El fantasma de un chino (acerca de Effi Briest, de Theodor Fontane)

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La ficción suele ser crónica de lo singular. En toda historia hay un elemento que nos separa de los demás, aun cuando debieran ser un camino para comprender que los demás son como nosotros

 

Effi Briest es una novela sobre lo escondido. Para quien no la conozca o recuerde diremos que es una novela de adulterio publicada en 1895 por el autor alemán Theodor Fontane. Una novela como Ana Karenina o Madame Bovary, si bien mientras en las dos primeras tenemos la impresión de estar viendo la luz del día proyectarse sobre lo que acontece, en Effi Briest en cambio percibimos la presencia de un foco que concentra y limita el fragmento de mundo iluminado.

 

Este foco debe ahora iluminar a un chino, pero no a un chino de verdad sino “una estampita de medio dedo que representa a un chino vestido con un traje azul, un abombado pantalón amarillo y un sombrero plano en la cabeza”. Una joven de diecisiete años llamada Effi Briest acaba de contraer matrimonio con el barón Instetten. Después de la luna de miel ambos se instalan en una lejana provincia del norte de Alemania, donde Instetten desempeña su cargo de consejero provincial. Su casa es un tanto exótica, por haber pertenecido antes a un capitán mercante. Hay, por ejemplo, en el techo del vestíbulo, tres vigas de madera: de la primera cuelga un navío con las velas desplegadas, de la segunda un tiburón y de la tercera un pequeño cocodrilo. El barón tiene acondicionada la planta baja con toda suerte de comodidades. Sin embargo, la primera planta permanece abandonada. A un lado del pasillo hay una amplia sala desierta; al otro, varias habitaciones vacías. Sólo en una encontramos dos mecedoras de mimbre muy usadas. En el respaldo de una de las dos está pegada la estampita del chino.

 

A juzgar por esta presentación, cualquier oyente pensaría que el chino esconde un misterio. También Effi lo cree así cuando, recién llegada al pueblo de Kessin, su esposo primero le habla de un chino muerto y enterrado en una parcela de terreno fuera del  cementerio, más tarde le dice que tal vez le ha puesto nerviosa la historia del chino pese a no habérsela contado aún y, por último, al día siguiente, le muestra la estampita de medio dedo. Pasarán los días, Effi tendrá pesadillas con el chino, creerá ver la silueta de un fantasma y, por fin, pedirá a Instetten que le cuente cuanto sepa del chino. He aquí su historia:

 

El chino era el criado del antiguo dueño de la casa de Instetten, el capitán mercante. Sin embargo, el capitán lo apreciaba tanto que le consideraba más un amigo que un sirviente. El capitán vivía, además, con una joven llamada Nina que según unos era su sobrina y, según otros, su nieta. Nina estaba destinada a casarse en su día, conforme al deseo del viejo capitán, con un capitán también mercante. Y así ocurrió; se celebró una gran fiesta de esponsales en la casa. Allí se reunieron todas las personalidades de la ciudad, además de numerosos pilotos y capitanes con sus respectivas esposas e hijos. Por la noche hubo baile. La novia fue bailando con todos y, al final, también con el chino. Por lo visto la novia desapareció de pronto y para siempre sin que nadie llegase a averiguar lo que había pasado. Catorce días más tarde murió el chino. Como no podía ser enterrado en sagrado, el capitán compró un pedazo de terreno junto al cementerio para él. Pero el pastor protestante afirmaba que habría podido recibir tranquilamente sepultura dentro del cementerio porque el chino había sido un hombre muy bueno, tan bueno corno los otros. A quién quería aludir con eso de “los otros” no llegó a saberse, pero el pueblo se puso en contra del pastor por haberlo dicho.

 

Así pues, el chino esconde un misterio que no está en los cabos sueltos: lo que ocurrió exactamente con la sobrina o nieta, cómo murió el chino, quiénes eran los otros; no está en lo que nos hemos quedado sin saber sino en lo poco que sabemos, porque nos permite imaginar una pasión extrema, sentimientos tan hermosos como atroces, pues exceden, se diría, el límite de la razón.

 

Effi escucha y, de este modo, lee la historia del chino, aunque su lectura está condicionada por el interés de Instetten. Entiendo que las historias vienen a fomentar en nosotros eso que en varias ocasiones he llamado la doble vida y que otros llaman la vida interior y algunos –si se me permite el adjetivo– incautos a veces llaman sensibilidad. Designaré, de ahora en adelante, por medio de la expresión “la doble vida” la creencia en una suerte de existencia paralela, un lugar o una zona del tiempo o una dimensión misteriosa del ser donde somos mejores que los otros, más intensos, o más espirituales, o más desdichados acaso, pero con una desdicha, diríamos, intensamente literaria.

