El grupo al que pertenezco

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Yo sé muchísimas cosas, muchas más de las que tú crees. Lo que pasa es que el 80 por ciento de las cosas que sé no sirven para nada. Nadie me va a nombrar nada ni a pagar más por saber que Manlio Boeccio fue el primer filósofo y humanista que dio una definición cabal, lógica y racional de lo que es un ser humano, allá por el año 990 de nuestra era. Y, por supuesto, eso tampoco me va a ayudar a echar un mísero polvete sin pagar, aunque sea con un cuatro. Soy un producto típico de la educación pública, cursada en un colegio de barrio, de una ciudad pobre, en la época tardofranquista. El instituto en el que estudié BUP y COU tenía más nivel, pero tampoco era para echar cohetes. Sin embargo, en ese instituto aprendí una cosa que no se me ha olvidado nunca, siempre la tengo muy presente y la considero una de las pocas cosas importantes y útiles que sé a ciencia cierta. Y, curiosamente, me la enseñó un cura, el único cura que, casualidades de la vida, me dio clases unos días para cubrir la baja de una hija de puta que engendraba un diablillo.

 

El curilla era un personaje curioso: sotana raída y sucia, boina del país siempre calada y ladeada, olor a pis, la sonrisa mágica de quien conoce el camino y salivilla eterna en las comisuras de los labios. Pero bueno, que te voy a decir, ¿quién no sabe cómo es un cura típico? Yo tenía dieciséis años y estábamos en clases de Filosofía. Un  par de colegas bien gamberretes querían gastarle alguna broma pesada al curilla, que era el delegado provincial de Educación, cosa que, por otro lado, nos la traía bien floja. Como yo era el enteradillo de la clase me pidieron que le hiciera alguna pregunta para entretenerle y que les diera la espalda. Creo que aquellos cabrones querían prenderle fuego a la sotana. Te juro mil veces que por más que lo he intentado no consigo recordar qué cojones le pregunté a aquel buen hombre. Primero me soltó una especie de charleta o explicación preliminar que no entendí muy bien y luego me dijo: «Mira chaval, de los seis mil millones de personas que hay ahora en el mundo, independientemente de cuál sea la raza, religión, color de la piel, su nivel cultural o económico, o el lugar donde hayan nacido, todas pueden clasificarse en tres grupos o clases y es la clasificación más básica e irrefutable que se pueda hacer. Hay un primer grupo de personas que, ante la muerte repentina y trágica de un ser querido dicen: señor, hágase tu voluntad. Son los creyentes, no importa de qué religión. Hay un segundo grupo de personas que, cuando se encuentran ante esa situación trágica de pérdida de una persona muy querida, dicen: qué le vamos a hacer. Esos son los ateos o agnósticos. Y hay un tercer grupo de personas que cuando sufren una situación así, sólo dicen: ¡me cago en Dios! 

 

Sabes que yo viví una situación trágica e inesperada una vez en mi vida, seguramente como tú y otros muchos. Te lo conté en «El mejor amigo del Zar«. Desde entonces sé muy bien a qué grupo pertenezco.

2 COMENTARIOS

  1. ¿Esto no es una versión del
    ¿Esto no es una versión del chiste del pirómano hijoputa en el confesionario?
    Estás fatal: el colegio, los curas, el sexo y la muerte en el mismo artículo, carne de psicoterapia vamos (el que lo pobó lo sabe)

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