El futuro también se juega en Transnistria, córner abiertamente prorruso de Europa

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En la calle Lenin del suburbio de Tirnauca, en Tiraspol, capital de Transnistria, un joven espigado, llamémosle Iván, aguardaba el pitido inicial con una bufanda amarilla y negra al cuello, sentado en la fila dos de las cuatro que tiene la grada. Amarillo y negro son los colores del Sheriff, equipo moldavo. Semanas atrás, sus jugadores se enfrentaron al Manchester United de Cristiano Ronaldo en un estadio casi repleto, pero ese día jugaban en el campo casi vacío del Dínamo-Auto contra algunos rivales que no tenían copia de su contrato, ni la certeza siquiera de haberlo firmado.

Eran las tres de la tarde, el Sheriff jugaba de visitante y el asiento de Iván, dos rígidas chapas soldadas, se parecía poco a los de esos grandes templos europeos, estadios FIFA en los que últimamente jugaba su equipo. El óxido trataba de igualar las cuatro filas de la grada, que a priori eran azules o blancas y parecían una estrofa de colores, un a-b-b-a que a duras penas rimaba. En la banda opuesta había una grada idéntica, y tras las porterías solo unos pinos jóvenes, una zona ajardinada y la casa-club separaban el césped de los cultivos a orillas del Dniéster. El pequeño bar estaba cerrado. Tampoco había taquilla, ni se vendían entradas. Los presentes sumamos cien, doscientas almas, y sobre el césped, el cielo azul era enorme.

Por eso, porque parecía un partido de barrio o de pueblo pequeño, uno al llegar saludaba, y aunque no hubiera una lengua común, allí respondían, sonreían, explicaban. Era la décima jornada de la Superliga moldava. El Dínamo-Auto, último clasificado con cero puntos en nueve partidos, recibía a las avispas del Sheriff, con un valor de plantilla varias veces superior a ellos, campeón de los últimos siete años y que llegaba como líder invicto. Desde hace unos años, ese era también el derbi entre los equipos de Tiraspol, aunque no se notara.

Transnistria es una estrecha franja de tierra a priori moldava y segregada de facto. Ella y Tiraspol lograron fama mundial en 2021 gracias al Sheriff. Tras varios intentos, el club se clasificó para jugar la fase de grupos de la Champions League por primera vez en dos décadas largas de vida. En Europa occidental, ese hito se veía con divertido exotismo dada la encrucijada política, hasta que, tras debutar ganando en casa al Shakhtar Donetsk, el Sheriff venció al Real Madrid en el Bernabéu. Meses después, el Real Madrid se coronó campeón de Europa ante el Liverpool tras remontar y eliminar in extremis al PSG, Chelsea y City, pero antes de aquello vio cómo, con tres puntos en juego, el Sheriff les ganaba en casa en el 89’.

Un año después de esa gesta, la euforia era otra en Tiraspol. En febrero de 2022, repescado como tercero de grupo para jugar la Europa League contra el Sporting de Braga, el Sheriff perdió el mismo día los penaltis y a su entrenador. Rusia había invadido Ucrania y Yuriy Vernydub, que es ucraniano, cruzó la frontera en busca de sus familiares y se unió a la defensa de Zaporiyia. Ya sin él, el Sheriff no alcanzó una nueva Champions, y la UEFA, temiendo que la guerra pudiera llegar a Transnistria, región abiertamente prorrusa, obligó a jugar los partidos continentales fuera de ella. Por eso, esta temporada el Sheriff empezó su Europa League en Chisinau, la capital moldava, perdiendo contra el Manchester United y contra la Real Sociedad. El United de Cristiano llenó 8 700 de los 10 400 asientos del estadio del Zimbru, el histórico rival del Sheriff, y la Real, que llegaba líder del grupo, 4 500. Unos y otros eran números bastante aceptables para un estadio moldavo. Esta vez les veían 200.

