El hombre disperso en la playa verde, 16

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MIS LIBROS ILUSTRADOS

Un libro muy especial.

 

RELATOS SIN MIEDO

Lobos

Estaba sentado en la cama cuando la muerte le ayudó a tumbarse, para alejarse después, en pijama, por los senderos de las nubes. Madre lo tocó y supo que ya no estaba en los páramos y bosques de su cuerpo.

El día siguiente nació frío, de aire rizado que trajo aullidos lejanos de perros tristes. Lo velamos en el tanatorio muy cerca de un cementerio arropado por árboles espesos. Cuando llegó la hora de bajar las escaleras a donde lo incinerarían, me paré en uno de los peldaños para desatarme más los cordones de mis botas y después, atarlas despacio retrasando así su destino. Los operarios introdujeron en el horno la caja de madera con el Cristo tendido, oímos el chasquido de una chispa, al instante apareció un resplandor y sus bosques ardieron para siempre.

Hace ya días que murió padre. Mientras mis manos aletean sus libros de caza, recuerdo la primera vez que me llevó con él.

Cada temporada de caza me quedaba con madre en casa. Ella aprovechó esos años para domesticarme, me hablaba reiteradamente de que el último espécimen raro sería padre y para ella, eso era lo principal. Acompañaba sus discursos con inyecciones que me ponía en la nalga y que me dolían lo que no estaba escrito.

Mis genes me arrastraban a lo sublime, al exceso, a subirme a las ramas más altas de los árboles y pasar la noche en soledad. Descubrir las miradas de la vida, observar las estrellas temblorosas por lo que contemplan, o la luna detrás del velo espectral. Mi olfato se estaba afinando y podía saber con antelación quien de mis amigos estaba a punto de llegar a la parada del autobús, distinguía los diferentes olores de los ánimos de las personas, el olor dulce de la belleza o el desagradable del abusador.

Me encerraba en la habitación a estudiar con la curiosidad que tienen los animales por todo. Algunas noches mi cuerpo estaba tan cansado que mi espíritu salía inquieto e iba a la azotea del octavo piso, me lanzaba al vacío para caer en el asfalto, y corría por entre los coches hasta un parque cercano donde veía a otras almas solitarias. Me sentaba en el borde de piedra de una fuente y contemplaba el chorro luminoso del agua que intentaba alcanzar la garra afilada de la luna. A mi lado había una chica de ojos azules que me miraba, sentía su olor que me embriagaba pero nunca pudimos conversar. Otras noches tenía sueños tan reales como extraños, de pelos que me salían de repente e intentaba desprenderlos de mi cuerpo tirando de ellos y parecían no tener fin, cuando quedaban completos en mis manos se destensaban y formaban frases que luego colocaba sobre extensiones blancas. Hablaban de territorios salvajes donde los seres tenían mutaciones en sus huesos y músculos, de cabelleras espesas que llegaban hasta cubrir las plantas de los pies. Algunos textos eran de ceremonias y rituales de iniciación ante árboles inmensos que alargaban sus brazos a los abismos de la noche.

Cuando Telmo, el peluquero, dijo que había heredado los dos bistés de la cara de padre, que la barba ya me subía por la cara como hormigas negras, él cedió a mis súplicas de acompañarlo en sus cacerías.

Esa mañana madre se negó a hacernos el desayuno, tampoco salió del dormitorio para decirnos adiós. Eran las seis de la mañana.

Detrás de la puerta de cristal de la terraza vivía Sur, un pointer de manchas marrones como imaginativos continentes, duro como una piedra y con un rabo largo con el que atizaba a todos de felicidad. Sur y yo esperábamos a padre con impaciencia en el hall de entrada, mientras los dedos del sol agarraban el teléfono de tirabuzones de la pared. En el suelo estaban los bártulos de caza.

El amo del perro todavía estaba en el baño con su metódico ritual, su ducha caliente envuelta en una niebla misteriosa y un afeitado de cuchilla grande, con una brocha igual que un mostacho espeso.

Padre apareció a mi lado diciendo: ¿Ya estás aquí?. El perro bajó con nosotros las escaleras del edificio patinando con las uñas y sacudiendo las esquinas. Nuestro coche era un Fiat negro que se aparcaba en la calle. Padre abrió el capó y al mismo tiempo que introducía las bolsas, el perro dio un salto y se enroscó sin más sobre un lecho de ramas que desprendían una mezcla perfecta de perro y eucalipto, a su vez, la suspensión del coche rebotó como si emitiera un suspiro. Mientras esperábamos a Pepe oímos unas tres canciones de Bob Dylan, lo recuerdo porque padre gruñía en cada silencio. Al fin llegó con su perra Safo, que era madre de Sur, de cabeza negra y afilada como una diosa egipcia. En la gasolinera aparecieron dos coches con más cazadores. Cuando abandonamos la ciudad el cenicero del coche ya estaba casi lleno de pequeños colmillos de ceniza, y el humo del tabaco me envolvía haciendo que las conversaciones de los asientos de delante se transformasen en un lenguaje secreto, supuse que hablaban de cacerías pero las frases eran confusas. De vez en cuando se estrellaba un insecto en el parabrisas y aparecía una nueva constelación.

