El gallo

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En la noche pronto fue abriéndose paso la inaplazable euforia en la barra, en la pista y en las butacas. Se iban montando pequeños grupos en alegre tertulia y a las tres de la madrugada me senté solo para admirar el espectáculo más maravilloso de la vida, que es el espectáculo de los amigos, y alguien se sentó junto a mí y me dijo: “Conocí a un gallo”.

 

J. me cuenta que ha empezado a hacer una sustitución en el instituto de un pueblo de Lugo. Me dice que lo lleva mal porque da clases de gimnasia y tiene que ponerse el chándal, así que se siente un poco ridículo y también un poco yonqui. Pero le pregunto por cosas serias: las repetidoras y las profesoras. Sobre las alumnas no contesta: necesita un whisky más, parece reprenderme con la mirada. Pero a lo segundo responde con un gesto de gravedad, y antes de que lo diga alcanzo a comprender la magnitud del problema. Efectivamente: el gallo y su lucha histórica con el nuevo. Un conflicto que tiende a eternizarse. El gallo como padre protector de las pollitas, airado por la presencia de un joven polluelo libertino que amenaza su corral. “Es un gallo de pueblo, fuerte, alto, sano, que va directo. Se alborotó nada más verme. A los pocos minutos de presentarnos me lo crucé por el pasillo y le grité. ‘¡Adiós, Evaristo!’ y me apartó la cara. Un gallo con huevos”.

 

Su relación siguió así: una de cal y una de arena con mi amigo desconcertado. En las salas de profesores el gallo se rodeaba de su cortejo dando sus particulares clases magistrales de la vida y J. lanzaba miradas temerarias a las muchachas: la batalla ya era a pecho descubierto. “Una vez comimos juntos. Nosotros nos pusimos a un lado de la mesa y dos profesoras enfrente. Yo empecé mal: no había sacado dinero y pagaba él. Por supuesto dio a conocer este detalle en la mesa como quien no quiere la cosa y luego abrió los codos hasta el infinito, se echó el corpachón para adelante y me cubrió por entero. No se me vio en toda la comida. Después de acabar con su plato se puso a picotear en el de las chicas. Lo que me estaba diciendo es que a sus gallinas sólo las tocaba él”. “Otro día», me dice, «salió del instituto con su descapotable y dos profesoras dentro. No sé cómo lo hizo, pero se fue cruzando conmigo por todas las calles del pueblo. Hubo un momento en el que me gritó desde el coche algo de unos apuntes. Yo no escuchaba bien, y lo repitió. Como tampoco lo di escuchado, me acerqué corriendo hasta el coche y él arrancó de repente e hizo un gesto de ‘déjalo, anda”.

 

Le dije a J. lo que pensaba. Que ese hombre llevaba años dominando el instituto y que lo mejor que podía hacer era acabar su trabajo y salir pitando. Y él levantó la mirada poniendo su mano sobre mi brazo: «Mira: el sustituto va acabar follándose a las pollitas. Y a lo mejor también al gallo».