Moldavia es un país interior, pequeño y poco poblado, incrustado entre Rumanía y Ucrania. Tiene el tamaño de Cataluña y solo 2,5 millones de habitantes, esto es, tres veces menos, pero una diáspora de otro millón largo que cada vez migra más a Occidente. A ello se suma que el fútbol moldavo no tiene demasiado tirón. Durante la era soviética, equipos como Zimbru o Locomotiva Basarabeasca tenían mucho apoyo popular, y a veces un origen gremial, como el ferroviario, pero la caída de la URSS significó el final del apoyo público a los clubes y la compra de algunos de ellos por oligarcas. Luego, igual que en otros países, la retransmisión de ligas extranjeras llevó a muchos aficionados de las gradas locales al sofá y al cable.

“Mi padre era muy seguidor del Locomotiva Basarabeasca”, dice Iván. “Mucha gente en la ciudad lo apoyaba, porque jugaba solo con locales, pero el dueño murió y el con él el equipo, porque, como siempre aquí, nadie quiere invertir dinero en fútbol”.

El Sheriff es la excepción. Y es por eso, por ser la excepción, hoy no tiene rival. Curiosamente, tres días después de perder en Chisinau contra la Real, jugaba de visitante mucho más cerca de casa, en el suburbio de Tirnauca, tan cerca que en el horizonte se veía el flamante Sheriff Arena. Lo que sorprendía era no ver más seguidores. Iván cobra doscientos dólares por su empleo en una planta de papel y la mitad se le va en el alquiler. Para él, ese derbi, cercano y gratuito, era una oportunidad de ver en vivo a su Sheriff, pero en la grada reinaban las ropas oscuras. No conté más de cuatro personas de amarillo y de negro, y más extraño aún, a nadie con los colores locales.

El caso del Dínamo-Auto, me explicará en un correo Natalia Donets, es complicado, porque su estadio queda a desmano y el club, que no se ha promocionado demasiado, acumula años con problemas financieros. Pero ella tiene esperanza. Es periodista deportiva moldava y coordina un proyecto de la UEFA para el desarrollo y la participación de comunidades locales que se implantó primero en Estonia. Entre otras actividades, los clubes deben llevar a futbolistas a escuelas para que impartan educación física, o idiomas si son extranjeros, o bien hacen trabajo con refugiados, a la vez que nombran a un encargado para desarrollar la participación de la comunidad digital. Y tras Estonia, el proyecto llega ahora a Moldavia.

Aquel día, al pitido inicial no le siguieron gritos ni cánticos, solo un par de aplausos que no alteraron demasiado la tarde en Transnistria con sol tenue de octubre. Algunos aficionados más verían el partido en la web de la Federación. El equipo de la FMF, que retransmite en streaming los partidos a ambas orillas del Dniéster, grababa desde la cuarta fila y la altura extra que aportaba un andamio. La temporada pasada, cada vez que hubo derbi, el Dínamo-Auto se llevó siete goles. Si el Sheriff no marcaba pronto, podía abrirse un poco el partido.

 

La irrupción del Sheriff y qué significa

De momento, visitar Transnistria es mucho más fácil de lo que parece de lejos; lo imposible es irse de allí sin haber oído nada del Sheriff. Quien más reniegue del fútbol se dará de bruces con su nombre por aquí y por allá, y con su escudo –su insignia, una estrella amarilla– en las bolsas de plástico o en la factura de casi cualquier supermercado. Si echa gasolina, repostará en Sheriff. Y aunque no sea cliente, lo verá en una empresa de seguridad privada, uno de los principales bancos, una compañía de telefonía o una agencia de publicidad. Si visita la fábrica de coñac Kvint, la actividad más promovida entre el poco turismo que llega a Tiraspol, sepa que también es de Sheriff.