 

Y bien, en todo este asunto del chino es como si el barón Instetten hubiera comprendido que las circunstancias de Effi la condenaban a la doble vida, y hubiera tratado de tener un control sobre la misma. Entre el ritmo al que puede ascender un consejero provincial –el ritmo, dicho de otro modo, al que pueden mejorar las condiciones de vida de Effi Briest– y la juventud de Effi, su belleza, su ingenio y origen familiar, hay un desajuste, un saldo a favor de Effi. ¿Qué puede hacer la joven con ese capital, en qué puede invertir los años que pasará en una provincia lúgubre como no sea en la doble vida? Es entonces como si Instetten dijera: puesto que vas a ensimismarte, y en las tardes de lluvia y en las noches de primavera te dejarás llevar por imágenes de ti misma en otros brazos, viviendo experiencias únicas, distintas de todas las demás, te entrego a este chino. Junto a él te puedes adentrar en lo que es dulce y es ilimitado, pues él hará también que tengas miedo de tus deseos, temor del oscuro lugar sin regreso adonde pueden conducirte.

 

Con lo único que Instetten no contaba era con que, cuando apareciera el seductor a quien había estado temiendo, su primer acto consistiera en arrebatarle a Effi la fantasía del chino. Quiere la casualidad, o la habilidad de este seductor, que en una de sus primeras conversaciones a solas con Effi salga a la luz el lado pedagógico de Instetten. Semejante tema dará pie a que el comandante Crampas, antiguo compañero de regimiento de Instetten y seductor en potencia de Effi, pueda desmontar la historia del chino, su presencia fantasmal en la casa. “Una mujer joven”, le dice Crampas, “es una mujer joven. Un consejero viaja a menudo por su distrito y la casa se queda sola. Pero el fantasma de un chino es como un ángel con su espada…”. En tan sólo unas frases, las fantasías que durante meses han acompañado a Effi como horizonte turbio, como secreta presencia, quedan reducidas a la simple intención educativa de su marido.

 

A partir de ese momento, la estrategia de Instetten se vuelve contra él. No sólo porque ha perdido al chino como aliado sino, peor aún, porque todas las horas que Effi dedicó a imaginarlo han multiplicado su necesidad de la doble vida. Las historias nunca son inocentes, trabajan siempre a favor de uno u otro significado. Recién llegada Effi a la provincia, el seductor habría encontrado a una joven con un teórico excedente de posibilidades frente a cuanto, por el momento, le ofrecía la vida real. Pero ahora que Effi ha convivido durante meses con un fantasma y una misteriosa historia de amor, el seductor tiene ante sí a una muchacha que ya ha elegido –en buena medida porque le han inducido a ello– acrecentar su excedente en lo imaginario (aun siendo cierto que la mujer entonces apenas tenía espacios para la acción). Effi ha elegido ser una esposa atenta y respetuosa con sus obligaciones. Y al mismo tiempo, invertir en su doble vida, soñar con haber sido raptada el día de su boda, con ser una muchacha que vive con la tentación de un chino apasionado hasta la muerte. La tarea del seductor deviene muy sencilla. Una vez desmontado el cuento del chino, le basta con dejarse ver, a la espera de que Effi ponga en práctica lo que ya no puede imaginar.

 

Así pues, Effi se entrega al comandante Crampas y lo hace en secreto, pues la doble vida imaginaria suele terminar provocando una situación de doble vida real. Sólo que en la realidad, en la existencia humana, una doble vida es imposible. Effi puede imaginar que está en los brazos de un chino y al mismo tiempo pedirle a Instetten en la mesa que le pase la sal. Y ese estado de crisis, de puesta en duda del mundo cotidiano, tal vez le haga llegar a alguna conclusión. Lo que Effi no puede, sin embargo, es estar de verdad en los brazos de Crampas y, al mismo tiempo, salir a visitar a un pariente con Instetten. En la vida real rige la aritmética y los minutos pasados con Crampas son restas de su tiempo en común con Instetten.

 

En plena historia de adulterio ascienden a Instetten y lo destinan a Berlín. Effi aprovecha la ocasión para romper con el comandante Crampas. En Berlín, su vida social cambia, aquel excedente que tenía en la provincia encuentra ahora bailes, recepciones, espacios donde gastarse. Cuando Effi se entera de que una de las criadas despegó la estampita del chino y la guarda en el interior de su portamonedas, apenas presta atención al hecho. El lugar del chino ha sido sustituido, en lo que Effi llama su conciencia, por el recuerdo de su aventura con el comandante Crampas.

