El fracaso de los chimpancés, lo que nadie te quiere contar

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El experimento Nim Chimpsky, realizado con la intención de averiguar si un chimpancé puede aprender el lenguaje humano, pone en entredicho la efectividad del método científico para responder a sus propias preguntas. 

 

Pocas veces nos preguntamos algo que nos interesa de verdad y luego buscamos la respuesta. Por lo general, nos quedamos, a propósito, a mitad de camino; dando vueltas y más vueltas y adornando los círculos que trazamos para no tener que enfrentarnos a la realidad. Es un vestigio del instinto de supervivencia. También se llama falta de valor, un rasgo distintivo del homo sapiens sapiens.


Pero nosotros somos los inteligentes, ¿no es cierto? ¿Por qué íbamos a eludir deliberadamente una respuesta que decimos que estábamos buscando? ¿Por qué íbamos a rebajar nuestro nivel de conocimiento? ¿Acaso no es eso lo que nos diferencia de los demás seres del planeta? No, lo cierto es que no, pero nos gusta contarnos un cuento de hadas antes de dormir.


“Si, por casualidad, otra clase de seres pudieran comunicarse con nosotros… A nuestro nivel, quiero decir… Lo que buscamos con el conocimiento es salir de la soledad humana, encontrar…”.


En realidad, ya lo dijo Lem, puede que no exista una especie menos interesada en conocer algo más allá de sí misma que la especie humana. Un egocentrismo tan exacerbado que para reforzarlo se lleva por delante la sangre de lo que haga falta.


Pero volvamos a jugar, ¿qué más da? Por ejemplo, ¿no sería divertido saber si un chimpancé puede adquirir el lenguaje humano mediante el aprendizaje? Podemos hacerlo más interesante para el público: nos ponemos intelectuales y le llamamos Nim; Nim Chimpsky, un chimpancé que demostrará que Noam Chomsky se equivoca y que el ser humano no tiene un dispositivo en el cerebro especial que le permite hablar casi de forma innata.


El experimento Nim pasó sin pena ni gloria por los pasillos académicos de las universidades hasta quedar rebajada a historia anecdótica que despierta a los universitarios adormilados de primera hora de la mañana. Pero merece la pena observar el lado de la historia que nunca se cuenta en clase.


Herbert Terrace, el que tira los dados esta vez, tuvo la idea en 1973 de preparar a un bebé chimpancé para averiguar si iba ser capaz de crear oraciones gramaticales (Terrace no, el chimpancé).


Para ello, le pidió a Stephanie Lafarge que adoptase una cría de chimpancé en su casa y le cuidase y tratase como a un bebé humano. Aquí comenzamos a ver el fenómeno extraño de apartarse de la realidad, de dar un círculo para escapar de la verdadera respuesta: ¿queríamos hablar con un chimpancé o con un niño humano?


En todo caso, el primate escogido fue retirado Centro de primates de Oklahoma en 1973 con solo dos semanas de edad. Cuando llegaron a recogerlo, su madre, que había vivido ya como le arrebataban seis de sus cachorros, acuna a su último bebé en la jaula que le han obligado a llamar hogar. Cuando vienen a llevárselo ella ya sabe lo que va a pasar.

 

Le tuvieron que disparar un tranquilizante y robarle a Nim antes de que se desplomase sobre él. Nim chillaba y protestaba mientras se aferraba a la persona que cargaba con él en ese momento con desesperación. Desesperación, sí. Todo el mundo sabe que compartimos el 99% de los genes con los chimpancés. ¿Por qué íbamos a edulcorarlo llamándolo tristeza cuando sabemos que es desesperación? No sabe lo que está pasando, solo sabe que tiene pánico.


La que iba a ser su madre adoptiva, Lafarge, reconoció años después que no tenía ningún conocimiento sobre chimpancés cuando adoptó a Nim. Tampoco consultó la decisión con el resto de la familia, ni nadie se puso aprender lenguaje de signos en serio para eneñárselo. Todo parecía una gran improvisación, una patética improvisación. Moldeaban su mano con el signo de beber y luego le daban 7up.


Le dejaron jugar a ser un niño dominante, a ir a su aire. Le enseñaron signos para pedir más alcohol u otra calada de marihuana. Dejaron que en su casa viviera la contradicción y le forzaron, al estilo colonialista, a adoptar una cultura humana a la que nunca iba a pertenecer en realidad. Poco iban a tardar en expulsarle. 


Pasado un tiempo, Laura-Ann Petitto, una estudiante contratada para el proyecto, descubrió como iban las cosas en casa de Lafarge y se llevó a Nim a la Universidad de Columbia con un plan estricto de investigación, con horarios, reglas y control. Le arrebataban, una vez más, de su hogar.

 

Una vez en la universidad, con el horario estricto y el calendario en orden, Nim comenzó a cumplir con el plan que habían elaborado para él. Según lo que escribieron los científicos durante todo el experimento, las palabras que aprendía crecían más y más rápido. Empezaba a juntar palabras unas con otras e incluso inventaba sus propios signos. Todos estaban emocionados. Nim les había regalado el acceso libre a su mente y lo único que habían tenido que hacer era arrebatarle su libertad.