El Sheriff –se cuenta que así lo conocían a él– es el propio Victor Gushan, no el más conocido exagente de la KGB, pero sí uno entre ellos. Gushan, ruso-moldavo, creó un emporio tan grande de empresas que ni las finanzas ni la política transnistrias se entienden sin él. Y dentro de él, el F. C. Sheriff, que fue fundado en 1997 a partir de otro club local, es su cabeza visible, no tanto un negocio como una muestra de la viabilidad del emporio y, de paso, de toda Transnistria.

La investigadora Melissa A. MacDonald vivió un año en Moldavia, y en la tesis que publicó en 2015 explica a detalle la compra de clubes por la nueva oligarquía postsoviética. Las divide en dos clases: las de aquellos magnates que compraron clubes occidentales y las que aquellos que optaron por equipos del este y en territorios de la antigua URSS. Ella defiende que, mientras los Abrahamovic y compañía construyeron proyectos lucrativos que manejen libremente teniendo en cuenta, de algún modo, los valores de su masa social, comprar un equipo en el espacio postsoviético significó aceptar las reglas del juego, alinearse con el poder existente, por lo general el Kremlin, y abonarse a su modo hacer política.

En Moldavia, las cosas son aún más complejas. En Chisinau, durante la visita de la Real, los ruidosos ultras del Sheriff copaban el extremo de un fondo en la segunda bandeja, mientras, justo enfrente, en tono mucho más jaranero, se hacían notar dieciséis donostiarras. Ni ellos ni yo teníamos claro el apoyo capitalino al equipo transnistrio, cuya franja se había desgajado en 1992 tras meses de guerra con el estado moldavo, pero en el prepartido, dos fans de Chisinau, birra en mano, lo confirmaron. Aun divididos entre proeuropeos y prorrusos, contaron ellos, muchos moldavos, incluso los étnicamente rumanos, comparten la nostalgia soviética y disfrutan de gas ruso barato. Pero, sobre todo, los moldavos animan al Sheriff porque es el mejor equipo del país y el único que les hace llegar el fútbol de élite. El Sheriff devolvió al mapa del fútbol a un país que en 2022 ocupaba el puesto 174 en el ranking de la FIFA, entre Granada y Nepal, y que tiene como mayor hito una victoria parcial sobre Gales en 1994. El orgullo por el complejo deportivo del Sheriff es el de muchos moldavos, e incluso la selección moldava ha jugado allí más de una vez. Su academia de fútbol ha formado a muchos jóvenes de todo el país, no solo transnistrios, y la victoria en Madrid la gritaron muchos que se autodefinen moldavos, entre ellos Iván.

Iván dijo que a él no siempre le gustó el fútbol. Que fue su padre quien, al desaparecer el Locomotiva, comenzó a seguir al Sheriff y a insistirle en que acabaría por gustarle. Iván tiene raíces moldavas, pero también rumanas, rusas, ucranianas, polacas y turcas, y en casa siempre habló ruso. Su moldavidad no impidió que hace siete años, cuando se mudó a Transnistria para estudiar, se volviera fan del Sheriff, tanto que incluso fue un ultra más. Durante dos años vio el fútbol a través de esos ojos. Finalmente, sus muchas raíces le provocaron sed de mundo, y conocerlo implicaba que no siempre asistiría a los partidos de casa.

 

—Cuando el Sheriff ganó al Real Madrid yo estaba en Turquía de vacaciones, y cuando jugó contra el Inter, también. Años antes, un amigo me había conseguido un trabajo como profesor de inglés en un jardín de infancia en China. Trabajé un año con visado de estudiante, y como allí logré ahorrar, he podido viajar algo. Fui a Barcelona, a Turquía. Volví para el último partido en casa, que fue contra el Real Madrid. Con las entradas agotadas, aún podía tratar de conseguir una vía los ultras, pero me dijeron que el jefe no quería verme.