Tras casi tres horas de viaje llegamos a las montañas y aparcamos en una pista de tierra. Los perros saltaron de los maleteros y al instante los perdimos de vista. Cuando volvieron con el movimiento de sus batutas, emprendimos el camino por la ladera de una montaña sin apenas árboles, el cielo era un mar plomizo que se movía con lentitud, una vegetación amarilla y verde se enganchaba en nuestros pantalones. Los cazadores conversaban distendidos con frases pobladas de tacos y a medida que subíamos, se iban distanciando de una manera natural con el ansia de descubrir la primera pieza de caza.

Padre estaba desconocido, parecía otro al atravesar los páramos. Me gustaba la manera libre y alegre con que se relacionaba con sus amigos cazadores, su caminar extenso por entre tojos y xestas, mientras desinhibido olía el rastro de los animales. El contacto con la naturaleza hacía que sus ojos marrones cogiesen un cariz salvaje.

Llegamos a un manantial que salía de un agujero en la montaña, se acercó a saborear el agua helada y mientras sumergía su rostro, me invitó a refrescarme, y me hizo sentir muy cerca de él.

Padre insistía en que debía permanecer siempre a su lado, que no me apartase del camino, no debía quedarme atrás o avanzar sin él, pues eran lugares peligrosos, cualquier depredador podría acabar con mi vida.

Cada cazador buscó su propia aventura y escuchábamos disparos a lo lejos que nos traía el viento,  fue, entonces, cuando padre se volvió nervioso y obsesivo. Empecé a sentir la respiración de los animales ocultos o de las piedras que habitan en las piedras con la misma intensidad que oía las palpitaciones de padre y me fijé en el bello de sus brazos que se levantaba hacia el cielo. Una bolsa blanca estaba enredada entre unos tojos y dije: padre, mire un pájaro muerto. Él se puso furioso y me pidió que no bromease, o sería la última vez que me traía, me distraía demasiado con cualquier tontería. Cuando Sur olió el rastro de unas perdices, se puso tieso y su paso se quedó suspendido en el aire apuntando hacia el lugar dónde se ocultaban. Treinta segundos después, que me parecieron eternos, el perro salió disparado haciendo que las aves levantasen el vuelo, momento en el que padre disparó, retumbó la montaña y dos pequeños cuerpos cayeron a tierra.

Mucho más tarde aparecieron los cazadores, venían semidesnudos entre lobos que parecían mansos. El olor que desprendían sus cuerpos, su andares con los cuellos inclinados hacia delante, los gestos agarrotados de sus manos con las uñas llenas de tierra oscura, me hicieron entrar en un estado de fascinación que nunca antes había experimentado. Toqué los racimos de perdices destrozadas que colgaban de sus morrales y noté el tacto frío y suave de sus plumas.

Las nubes se distanciaron y el sol quedó en soledad en una inmensidad azul que iluminó la ladera como si fuese un espejo. Bajamos por entre tojos en flor de un amarillo intenso hasta el río donde se bañaron todos aquellos hombres con manchas de sangre adheridas a sus cuerpos cubiertos de vello. Mientras yo los admiraba padre abrió unas latas de conservas e hizo dos bocadillos que chorreaban el sol. A su pan le añadió dos guindillas picantes. Bebimos de una bota el chorro estrecho de vino tinto. No podía dejar de mirar a los otros cazadores que reían y charlaban en el agua. Cuando salieron caminaban de nuevo de una forma normal, como si el agua hubiese limpiado algo más que el sudor y la sangre. Los perros, en vez de pedir migajas, se distanciaban de nosotros con un extraño respeto.

Dormimos esa noche en El Reloj de cuco, un hostal de carretera que delimitaba un pueblo de casas bajas de piedras amontonadas y tejados de pizarra. Por la mañana volvimos a los montes y llenamos los morrales de perdices. Sobre las once de la mañana nos encontramos a una pareja de guardias civiles. Buscaban a unos compañeros que habían desaparecido, nos pidieron a todos la documentación, nos hicieron preguntas  y contestamos que no habíamos visto nada fuera de lo normal. Después, fumaron juntos caldo de gallina, así le llamaban al tabaco de liar, y me pareció que los indios y los vaqueros estaban sellando un pacto de amistad.

Fuimos de nuevo al hostal, comimos en el comedor en una mesa larga llena de humo de tabaco que parecía levitar como una isla que sobresale de la niebla, contaron grandes historias, abrieron muchas botellas de vino y comimos guindillas picantes y carne asada con patatas salpicadas de romero y tomillo. Cuando las migas desaparecieron del mantel y ya bostezaba la tarde, volvimos por carreteras estrechas flanqueadas de pinos, arriba el sol excitaba a las nubes con colores dramáticos. Apoyé la cabeza en la ventanilla, cerré los ojos y cuando los abrí nos rodeaba la noche iluminada de la ciudad. Cuando llegamos a nuestro piso, el pointer ya estaba allí.  Madre, envuelta en la luz azulada y fría de la pantalla del televisor, giró la cabeza y dijo con dureza: Traeréis desplumadas las perdices.

Después de que se duchó padre lo hice yo. Madre me vio salir del baño, yo iba solamente con una toalla, y oí que decía: ¿Tú también, hijo?

 

IMÁGENES MENTALES

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