El hombre disperso en la playa verde, 22

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MIS LIBROS ILUSTRADOS

Otro buen libro y un dibujo.

 

RELATOS SIN MIEDO

Demasiado real

La pantalla llegó para presidir el salón y dominarlos a todos.

El gran televisor de pantalla curva lo trajo un día a casa Ignacio, el marido de Alma, dentro de una caja enorme. Feliz y pletórico, les dijo que era lo mejor del mercado, con realidad aumentada y que le había tocado en un sorteo del centro comercial.

Cuando los más pequeños volvían del colegio con su madre, se acomodaban en el sofá para ver los dibujos animados. Alma se acercaba a los niños y les preguntaba si querían merendar, pero a ella, más predispuesta a las adicciones que los demás, esa pantalla la hipnotizaba. Interesada por todo lo que ocurría en su interior, se sentaba con ellos como si un mago, con un simple gesto, se apoderase de su mente y se iba escurriendo en el sofá hasta quedarse embobada.

La luz la había elegido y también todo lo que vivía en su interior. Si no era el telediario, era un concurso, los anuncios o las nuevas del fútbol, la información del tiempo, los programas de variedades, las series y las películas.

Al principio tan solo fue eso, pero al poco tiempo, esa gente aparentemente feliz comenzó a hablarle.

La primera vez fue el hombre de un anuncio de detergentes, el spot de apenas treinta segundos se multiplicó por cuatro en su cerebro vulnerable, el caballero de sonrisa impecable le contó que el detergente era igual que los demás, ni limpiaba más, ni mejor, ni era tan ecológico como lo pintaban. Cuando Alma salió del trance pensó que lo había soñado y no le dio más importancia, al fin y al cabo era lo que todo el mundo pensaba, no existían los milagros y una mancha profunda de grasa no se limpiaba fácilmente.

La segunda vez fue más extraño. Alma disfrutaba de un concurso de música con los niños, los aspirantes a artistas tenían que cantar y unos músicos conocidos valoraban su actuación. A sus hijos les fascinaba. Pero cuando el programa dio paso a la publicidad ella siguió retenida por la pantalla y entre bambalinas el presentador se mostró con crudeza, había cambiado su expresión y del entusiasmo por los concursantes y halagos al público había pasado, en un instante, a ser pura indiferencia con unos y desagradable con otros. Se quejó de malas maneras al equipo porque los niños no había hecho lo que se suponía que debían hacer. Los componentes del jurado comentaban que los fallos de los demás no eran cosa suya y que además habían hecho lo que se les había pedido, ensalzaron al elegido y castigaron a los demás con peores calificaciones. Alma no podía dejar de ver todo aquello pero pensó que estaba alucinando.

El problema fue acuciándose cada vez más, esos fenómenos aparecían en cualquier programa y los telediarios se volvieron una pesadilla, imposibles de digerir.

Alma estaba cada día más obsesionada con todo lo que ocurría y su familia empezaba a ser algo extraño, seres que vivían con ella pero a los que consideraba casi ficticios, pequeñas molestias que interrumpían su adicción.

Mientras el televisor dormía como un vampiro mostraba el sueño de la muerte, ocultando en la absoluta oscuridad, a toda esa gente que vivía eternamente en su interior. Esos momentos eran un descanso para la familia, pero sobre todo, eran una desconexión para Alma.

Una noche llamó a su marido asustada porque de la pantalla se desprendió Jack Torrance, se sentó a su lado y comenzó a escribir con vehemencia, cuando llegó su marido, él ya se había esfumado. Deberías venir conmigo a la cama a la misma hora, nos hará bien a los dos, le dijo, y ella le contestó fríamente: No tengo sueño. Pero Alma, después de un hermético silencio, le rogó que se sentara a su lado. El televisor sumió a Ignacio en un letargo durmiéndolo al instante. La gran pantalla tan solo la quería a ella.

A medida que se sucedían los meses, los episodios nocturnos de la mujer se volvieron más físicos. La gente del televisor atravesaba la pantalla como algo habitual, cogían el cenicero de la mesita y apagaban en el sus cigarrillos, se interesaban por las revistas que había por el salón, se preparaban un café en la cocina y mientras, sentados a su lado le contaban cómo funcionaba el mundo. Ella paralizada sin poder mover sus músculos escuchaba todo lo que siempre imaginó pero nunca quiso oír.

Una noche en que Alma no acudió a su cita, la pantalla nerviosa ascendió lentamente y tiró del cable que la unía al enchufe de la pared. Libre, levitó en modo horizontal viajando como el vampiro a través del pasillo, entró en el dormitorio de la pareja y muy cerca de sus rostros se encendió. Una mujer decía que podía solucionar las dudas y los problemas de cualquiera, que iba a estar allí una hora y que atendería todas las llamadas de los telespectadores. Alma estaba pensando en lo que le angustiaba su propia vida y en cómo seguir hacia delante. Cuando abrió los párpados vio ante ella el rostro enorme de una mujer maquillada con ojos gatunos perfilados del color oscuro de las velas que la rodeaban, sus llamas tintineaban dibujando estrellas blancas. Se dirigía a ella llamándole cariño con voz aterciopelada. Le decía que la entendía, pero que no había nada que hacer, ella no tenía el poder que aparentaba. Cuando la mujer alargó sus dedos con uñas de garra traspasando la pantalla para acariciarla, Alma gritó.

Ignacio se levantó asustado y encendió la luz. Su mujer estaba sentada en la cama, tapándose los ojos y diciendo desesperada: “Basta”. Se acercó a ella y la abrazó, susurrándole que solo había sido un sueño, que todo estaba bien. Alma lo apartó y le dijo: No, nada está bien. No puedo soportarlo más. Quiero que te la lleves, que la tires, la regales o la devuelvas, pero no quiero volver a ver esa televisión en mi vida.

Al día siguiente Ignacio fue con el aparato al centro comercial, habló con el encargado y lo devolvió.

Ante el estupor del empleado, Ignacio solo dijo: Es demasiado real.

 

IMÁGENES MENTALES

 

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Din Matamoro
Artista plástico, licenciado en Bellas Artes (Universidad Complutense. Madrid) Académico de Bellas Artes de Galicia. Última exposición, Galería TRINTA Santiago de Compostela.

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