El hombre disperso en la playa verde, 12

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MIS LIBROS ILUSTRADOS

Hoy encontré en este libro cuatro dibujos.

 

RELATOS SIN MIEDO

No lo había pensado

El galerista no lo había pensado.

Durante años había escuchado cientos de veces que el Arte había muerto y, las mismas veces, que el Arte había resurgido. Pero ahora, en su cerebro cansado, con su hastío diario y en su soledad rutinaria, solo se repetía, una y otra vez, que el Arte había muerto. Y está idea anidó como lo hacen las arañas, en una esquina de su cerebro.

La noche bajó lenta como un montacargas, había sido otro día de otoño en balde, ni un visitante, ni siquiera la gente que no tiene nada que hacer y entra porque está nublado o es gratis. Estaba recogiendo para irse a casa cuando sonó el timbre de la puerta. Abrió sin esperanza pero prestó atención a la secuencia de los pasos del visitante tardío, por desgracia, se acercaban directamente a su despacho. Esto le incomodó. Era un artista con una carpeta bajo el brazo y a medida que le hablaba, el galerista se sentía más enervado. ¡Qué pérdida de tiempo!, ¿ qué pretende con esas manos llenas de pintura?, ¿qué sepa que está pintado?, ¿por qué no se las lavará?. Mientras su desprecio iba en aumento, el artista hablaba cada vez más nervioso ante su frialdad, y entre otras cosas, le preguntaba que si podía ir a su estudio, pensaba que su obra le interesaría pues estaba en la línea de su galería y como adelanto le traía unos papeles. Después de escucharlo sin decir palabra, le contestó: No lo había pensado.

En ese instante, la araña salió de su escondite e inyectó su veneno creando un destello de maldad en su cerebro. Así, en un último acto, le dijo con condescendencia: Anda, enséñame lo que tienes ahí. Aunque sus palabras fueron suaves, casi una caricia en el hombro del artista, cuando este se inclinó para desatar las cintas de la carpeta, cogió la escultura de Oteiza de encima de su mesa y le dio un violento golpe en la cabeza. El artista cayó muerto.

Se acercó a él, despacio, y se fijó en la sangre que se expandía lentamente como una sombra coloreada en el hormigón pulido. Abrió la carpeta, ojeó los papeles y exclamó: ¡Pintar no es hacer cosas bonitas!.

Por culpa de la contemplación del cadáver se le había ido el santo al cielo. Caminó apurado hasta la puerta de la galería y cerró por dentro. Envolvió el cuerpo con plástico de burbujas y lo remató con una manta que sujetó fuerte con cinta americana, limpió pulcramente la sangre y se largó al pub de la calle a beber una copa y esperar a las calles vacías.

Cuando el silencio amordazaba la ciudad, el galerista volvió al lugar de los hechos. Metió al artista en su furgoneta y se alejó por la carretera que era un congrio oscuro que estiraba su cuerpo hasta el abismo negro. Llegó a un lugar dónde nunca había estado. Paró y dejó las luces de freno encendidas tiñendo el lugar de rojo. Hundió la pala una y otra vez escuchando la voz de la tierra.

Una tormenta se aproximaba, era un animal lento que se arrastra por entre las copas más altas de los árboles, iluminando la noche con los flases de sus ojos. El galerista agotado, arrojó a la oscura fosa la carne muerta del pintor embalado y luego dejó caer su carpeta, en ese momento el cielo se abrió como una red de pescar y soltó la lluvia con un gran estruendo de moluscos y peces. Sin descanso cubrió la fosa de tierra pegajosa y hojarasca, en ese momento sintió hambre.

El parabrisas del coche barría la lluvia sin conseguirlo. Empapado, sudoroso y cansado del esfuerzo y de tanta adrenalina sentía como sus ojos se perdían en el abismo de lo etéreo. Estaba tan agotado que no le importaría salir de la carretera y volar sin más en la noche hasta caer en la paz de la nada. Un anuncio de neón “MOTEL CONTEMPORÁNEO a 500 metros” lo salvó. Se desvió de la carretera por un camino estrecho con árboles a ambos lados que le increpaban lanzándole cerbatanas de lluvia. El aparcamiento estaba vacío y las luces de la furgoneta rebotaron contra la fachada trasera del edificio de ladrillo iluminando unos congeladores industriales. Un cartel de neón con el nombre del motel en forma de gran flecha vaporizaba de rosa la entrada.

