El hijo bastardo de Internet

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Algún día se sabrá más de nuestra civilización por los programas de televisión que nos entretienen, que por las futuras ruinas de nuestros rascacielos.

 

Gran Hermano no puede ser clasificado como un simple producto televisivo. Su poderoso y revolucionario Formato reúne todas las características para ser considerado una obra de arte televisiva, que sólo podía lograrse con el desarrollo de las nuevas tecnologías, aplicadas a los medios de comunicación de masas. 

 

Nunca había existido un programa de televisión que se emitiera las 24 horas del día, (al menos en la televisión española,) y que tuviese audiencia suficiente como para mantener un canal temático especializado. La retransmisión en directo de lo que sucede en el interior de una casa, (donde conviven un cóctel explosivo de habitantes, concursando entre sí por una recompensa final de 350.000 Euros,) resulta hoy tan atractivo, como la han sido a través de la Historia la novela o el cine como salvoconducto para entrar libremente en las vidas ajenas, compartiendo sus peripecias y sentimientos.

 

El éxito de GH se sostiene en el instinto de mirón que posee cualquier animal vivo, queramos o no reconocerlo los desanimalizados –hipócritamente- seres humanos de hoy en día. El voyeur satisface su curiosidad y excita su imaginación, entrando en la vida de otros a través de la transparencia de los vidrios ofrecidos. Quien no quiere ser visto, corre cortinas o baja persianas. A no ser que esto suceda en un país calvinista como Holanda, o en casi todos los hogares de los Estados Unidos, donde impera el orden de ventanas descubiertas. El Protestantismo exhorta a no ocultar nada de la intimidad doméstica, porque todos sus fieles son responsables morales de sus actos, tanto de los públicos como de los privados.

 

La película más voyeur de la historia del cine, La ventana indiscreta, la rodó un británico en los Estados Unidos. Sucedía en la ciudad de Nueva York, inicialmente conocida como Nueva Ámsterdam. Tampoco deja de ser curioso que GH naciera en Holanda. Debe ser que ésta ha sido la única manera que han encontrado los neerlandeses de canalizar su instinto de mirar más de lo debido: haciéndolo a través de las pantallas.

 

John de Mol junto con el equipo creativo de su productora Endemol, realizo en Big Brother un inspirado refrito de algunas programas pioneros de la telerrealidad, como Biosfera 2 (U.S.A. 1991), The Real World, (M.T.V. 1992) y Expedition Robinson –actual Supervivientes– (Suecia 1997), hasta conseguir un Formato que ha sido reproducido y adaptado a más de 70 países, donde se ha emitido y continúa emitiéndose con éxito el programa.

 

En el calor de esta tormenta revolucionaria televisiva, llegó a las pantallas de cine en 1998, El show de Truman, de Peter Weir un gol que colocaba el cine en la portería televisiva con balones de telerrealidad. La película contaba la vida de un hombre que había nacido en un plató ante las cámaras de televisión, del que nunca había salido. Su fingida vida (planificada por los productores del programa,) había sido retransmitida directamente desde el principio, sin que nunca llegara a saberlo su protagonista. Su desgarradora y compleja mirada sobre el tema de la privacidad como derecho básico de la libertad y la dignidad humanas, convirtió la película en un fenómeno sociológico y filosófico estudiado en Universidades, a la par que en una de las películas aspirantes a los Oscars de ese año; entre otros, a la mejor dirección y al mejor guión original.

 

Si la novela futurista 1984 de George Orwell (publicada en 1949) suministra su brillante título al programa Gran Hermano, (el líder que todo lo controla a través de cámaras, con una intención represiva y doctrinaria en la distópica Oceanía,); por el contrario, el Gran Hermano televisivo, no es un individuo que se lucra en poder personal con toda la información obtenida, sino todo lo contrario: quien recibe en sus pantallas el beneficio de las cámaras es la ciudadanía, la audiencia, el público.