 

La vida discurre, se diría, apaciblemente para el matrimonio durante siete años. Pero al terminar los siete, el azar y un percance doméstico hacen que sea preciso abrir, en ausencia de Effi, el costurero que ella cierra siempre con llave. Aparecen así, atadas con un lazo, las cartas que el comandante envió en su día, y se desencadena la tragedia.

 

Cuando el lector o la lectora llega a este momento de la novela, le surge la pregunta inevitable: ¿por qué ha guardado Effi las cartas, por qué, si sabemos que no sigue enamorada del comandante y que ni siquiera lo estuvo en el momento de la aventura? Resulta de gran ayuda para responder a la pregunta la aparición de cierto personaje secundario que, como la princesa Betsy en Ana Karenina, permite valorar narrativamente este acto de Effi. Se trata de la señora Zwicker, una mujer frívola con quien Effi pasa unos días en un balneario justo cuando se produce el descubrimiento de las cartas. Enterada de la peripecia, la señora Zwicker envía una carta a una amiga en donde dice: “Es realmente increíbe. ¡En primer lugar escribir cartas y billetes, encima, guardar los que le había escrito el otro! ¿Para qué existirán las estufas y las chimeneas?”.

 

La princesa Betsy, en Ana Karenina, es una adúltera que no pretende irse a vivir con su amante ni nada parecido, una adúltera tolerada por la buena sociedad porque con su adulterio no hace peligrar las reglas. En tanto que personaje, pone de manifiesto, como decíamos, que el delito de Ana no ha sido acostarse con otro hombre, pues hay una mujer de su mismo nivel social que lo hace sin merecer por ello la reprobación pública. Del mismo modo, la presencia de la señora Zwicker nos indica que el asunto que se dirime en Effi Briest no es tener o no tener secretos. La señora Zwicker ha tenido amantes y por tanto secretos, pero se ha limitado a quemar las cartas. Effi en cambio las conserva, las esconde, y ese acto es significativo. Las cartas son ahora el chino de Effi Briest. El delito de Ana Karenina no era haberse acostado con otro hombre, sino haber puesto en cuestión el statu quo de la alta sociedad, haber atentado contra la estabilidad reinante, exigiendo el derecho a cambiar de vida. El delito de Effi no será haber tenido una aventura, haberse entretenido, como hace de vez en cuando la señora Zwicker. Su delito es haber querido ser distinta y haber conservado esas cartas porque son la prueba de que pudo serlo, la prueba de que estuvo en otro mundo; la prueba, por tanto, de que hay, a su juicio, otro mundo, aunque ni siquiera le gustara demasiado ni anhele volver a él.

 

Existe en la novela de Tolstoi una complejidad que la extensión y el tono de Effi Briest no permite. Allí el contrapunto de la historia de Kitty y Liovin hace que no se juzgue sólo el derecho de Ana a cambiar de vida sino, digamos, a cambiarla en función de qué. En Effi Briest, por estar escrita con un foco más reducido, la complejidad se limita y actúa sólo sobre el grado de singularidad a que aspira la joven esposa de Instetten. Pues si bien Effi creyó estar en otro mundo, no deseó quedarse, no quiso ser Madame Bovary. Lo que ella conserva en las cartas es, de algún modo, su nostalgia del tiempo en que creía merecer un amor violento y desesperado, y esa nostalgia actúa todavía en forma de dolor: un dolor íntimo, intransferible, que limita siempre con la soberbia porque separa desde arriba, porque nos coloca por encima de todos los que ignoran la experiencia secreta que tuvimos, la tristeza profunda que nos causa.

 

Cuando el marido descubre las cartas y hace una lectura pública y no privada de las mismas, las reglas de la sociedad a que pertenece le llevarán a repudiar a Effi y a matar en duelo al comandante Crampas. “Guárdate de lo singular, o de lo que se llama singular”, le había dicho Instetten a Effi después que ella, tras haber oído la historia del chino y alguna otra historia de gente extraordinaria, expresara de esta forma su admiración: “¡Qué distinto es todo esto y qué vida más vulgar he llevado hasta ahora en casa de mis padres! No ocurría allí nada singular”.

 

La ficción es siempre, en cierto sentido, la crónica de lo singular y así hay, en toda historia, un elemento que nos separa de los demás, aun cuando las historias debieran ser, y son también, un camino para comprender que los demás son como nosotros. Ahora bien, la lectura solitaria viene a incidir sobre la idea de separación, viene a dar pábulo a la creencia de que es posible vivir una doble vida y ser, en esa callada dimensión, distintos, diferentes. Leer es, a veces, incidir en la fantasía de que para habitar otro mundo no es preciso intervenir en el único que tenemos, construirlo, transformarlo, sino que escabullirse es suficiente, dejar de estar aunque nadie pueda dejar de estar a no ser al morir.

