y envió varias misiones para poblar, fortificar y levantar cartas geográficas de la zona, que se saldaron con otros tantos fracasos y centenares de muertos.

 

En 1615, el holandés Jacob Le Maire, buscando al sur del estrecho de Magallanes una ruta más fácil, encontró otro estrecho que daba paso al cabo de Hornos y permitía doblarlo. Aunque lo intuyó Drake, desplazado hacia el sur por una tormenta, no había certeza de que la Tierra del Fuego fuera una isla. Cundió la alarma en la Corte española y se envió una expedición al mando de Juan de Morel, que no pudo completar su misión por no contar con mapas adecuados. Mejor pertrechados, los hermanos Bartolomé y Gonzalo García de Nodal, pontevedreses, salieron de Lisboa –España y Portugal estaban unidas entonces bajo el trono de Felipe III– el 27 de septiembre de 1618 con dos carabelas especialmente construidas. Marinos experimentados y valerosos –habían hundido nada menos que 76 navíos enemigos–, contaban con los servicios del piloto valenciano Diego Ramírez, que dio nombre al archipiélago que descubrieron, el punto más austral del continente americano.

 

La expedición de los Nodales, como se la llamó, fue un viaje venturoso, duró nueve meses y medio, sin que muriera ni uno sólo de los tripulantes y ni siquiera, como escribió el capitán, sufriera un dolor de cabeza. Felipe III se mostró sorprendido de su pronto regreso y, según cuenta su ayuda de cámara, “discurrió por las cartas y rumbos demarcados”. En 1621 se publicó la Relación del viaje que por orden de Su Magd. y acuerdo del real Consejo de Indias hizieron los capitanes Bartolmé García de Nodal y Gonçalo de Nodal hermanos, naturales de Ponte Vedra, al descubrimiento del Estrecho nuebo de S. Vicente y reconocimientº del de Magallanes…, en la que se narran, con un estilo sobrio y escueto, los pormenores de la travesía.

 

Después de cruzar el estrecho que bautizaron como de San Vicente (volvió al nombre de su descubridor y hoy se llama estrecho de Le Maire), surcaron el cabo de Hornos, fondearon en las islas del sur (Diego Ramírez), circunnavegaron la Tierra del Fuego y penetraron en el estrecho de Magallanes, recorriéndolo de oeste a este y saliendo de nuevo al Atlántico. Describen las fuertes corrientes y los extraños vientos, las montañas llenas de nieve “como la costa de Asturias” y aconsejan partir de España a mediados de agosto para adentrarse en la zona en noviembre. Trabaron contacto con indios que veían por primera vez al hombre blanco, pacíficos y desconfiados, que rechazaban el pan y preferían las hierbas y pronunciaron por primera vez los nombres de Jesús y María; lucharon contra los lobos marinos y hallaron en la boca del estrecho de San Vicente tal cantidad de pingüinos que cubrían el mar.

 

La Relación del viaje… fue publicada en la imprenta de Fernando Correa de Montenegro, situada en la madrileña calle del Carmen, frente a la iglesia del mismo nombre. Constituye uno de los grandes libros de la edad de oro de la navegación española, pero además posee una pieza singular. Doblado y pegado en su interior se incluye un mapa de 395 x 340 mm (el doble que una hoja del libro), que representa el estrecho de Magallanes con los descubrimientos de los Nodales. Orientado con lis, con los nudos de los rumbos y los relieves de montañas y vegetación sombreados, tiene en el margen superior una cartela barroca con las menciones de responsabilidad y en el margen inferior un recuadro más pequeño con la escala, así como breves notas explicativas en el margen lateral izquierdo. Fue grabado por el francés Jean de Courbes y es obra, con los datos proporcionados por el piloto Diego Ramírez, del cosmógrafo de Su Majestad Pedro Teixeira.

 

Teixeira es conocido por su famoso y detallado plano de Madrid, grabado en Amberes en 1656, aunque su figura se difuminaba por su homonimia con otros geógrafos de la época. En el año 2000, el hallazgo casual de un extraordinario atlas de las costas españolas de Teixeira en la Biblioteca Nacional de Viena por parte de los historiadores Fernando Marías y Felipe Pereda, permitió arrojar luz sobre el gran cosmógrafo, corsario y espía, que murió sin embargo en la indigencia en Madrid en el año 1662. Perteneciente a una familia de cartógrafos portugueses, Teixeira (o Texeira, como castellanizó su apellido) llegó a la Corte, con su hermano Juan, para encargarse de la delineación de los mapas, sin que sepamos a ciencia cierta si estuvo o no embarcado en el viaje de los Nodales.

 

Su mapa es un prodigio de armonía de líneas y figuras y supera a otros coetáneos holandeses que también incorporan el final del cono sur. Todavía carece de otros canales, como el Beagle, descubierto dos siglos más tarde y bautizado así por el nombre del barco, el mismo en el que viajó a aquellas tierras Charles Darwin. Pedro Teixeira fijó para siempre los parámetros del confín del mundo gracias a la posición del archipiélago Diego Ramírez, que incluye dos islas grandes, Bartolomé y Gonzalo, separadas por el paso Nodal, y el más pequeño islote Pontevedra.

 

Aunque el mapa formaba parte del libro y se indicaba dónde debía ir colocado –entre las páginas 34 y 35– parece que se incluyó en pocos ejemplares y seguramente desapareció de muchos otros. Contenía una información precisa y valiosa de la única puerta marítima al Pacífico y se piensa que fue suprimido. Hoy es una pieza muy codiciada por los coleccionistas en su primera impresión de 1621. La casa de subasta Christie’s vendió en Nueva York un ejemplar del libro, sin el mapa, por 13.750 dólares (11.100 euros) en 2008.

 

La Biblioteca Nacional de España posee tres ejemplares de la Relación del viaje…, los tres con su mapa correspondiente, uno de ellos (R/4017) coloreado. El R/14238 fue arrancado en el robo denunciado por la Biblioteca en agosto de 2007 y devuelto dos meses después por el autor confeso, el uruguayo residente en Buenos Aires César Ovilio Gómez Rivero, cuya extradición a España ha sido rechazada recientemente por la justicia argentina. Sin duda una pieza exquisita, singular, única por su importancia en la historia de la cartografía, y por su belleza.

 

El mapa de Teixeira del estrecho de Magallanes publicado en 1621.

 

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Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.