 
Como en las más selectas democracias, los votos de la mayoría de espectadores se convierten en la ley del concurso. ¿Cuándo aprenderá la política activa, que el Formato Gran Hermano es una suerte de nuevo sistema posible para refrendar las decisiones políticas, o la permanencia en sus puestos de ciertos cargos públicos cuestionados? Sería saludable poder nominar a ciertos políticos, y expulsarlos definitivamente de la vida pública. La tecnología actual permitiría esta suerte de referendums tan cibernéticos como inmediatos. Si ya resulta igual de válido un billete de tren comprado por Internet, pagado con tarjeta e impreso en tu casa, que el que se obtenía a pie de ventanilla, tras largas colas en la RENFE; ¿por qué no van a resultar igual de legítimas las opiniones vertidas vía Internet, que depositando una papeleta en una urna?

 

GH no es sólo un éxito del medio televisivo. Su aparejamiento con Internet y con la telefonía móvil, hacen especialmente poderoso a este hijo mestizo de las vías más importantes para acceder a la intimidad de todos los hogares. 2.570.000 páginas en la red abren sus puertas al teclear en el buscador la contraseña Gran Hermano, lo que puede dar una idea aproximativa del interés que el programa despierta.

 

Por otra parte, la madrina de este bautizo de oro es la publicidad. No hay industria ni arte que demuestre tanta versatilidad mercantil como la publicitaria, capaz de metamorfosearse diariamente por pura voracidad e instinto de supervivencia. Hay que honrarla. Da empleo a numerosos profesionales, a la par que canaliza una gran dosis de creatividad, que ingresa diariamente en la cultura popular. La publicidad ha sido el gran motor de la mayoría de la Historia del Espectáculo, el resto se  ha repartido a partes iguales entre el teatro de ideas y el teatro satírico de entrepierna. La factoría GH debe ser como una gran vaquería financiera, cada pezón de cada teta de cada vaca debe resultar una fuente de ingresos publicitarios incomparable.

 

Quiérase o no, GH nos permite además sondear los valores morales dominantes del público actual. Desde el comienzo de los tiempos, los humanos han estado debatiendo en sus religiones (o en el arte, que es otra forma de religión) sobre el conflicto del bien y del mal. Desde Ormuz y Arimán las cosas no han cambiado mucho. Que los espectadores de GH expulsen a un concursante, en lugar de a otro, conlleva una decisión moral, convirtiéndose así en una manifestación de la ética contemporánea. Y hay que señalar que casi nunca sorprende el resultado, el concursante expulsado suele ser el que más se lo merecía. Desde el interior de sus hogares, los telespectadores hacen justicia beneficiando al bien sobre el mal, aunque no siempre llueva a gusto de todos.

 

La muerte simbólica visita la casa de GH cada semana, y ésa es una de las razones más profundas de su éxito. El veredicto se pronuncia en una suerte de cadalso público –la sala de expulsiones- donde se dictan las palabras mágicas: “La audiencia ha decidido que debe abandonar la casa…” y esa cumbre dramática de la gala semanal alcanza el momento de más audiencia de toda la velada.  Un concursante expulsado es un concursante muerto. No hay más que ver los llantos y las reacciones de dolor de sus compañeros, al comprobar que uno de ellos no ha regresado. Y los hay que tardan días o hasta semanas en reponerse de ciertas pérdidas afectivas, de quienes tanto les apoyaron en su difícil convivencia en la casa siempre encendida de GH.

 

¿Nos gusta ver un entierro? Muchísimo, más aún si es de un ser ajeno. Nos reconforta, que el gran disparo final no haya hecho diana entre uno de los nuestros. Ver sufrir a los demás, produce lamentablemente una sensación de consuelo. «De la que nos hemos librado», se dice nuestro inconsciente regocijado. El éxito de series de televisión como La huella del crimen, ¿Es usted el asesino?, Se ha escrito un crimen, o A dos metros bajo tierra, son prueba evidente del interés que el tema mortal provoca en las audiencias de todas las décadas. La muerte resulta tan llamativa como fotogénica, igual que una tentación, o un pecado absoluto de la carne, que nos despierta -irremediablemente- un sentimiento irrefutable de espiritualidad.

 

(Continuará)