 

Como Effi Briest, determinados grupos de personas de determinados países poseen, poseemos, un excedente con respecto a su horizonte vital, una relación deficitaria entre las expectativas y el futuro inmediato. Y por el momento siguen, seguimos, aunque duela admitirlo, ocupando el sitio de Effi, el sitio de quien no es dueño de su destino, el sitio de la conformidad o la ausencia de una actividad dirigida a modificar las condiciones de existencia. Recurren esos grupos, para sus vidas, a un chino que las impida apagarse en la provincia lúgubre. En las tardes de lluvia, en las noches de primavera anhelan oír la voz que murmura: se puede vivir de otra forma. Hemos colocado esta historia siempre en las condiciones de existencia de Effi y no en una tristeza individual motivada por un hecho único, pues no se trata aquí de la necesidad de acudir al chino ni a la lectura para curarse de una pena privada –otra sería entonces la novela, y otro el juicio– sino de una carencia general, común.

 

En lugar de la historia del capitán Thomsen y su nieta Nina, Instetten podría haberle dado a Effi una novela como Effi Briest, y entonces ¿qué hubiera pasado? Si en vez de las ambigüedades y las sugerencias y los grandes gestos ella hubiese sabido cómo fue Nina, las cosas que hacía el chino cada día, si barría o si iba a la compra, si el chino cobraba un sueldo o si sólo recibía del capitán alojamiento y manutención, ¿qué habría pensado Effi? ¿Qué sucede cuando una historia, una novela, es capaz de contener los motivos de los personajes pero además el lugar en donde están colocados, y junto a las grandes consecuencias de sus actos cuenta también las consecuencias menores, y no las cuenta sólo con respecto a un instante crucial sino que las cuenta en el tiempo?

 

Leer es también retirarse para tomar impulso. Miramos a quienes leen y quisiéramos saber qué historia están habitando, cómo es el chino que eligieron. Pues acaso sea humilde y les cuente que a menudo los humanos hacen sólo lo que no les quedaba casi más remedio que hacer. Si les cuenta que una chica como Effi, en un lugar como Kessin, ante la aparición del comandante Crampas casi sólo podía entregarse a él, y un hombre como Crampas apenas si podía dejar de seducirla, y un marido como Instetten al encontrar las cartas estaba prácticamente condenado a reaccionar de esa manera trágica y definitiva; si les cuenta eso, acaso les diga que los tres merecen su comprensión, pues el lugar en donde estaban colocados determinaba casi todas sus posibilidades; y puede que a pesar de todo el chino diga “casi” porque, como es humilde, no se complace en la fatalidad ni en la falta de salida del individuo aislado y dice: “casi sólo habrían podido hacer lo que hicieron pero nosotros en cambio, nosotros que conocemos sus historias, un día quizá sepamos comportarnos un poco mejor”.

 

Pero si en cambio el chino, en vez del casi o el quizá, tranquilamente dice: “No te preocupes, ahora que es por la tarde y llueve debes saber que en el doble fondo de tu maleta, en el doble fondo de tu vida tú mereces una experiencia única, tú eres más sensible que todos los demás”; si así ocurre tal vez haya que tener cuidado cuando leen y están como distantes, y están como quejándose. Cuando en una pareja uno de sus miembros le pide al otro: “Recomiéndame algo para leer”, a ese otro acaso le convenga preguntarse por la clase de chino que va a darle. Y esto que vale para una pareja vale a su modo, estimo, para una sociedad.

 

 

 

 

El secreto de Effi Briest (título de la edición original: Effi Briest). Traducción del alemán por  F. de Ocampo. Ediciones Destino. Barcelona, 1943.

 

 

 

Este texto, leído el 29 de marzo de 1999 en el espacio cultural La Fábrica, de Madrid, está incluido en la antología Rompiendo algo. Escritos sobre literatura y política, que con edición de Ignacio Echevarría, ha sido recientemente publicada por Ediciones Universidad Diego Portales de Chile.

 

 

 

 

Belén Gopegui (Madrid, 1963) debutó como novelista en 1993 con La escala de los mapas, que publicó la editorial Anagrama y que obtuvo un notable éxito de crítica y de público. A esa novela han seguido otras siete: Tocarnos la cara (1995), La conquista del aire (1998, llevada al cine por Gerardo Herrero bajo el título Las razones de mis amigos), Lo real (2004), El lado frío de la almohada (2005), El padre de Blancanieves (2007), Deseo de ser punk (2009) y Acceso no autorizado (2011)

Autor: Belén Gopegui