 

Su razón principal para salirse, aparte de un talante visiblemente más calmado, era que los ultras, además de apoyar el separatismo de Transnistria, en cada partido gritaban y coreaban su odio a Moldavia. Iván, con todas sus raíces, había nacido moldavo. Él explicó que no quería cantar aquello y ellos, a cambio, le abrieron la puerta.

—Dije que no era un problema, que lo dejaría. No quería tener que hablar mal de mi país para apoyar a mi equipo. Y para apoyar al Sheriff y a Transnistria debía ir a todos los partidos.

 

Dínamo-Auto: a ‘sheriff’ no llega cualquiera

Antes de empezar el choque, cuando los jugadores del Dínamo-Auto saltaban al campo para entrenar, me acerqué a un hombre de chándal azul con el escudo del club y aspecto de preparador y le pregunté por Marcos Ondo, el primero de los cuatro ecuatoguineanos que constaban en el equipo en Transfermarkt, la base de datos de referencia en el fútbol europeo.

 

—Cuatro, o cinco, o seis… –dijo él, amable, y casi poniendo letra a un largo suspiro–. Dependerá de las licencias. Podrás hablar con Marcos, estará en la grada durante el partido.

 

Marcos Ondo estaba sentado en la última fila, no lejos de Iván, aunque él hubiera querido estar en Fuente el Fresno, Ciudad Real, o incluso en Madrid con su abuela. Seguía el partido apoyado en su respaldo bajo una gorra roja de los Yankees, unas gafas de sol negras y un pantalón corto y ancho con motivos de los Lakers. Quieto, en silencio, no era fácil saber a dónde miraba, pero se diría que Marcos estaba esperando. En su país, jugaba para el Cano Sport Academy, un club de Malabo que al poco de fundarse ganó la liga local pero que, en lugar de fichar a jugadores experimentados, los elige, los tecnifica y les ayuda a dar el difícil salto a Europa. Como campeón nacional, llegó a la segunda fase de la Champions africana contra el potente Al Ahly egipcio, y Rodolfo Bodipo, el ex de Recre, Racing, Dépor o Alavés, lo llevó a La Roja africana. Tuvo suerte, porque llegar a Europa sin pasar por La Academia es difícil. La temporada anterior había debutado en la U. D. La Fuente, de la primera manchega, un club que sería un trampolín porque estaba convenido con el Villarrubia, de tercera. A mitad de la liga, los clubes rompieron relaciones y su pase quedó truncado.

En marzo de 2022, el Dínamo-Auto se puso en contacto con La Academia a través de un agente camerunés. Habían visto los vídeos de Marcos contra el Al Ahly y enviaron una carta en la que preguntaban por él. Él prefirió terminar la temporada en Fuente el Fresno. Después, en Malabo pensaron que la opción transnistria podía ser la mejor y Marcos estuvo de acuerdo.

Para entonces, las cosas ya andaban mal en Tirnauca. El Dínamo-Auto fue fundado en 2009 por el director de la inspección técnica de vehículos de la policía de Tiraspol y aprovechó el vacío que dejó el Tiligul-Tiras, que, aunque con diversos nombres, había sido el equipo más antiguo de Moldavia. En su corta historia, el Dínamo-Auto se privatizó y también cambió dos veces, pero de dirección, la última de ellas en verano de 2022 con una acusación formal de la FMF por amaño de partidos. De la plantilla anterior –todos moldavos– no quedó ningún jugador. Tampoco Igor Dobrovolski, ex del Atlético de Madrid, que lo había entrenado por más de tres años. Los dueños ofrecieron el club a una agencia azerí, Pelican, que estudió la oferta y la aceptó. Después, Pelican anunció que usaría el club para forjar a sus representados.

Los nuevos gestores respondieron que sí, que aún había interés en Marcos, y contaron el plan al agente: un equipo fuerte que pelease por llegar a competición europea. Marcos firmó un papel y llegó a Tirnauca junto a tres compatriotas, José Sipi, Javier Mum y Fede Nguema. A Nguema, Marca lo había anunciado en 2015 como fichaje juvenil del Mallorca, pero su suerte cambió cuando se partió en tendón en un partido.