 

Al mismo tiempo, Nim iba creciendo. Algo que, al parecer, los prestigiosos académicos de Columbia no habían tenido en consideración. Los golpes y los enfrentamientos se sucedían con cada vez más frecuencia y la diferencia entre unos y otros se convirtió, de repente, en algo evidente para los seres humanos. Una tarde Nim se enfadó y comenzó a golpear la cabeza de Laura contra el suelo hasta que cuatro personas pudieron pararle y sacar a la estudiante de allí.

 

Ante la imposibilidad de dominarlo, Herbert decidió que había suficientes datos para poder responder la pregunta ¿puede formar una frase un chimpancé? El Proyecto acabó así y Nim tuvo que volver al lugar donde había nacido. Ya no era necesario. Pero Nim no quería irse, después de cada enfrentamiento se había vuelto hacia su adversario para pedirle perdón.

 

Al llegar de nuevo al Centro de Primates, Nim se agarraba fuerte al hombre que le llevaba. Nunca había sido consciente de haber visto un chimpancé. Tuvieron que electrocutarle para separarle de la que había sido su última familia. Luego, le convencieron para que entrase en su jaula y le ataron. Nim aullaba e intentaba seguirles.  No sabía dónde estaba. Estaba en un lugar, de hecho, donde por el estrés de estar enjaulados los chimpancés se ahogaban unos a otros o se suicidaban. Nim ahora era un olvidado de todo pensamiento del ser humano, un esclavo más. Le apartaban con una picana eléctrica cada vez que se comportaba mal. Fregaba los platos mientras sus compañeros barrían o limpiaban las jaulas.

 

Herbert volvió un año más tarde para un rodaje y Nim se alegró de su vuelta como si le fuera a llevar con él. Al día siguiente no quiso comer, ni dejar de llorar.

 

Terrace, tras abandonar a Nim, sacó como conclusión que el chimpancé nunca había llegado a hablar. De repente, frases del tipo “Dar Nim plátano”, frases que ellos habían diseñado para el experimento, ya no eran válidas. Solo eran una simple cadena de palabras. Y así, sin más, le negó a Nim la capacidad de utilizar el lenguaje humano. Ya no iban a seguir investigándolo.

 

El chimpancé se dejó convencer para comunicarse con el hombre y el hombre se puso unos tapones para los oídos y no quiso escucharle. El chimpancé quiso saber si el hombre era capaz de aprender otros lenguajes que no fueran el suyo y para ello le regaló su mente abierta de todo corazón, sin restricciones. El humano se dedicó a salir huyendo y a dejar al otro animal en soledad.

 

De repente, en el centro donde había quedado olvidado Nim apareció el doctor James Mahoney, veterinario de investigación. Buscaba chimpancés para un laboratorio de medicina experimental, como experimentación de vacunas. Todos los chimpancés fueron vendidos al laboratorio; Nim también.

 

Según los propios investigadores, no hay manera de investigar con chimpancés y ofrecerles un trato digno o humano.

 

Nadie pudo evitar que fuera allí, ni sus cuidadores del centro de primates, ni el abogado Henry Herman que quiso representarle como un cliente humano, ya que le habían educado como tal. La familia que lo había criado tampoco consiguió nada porque ni se molestó en intentarlo.

 

Nim solo pudo salvarse de morir allí porque los medios de comunicación decidieron interesarse por él. El decano de la facultad de medicina, presionado, decidió liberarle y le llevaron a Cleveland Amory, un refugio para animales maltratados.

 

Allí pasó los últimos años de su vida. Era el único chimpancé en un refugio de equinos y se sentía solo. Se escapaba para ir a la casa del rancho y dormir en la cama. Su madre adoptiva fue a visitarle una vez. Pero Nim no se alegró de verla. Ella tampoco de verle a él, era demasiado adulto, dominante, independiente, chimpancé. Justo lo que nadie había querido que fuese nunca.

 

En 1995 se anunció el cierre del centro de investigación médica donde había estado Nim y los responsables del Rancho donde Nim se encontraba se propusieron rescatar el máximo número posible de chimpancés. Nim murió de un infarto en mayo del año 2000. Tenía 26 años.

 

Nim sabía hablar “humano”, sabía comer comida rápida y sabía barrer. Nim había intentado comunicarse. Formulaba sentencias aprendidas de la misma manera que la aprenden los niños, pero además tenía su propio lenguaje. Nim quiso salvar al ser humano de su solipsismo y, como consecuencia, le exiliaron de su especie, su familia, su hogar, su identidad y de una muerte digna en libertad.


Desde la licenciatura de Filosofía y el Máster en Lógica y Filosofía de la Ciencia, escribe e investiga sobre la ciencia, la ficción, el lenguaje y sus consecuencias. Escribe, da clases, edita libros, juega con el piano, el violín y la armónica y toma todos los días té con una onza de chocolate. Navegante del océano de la divulgación científica desde lo que nos atraviesa como personas. -Nací como de la obsesión por el infinito y mi sueño es tocarlo desde todos los puntos posibles-