El gordito

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No sé cómo llegó a llamarse así. Tal vez por su tendencia a reventar las camisas, con su pancita que iba y venía con los partidos de tenis y las dietas esporádicas de mi madre que lo conservaba en forma. Mi padre llegó una vez a Nueva York y ya era «el gordito».

 

No lo veía en cuatro años. Quienes han estado lejos de su familia por mucho tiempo saben la gran distancia que existe entre la imagen de una pantalla de una computadora y el abrazo real. Mi padre, por cuatro años, fue ese último abrazo que nos dimos en el aeropuerto Jorge Chávez antes de embarcarme hacia Europa. Ni los correos ni las llamadas telefónicas, ni las fotos que fueron y vinieron, reemplazaron a ese abrazo final de la despedida. Verlo otra vez en Nueva York, en su primer viaje fuera de Sudamérica, trajo de regreso la imagen de mi padre. Porque no sólo es la vista quien es engañada por los pigmentos y los pixels: la vida real tiene otro color. También se le engaña a la memoria, que con la distancia del tiempo, tras un nuevo encuentro, recupera su versión multidimensional con el tacto, el olfato y otras experiencias multisensoriales. Como la del modo de caminar con sus pantalones anchos y desparramados, los tics al hablar, la forma de peinarse, o sus gestos ante el agua caliente o fría de la ducha.

 

En su primer viaje a Newyópolis, el gordito empezó a ser, otra vez, todo aquello que mi memoria había olvidado o transformado. Empezó a convertirse otra vez en mi padre.

 

Yo aún vivía en una habitación en Brooklyn donde el sofá-cama, al convertirse en cama, ocupaba todo el cuarto; así que tuvimos que compartir el sueño durante todo un mes. En ese mes lo vi cocinar, quejarse, mirar el paisaje impresionante de los rascacielos mientras nos alejábamos en el ferry hacia Staten Island y decir «yo creía que esto era más grande». Lo vi perderse al caminar dos cuadras alrededor de mi edificio y escuché sus múltiples comentarios de disgusto ante las mil y una súper gordos y gordas que se nos cruzaban en los buses, trenes y largas caminatas de nuestra gira entre los vericuetos neoyorquinos. Cuando le pregunté si había algo que tenía muchas ganas de hacer, el gordito me dijo que siempre había tenido ganas de comerse un hot dog en Manhattan. Al parecer los recordaba de algún filme (mi hermana casi enloquece cuando le compré comida china para que la coma en cajita, «como en las películas»). Asi que llevé a mi padre a Times Square, y nos comimos un perro caliente de carretilla con mostaza mientras caminábamos por Broadway en dirección a Bryant Park.

 

El nuevo idioma nunca fue un problema para él. Jamás había necesitado el poco francés que aprendió en su colegio. En Nueva York, mi padre se las ingenió para conversar en español con policías, vendedores, meseros, conductores de metro, vagabundos y transeúntes. Escuchaba las respuestas en inglés y, asumiendo que el truco consistía en extender su paciencia, volvía a la carga en español. De alguna manera conseguía los datos que quería. El caso más extremo de sus súper poderes fue una conversación de casi una hora con una chica de Malasia y un muchacho ruso que encontramos en una despedida organizada en el bar McSorleys. El ruso estaba estudiando ingeniería de puentes y, desde su perspectiva de ingeniero civil, mi padre expresó sus conceptos y convenció al ruso de dos o tres cosas importantes. «Your father is very smart and very funny» dijo la chica malaya y el ruso escuchó y se rió de buena gana (las conté: cuatro veces, a carcajada limpia) de los comentarios sarcásticos de mi padre.

 

El gordito conoció Manhattan, Brooklyn, el Bronx, Staten Island y Queens. Organizamos un viaje relámpago a Massachusetts donde nos tomamos una cerveza en Boston y otra en Cambridge, al lado de Harvard. Lo llevé a mi trabajo de los fines de semana y lo hice conducir una inmensa Hummer. Se fue a Washington DC por su cuenta y, por obra de magia, fue y volvió interrogando a los encargados del transporte y me esperó en la casa despierto, después de haber tomado ese día un bus de Washington hasta Chinatown y hecho dos conexiones en el tren subterráneo. Le presenté a mis amigos y amigas y todos coincidieron en que el gordito era encantador. Por supuesto, se fue a Lima y allí se desvivió durante algunos meses contando detalles de la vida neoyorquina, impresionando a propios y a extraños con su sentido de orientación en Manhattan, con sus  conocimientos de primera mano y sus comentarios sobre las tallas, los pesos y los colores que se pueden ver en esta ciudad.

 

Una vez en Lima me sorprendió al decirle a un grupo de familiares que lo que más le había gustado de Nueva York había sido el Met (mi padre es un buen ingeniero, no muy amigo de los museos, no muy amante del arte). Al momento de decir eso, agregó: «al frente de sus escaleras venden unos hot dogs buenazos».