En ese momento, en la web del Dínamo-Auto aparecían cuatro ecuatoguineanos, ocho gaboneses y tres moldavos, además de uno o dos tayikos, turcos, guineanos, marfileños o nigerianos. Sobre el césped, los africanos eran clara mayoría, y también en ambos equipos. Entre los héroes del Bernabéu no hubo moldavos ni transnistrios. Al terminar esa temporada, las estrellas del Sheriff salieron hacia ligas más pujantes (sólo quedaba en la plantilla Julien, un trinitense) y el club rehízo una plantilla que hoy reúne a 27 extranjeros. Quizás, mantener a algunos jugadores locales hubiera podido aportar algo de arraigo comunitario a los clubes. El Dinamo-Auto firmó a 18 extranjeros. El resto de equipos, excepto el Zimbru con nueve, no pasaban de cinco, pero quedaban lejos los tiempos del Locomotiva, el Athletic moldavo.

Lo primero que me llamó la atención del Dínamo-Auto fue saber que tenían cero puntos con un partido ganado y tres empatados. Cuando trataba de entender con Marcos por qué, un jugador del Sheriff ganó un duelo, retuvo el balón, hizo una gran carrera y dio un pase de la muerte para que el marfileño Outtara marcase. Se oyeron algunos aplausos, un par de gritos, un tímido uuuh. Marcos siguió hablando como si nada.

 

—Al ver que llevábamos dos partidos empatados y cero puntos, preguntamos por qué. Cuando llegamos, a mis compañeros les dijeron: mirad, nos van a quitar seis puntos, porque la campaña pasada hubo una mafia entre los directivos. Ellos sabrán, a nosotros no nos constaba, pero se sancionó al equipo.

 

En 2020, una investigación a gran escala en conjunto con Europol y con UEFA encontró sospechas de amaños en veinte partidos, en cinco equipos de primera e incluso en federativos. El problema venía de lejos y en 2021 la FMF anunció una política de tolerancia cero. Contrató a Starlizard Integrity Services, una empresa londinense que detecta irregularidades mediante análisis de datos e imágenes, y el FC Floresti, que perdió seis puntos, fue descalificado. En mayo de 2022 la gestión de la FMF obtuvo el certificado ISO, y en julio, de nuevo, se supo lo del Dínamo-Auto. En Moldavia, el salario medio en 2021 fue de 421 euros (en Transnistria, de unos 250 euros), frente a 1751 €¡euros en España o 3003 euros en Alemania. Sheriff aparte, los salarios de los jugadores son también bajos, y a ello suele ligarse la corrupción en el campo. Y aunque el Dínamo-Auto se rehízo casi de cero –y tres exjugadores fueron expulsados y vetados–, la FMF decidió mantener la sanción de seis puntos.

Marcos acababa de cumplir 22 años, y la palabra mágica, lo que él y todos los Marcos tratan de logran en esos años decisivos, es estabilidad. Él sabía que no era algo que le aguardase mañana. Acababa de salir de una lesión de rodilla, aún no tenía ficha y no sabía si la iba a tener, porque tras ese partido solo quedarían cuatro de la fase regular. Creyó debutar ante el Zimbru, el entrenador le dijo que él jugaría, pero luego se enteró de que algunos de sus propios jugadores no tenían licencia. Cuando supo que, además, algunos no cobraban, no lo podía creer. Según Marcos, el problema era que el director técnico representaba directamente a algunos de ellos. Eso dañaba al equipo y a los no elegidos. Él estaba tratando de entender su propia situación, porque aquello que había firmado al venir, dijo, solo fue la declaración de que no estaba inscrito en otro equipo.

 

—¿Pero entonces, no tienes contrato?