Ya en la recepción notó algo familiar, el olor a óleo. No había nadie, apretó con el dedo empapado insistentemente el pequeño artilugio que había en el mostrador dejando sonar un timbre irritante. En las paredes había filas de pequeños cuadros que representaban figuras en escorzo que se convulsionaban con expresiones terribles de la carne. Con el ojo izquierdo observó sus pinceladas y también le parecieron repugnantes, además, los cantos de los bastidores estaban grapados en diagonal. Las firmas del autor de los cuadros parecían una procesión que subía una montaña.

Ante la insistencia del timbre, apareció una mujer de mediana edad, con un jersey de lana que debió de pertenecer a su abuelo difunto, pues tenía tantas bolas como el bombo de la lotería de navidad. ¡Que mojado llega, parece que viene de las entrañas de la tierra!. A mí que me pareció que caían cuatro gotas…, tengo tantas cosas que me entretienen que no me entero de lo que pasa fuera. Espere que le traigo una toalla. Y desapareció de recepción. Su mirada reposó en el matamoscas eléctrico que colgaba del techo.

El galerista siguió observando las pinturas, manchas de dedos, pequeñas zonas destensadas de las telas, alguna pincelada fallida y pensó que los cuadros eran un reflejo de la pintora, feos y deformes.

La mujer volvió sonriente. Veo que le gusta mi pintura, le dijo tendiéndole una toalla.

El galerista, en un alarde de amabilidad, le dijo con sorna: ¿Influencia de Bacon?

La mujer se estiró desplegando sus encantos como un pavo en celo, y por un momento al galerista le pareció que había crecido diez centímetros. ¡Es mi maestro! Le dijo orgullosa y halagada de que alguien valorase su trabajo.

Después, mientras la mujer fregaba el suelo de pisadas, tierra y agujas de pino, el galerista yacía sobre la desvaída colcha pensando en el siguiente paso, pues aunque no lo había pensado, su cabeza era un frenesí desbocado y no paraba de organizar la muerte de todos los artistas, hasta que el cansancio le venció y lo dejó en posición fetal.

El sol apareció, un día más, por el este, frente al vidrio de su ventana de cortinas empujadas a ambos lados. Abrió los ojos y comprobó que había eyaculado en el blanco áspero de las sábanas, se levantó con ganas de un café negro y un cigarrillo. El plan estaba escrito en su cerebro tan claro como el día que despertaba.

Volvió a la recepción con el andar rejuvenecido que da una misión clara en la vida, con la misma sensación de euforia que sentía cuando se metía un par de rayas en las noches de sexo en sus añorados años ochenta. Esta vez, aún más si cabe, pulsó con insistencia el timbre, como si la mujer que le había atendido por la noche estuviese sorda como una tapia.

Solo tenía que entregar la llave para que la mujer le devolvería el carnet de identidad.

Al instante, las largas patas de la araña tocaron las notas de su cerebro. Sus músculos se tensaron y sus venas se marcaron en la piel como un mapa físico en relieve. ¿Y por qué no? pensó, la mujer que tenía delante, pintaba. En el instante que elucubraba todo esto y se disponía a saltar hasta ella para romperle el cuello, la mujer dejó caer el carnet al suelo.

El galerista se agachó para recogerlo y, en ese momento, ella le asestó una puñalada precisa que le penetró el hígado. El destello blanco en su cerebro y el inmenso dolor dibujó una mueca grotesca en su rostro justo antes de desplomarse.

La dueña del motel sacó del mostrador un pequeño cuaderno de dibujo. Durante la agonía, que al galerista le pareció eterna, hizo varios bosquejos a rotulador negro del cuerpo que se movía espasmódico. Después lo ató y lo arrastró fuera. El galerista experimentó con horror un olor profundo a tierra mojada al mismo tiempo que su cabeza caía y rebotaba desde el escalón de recepción.

La araña moribunda tocó una última nota y el galerista apareció en un túnel negro iluminado por una frase de neón que decía: Esto sí que no lo había pensado.

 

IMÁGENES MENTALES

 

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