El guardián de la fotografía

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Desnudar a un Madelman es una utopía. Al quitarle las botas y el uniforme, puede quedarse sin pies, pero no sin ropa interior que lo cubra. El guerrero desnudo no produce miedo, bien al contrario, inspira deseos de posesión en sus dueños. Parece que los puritanos fabricantes de estos muñecos, cuentan con que puedan desatar fantasías homo eróticas en los niños que jueguen con ellos.

 

Contar con un ejército personal en casa, y convivir con todo ese harem de marines uniformados a tus órdenes, tienta a las mentes siempre curiosas de los niños. En una serie de TV norteamericana, el protagonista gay del relato, confesaba que cuando jugaba de pequeño con sus madelmanes, siempre terminaba montándoles un Consejo de Guerra, del que salía un condenado, que para expiar sus culpas, debía quedar desnudo ante el resto de sus compañeros. Pues nada, eso se ha terminado. A los madelmanes ya no puede desnudárseles por completo, siempre quedará un slip y una camiseta, para ocultar sus miembros más deseados.

 

Consciente Faba del valor de los reportajes fotográficos que tomaba a diario en la construcción de la Huerta del Retiro, para no extraviarlos, acuarteló los negativos en lo alto de un buró portátil, en cuyas escalinatas, (los estantes interiores del mueblecito), colocó a un Madelman de guardia, custodiándolos.

 

La corona de flores seca no es de muertos, sino un anillo floral navideño, elaborado en una exquisita floristería de Siena, por la artista Silvia Fiorenzani, y que había recibido Faba unos meses antes. Como la corona toscana residía allí habitualmente, no se molestó en quitarla; los carretes se agruparon disciplinadamente a sus pies, con las fechas escritas en sus cajas.

 

Este Madelman se encuentra sin uniforme, porque debía encontrarse enfermo e ingresado en el botiquín de soldados. Estaría por tanto, más a mano que ningún otro, y fue por ello el elegido. Tampoco blande arma alguna, en su custodia del polvorín de embriones fotográficos; sólo su recio brazo en alto, como un atleta victorioso, plasmado en una estatua de carne y mármol. Como sus pies quedaron dentro de sus botas; asi, erguido, parecía más una bailarina en puntas, que un recio soldado.

 

Apoyado sobre un cartón con caracteres tipográficos, el Madelman pelirrojo se mantenía -sin pies- en equilibrio. El azar del buró le regaló un par de pastilleros de plata florentinos, que le sirvieron finalmente como relucientes botas metálicas. De esta guisa, el muñeco casi desnudo quedó firmemente aposentado, como un Coloso de Rodas, con su antorcha en alto.