—Que yo sepa, no firmé ningún contrato con esta gente. Nosotros cuatro no tenemos ningún documento que diga que estamos recibiendo nada y estamos preguntando si la federación lo sabe. Estoy en mi derecho de saber qué está pasando, pero quieren que trabajes y te olvides del dinero. Si se me gastan los guantes, si se gastan los botines, ¿quién me los compra? Desde niño yo nunca he visto algo así.

 

Según Natalia Donets, no podía haber jugador sin contrato, pero a veces los clubes no daban una copia a sus jugadores, y entonces ellos debían acudir a la federación. Quise mostrarle un dato a Marcos, le animé a que lo buscase en su móvil, y entonces explicó que el wifi de la residencia no llegaba hasta allí. En Transnistria, uno de los territorios más baratos de Europa, Marcos tampoco tenía tarjeta de móvil, y al parecer, al club tampoco le importaba mucho.

 

—La historia no es nada nueva para mí ni para los otros tres. Intentamos animarnos entre nosotros, porque a veces uno se deprime y por la rabia hace cosas. Y ya es suficiente por ahora. Lo que intento inculcar a mis compañeros y a otros que hemos encontrado aquí es que olvidemos los problemas y nos centremos en lo demás. Es importante la experiencia que vas acumulando, pero cuando pierdes el tiempo de una forma que no esperabas duele demasiado.

 

El árbitro señaló el descanso, y entonces me convertí en cazador cazado. Un reportero de la televisión transnistria, un señor mayor con muy buen inglés, había querido entrevistarme, y ahora, frente a la cámara, me preguntaba si veía opciones al Sheriff de ganar en San Sebastián. Sin mucha idea de qué contestar, aclaré que yo era un curioso, para nada un experto. Incapaz de dar buenas respuestas, dije que fútbol es fútbol y que quién sabe. Entendí a los jugadores que, extenuados, recurrían a tópicos, pero el caso es que el Sheriff, con varios jugadores principales, solo ganaba 0-1 al descanso. Y cuando el periodista preguntó qué liga creía mejor, si la española o la moldava, me pareció que solo quiso probar mi elegancia al decir lo más que obvio. Me enrollé de más. Lo habríamos podido dejar en dinero y tamaño.

Desde que se fundó en 1992, el fútbol moldavo ha probado de todo para ser más atractivo. La Superliga se ha disputado bajo cuatro nombres distintos, con doce equipos, con diez o con los ocho de ahora; se ha jugado de abril a noviembre y también de julio a marzo, con una ronda de ida y vuelta, también con dos y con sistema de play-offs; con descensos directos, sin descensos pero con play-offs para ver quién se queda. En tres décadas ha habido cinco campeones, hasta el 2000 casi siempre fue el Zimbru, y desde entonces casi siempre es el Sheriff. En medio, tres equipos se repartieron las migas, tres ligas, y dos de esos tres ya no existen. El que sí, el Milsami, ha tenido cinco nombres distintos desde que surgió en 2005, y el actual subcampeón, el Petrocub, va por ocho desde 1994. En 2010, cuando se llamaba Olimpia, el CSF Balti se hizo famoso por otro motivo: subastó un lugar en su plantilla por una temporada con la promesa de jugar al menos un partido en Europa. A la hora de pagar, el supuesto ganador, un empresario brasileño, negó que él se hubiera inscrito.

Valentín, otro periodista presente en la grada, me había explicado la distancia sideral entre el Sheriff y los otros equipos, y para ponerme en contexto contó una anécdota que corría entre la prensa local: “Cuando jugaron contra el Manchester United, dos jugadores del Sheriff pelearon por la camiseta de Cristiano. No sé cuánto, pero se pelearon”. Se la llevó Pernambuco, un chaval de 24 años que no ocultó su emoción a los medios. Según él, lo había pactado con Cristiano en el césped, pero luego tuvo miedo de que otro se la llevara.

En Transfermarkt, el valor de la plantilla del Dínamo-Auto se calculaba en algo menos de 0,15 millones de euros, cien veces menos que los 15 millones del Sheriff, que a su vez eran cincuenta veces menos que los 752 del Manchester United. Los 73 000 asistentes de media en Old Trafford son más que la suma de toda la temporada moldava. En la presente, al Sheriff Arena promedia 650 espectadores. Aunque ya se ha visto que no necesita de grandes audiencias ni patrocinadores ajenos, su caso es una excepción en Moldavia. Marcos dijo que, sin moverme de mi sitio, yo mismo podía comprobar allí las posibilidades de unos y otros:

 

—Solo con los cuerpos ves mucha diferencia. Aunque no quiera, uno que vea dinero trabajará. Sabe que otro le puede ganar el puesto y se nota en cómo trabaja.

 

Los locales mantuvieron cierta posesión en la segunda parte, y se aplicaron con más contundencia, aunque no fueron capaces de crear peligro. Marcos, perfectamente audible desde la grada, apretaba a sus compañeros en castellano, y Nguema animó a presionar al árbitro. El Sheriff llegó un par de veces con dos balones al poste, pero el 0-1 siguió hasta el final. Las avispas respiraron. Quedaron lejos los 0-7 y 7-1 del año pasado, porque el Dínamo-Auto tuvo orgullo o porque en el Sheriff, ya dijo Iván, estaban a malas con su entrenador.

Todos se retiraron hacia vestuarios. Los del Sheriff, en culote y camiseta, caminaron con sus mochilas hacia el moderno autobús amarillo que esperaba, como tras un partido en el cole, para llevarlos al Sheriff Arena. Cédric, el 10 burkinés del Sheriff, atendió a la prensa y firmó un par de autógrafos, algunos a los niños recogepelotas del Dínamo-Auto, que difícilmente imaginaban la vida compleja que llevarían en esas mochilas. Días después, en mala racha, el Sheriff perdió en Anoeta, en su visita al Petrocub y en Old Trafford, y despidió a su técnico.

Ese día, Marcos Ondo se fue directo a la casa-club. El Dínamo-Auto acabaría la liga regular con cero puntos, acusaciones de impagos y una investigación abierta. Azimov, su entrenador, se iría en diciembre y el capitán, Nathanael Mborou, iba a ser acusado, sin mucha claridad, de haber agredido a un compañero con un cuchillo cuando denunciaba los impagos. En las redes, varios fans cargaban las tintas contra la agencia Pelican y sus opacos negocios. Mientras Iván recibía el OK para tramitar el pasaporte rumano que le permitiría buscar trabajo en Irlanda, varios jugadores dejaron Tirnauca (algunos, según dijo Mborou, esperando que sus familias les comprasen un vuelo), entre ellos Nguema y Ondo, al que ansiaban de vuelta en la U. D. La Fuente. A la vez, más africanos, esta vez marfileños, llegaban al club para disputar desde marzo una liguilla por la permanencia, el último tren para evitar el descenso. En los medios, ellos hablaban del Sheriff en lugar de su equipo y agradecían la ocasión de jugar en Europa.

Pablo Zulaica Parra nació en Vitoria-Gasteiz, País Vasco, España en 1982. Expublicista a tiempo completo, se convirtió al periodismo narrativo y a la crónica de viajes, profesión que ejerce como independiente y compagina con algo de publicidad y con charlas sobre redacción e imagen, una extensión de su proyecto callejero Acentos Perdidos. Viaja cuanto puede, y si por él fuera lo haría siempre en tren, en bicicleta o a pie. Antes de echar raíces en Ciudad de México en 2007 vivió en España, Holanda y Argentina. Ha publicado en prensa de varios países. También ha firmado el cuento Los acentos perdidos (Lumen, 2010) y un relato en la antología viajera Inquietos Vascones (Desnivel, 2013).