El hombre disperso en la playa verde, 26

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MIS LIBROS ILUSTRADOS

Este libro es descubrir una joya.

 

RELATOS SIN MIEDO

Singular

Carla siempre tuvo una percepción singular de la realidad.

Su madre le contó que antes de cumplir su primer año de vida, mientras pegaba las fotos de su bautizo en el álbum familiar, la niña empezó a hacer gestos con las manos mientras que emitía sonidos de asombro y risas exageradas. Parecía que podía ver detrás de los colores y de las imágenes como si descorriese una cortina.

Pasaron los años llenos de visiones inesperadas en las imágenes del cielo y de la tierra. Carla estaba siempre más atenta a esos mundos que destapaban su mirada que a los que le mostraban sus profesores. Así, las nubes no eran masas visibles suspendidas en la atmósfera de partículas diminutas de agua y hielo, sino seres grandiosos que nos observaban. Y el tiempo alcanzó su adolescencia.

Expiraba la tarde húmeda y borrosa cuando un coloso del aire bajó lento la montaña hasta rozar los campos de labranza que rodeaban el pueblo de Carla. La encontró entre la vegetación abstracta tan ensimismada que la cogió como pupila y le aconsejó con su voz grave ciertos escritos que vivían impresos en la naturaleza: las anotaciones que aportaban sabiduría, las distribuciones de los pequeños hongos blancos que aparecen en la cara sur de los troncos, los líquenes naranjas de las rocas de granito parecidas a las primeras gotas gordas de un aguacero, y, lo más importante, la caligrafía del sol, ese gran poeta que escribe sus versos en la piel del mar.

Carla empezó a adentrarse diariamente en el bosque con una libreta, se sentaba sobre los muros de piedra de los caminos serpenteantes y dibujaba en silencio durante horas. A veces, le acompañaba Ulises, su amigo, que la observaba boquiabierto mientras las imágenes de seres que no existían se sucedían, una tras otra, en las páginas. Y entre los dos, de vuelta a casa, inventaban nombre para esos seres.

Carla en su caminar apartaba las nubes y el inmenso azul con sus manos, veía paisajes de otros lugares, paredes doradas llenas de huecos y ventanas que discurrían  por senderos  de olas. Cuando descubría bandadas de estorninos los seguía con la mirada y se adentraba con ellos en los abismos de los pájaros.

Al describir su mundo a sus amigos, todos se reían menos Ulises, al que hacía soñar. Mientras, los habitantes del pueblo con sus cuerpos inclinados sobre la tierra oscura como el interior de un puño, recogían las cosechas y solo intuían las nubes blancas sobre los cielos azules y cuando guiaban a los animales a los pastos, las cabras eran las únicas atentas a lo que ocurría en las alturas, mientras movían sus mandíbulas triturando tojos con sus dientes parecidos a pequeñas fichas de dominó.

Un día Ulises se fue. Como tantos otros antes y como otros tantos después, se fueron a otros lugares y a otros países en un intento de mejorar sus vidas. El mundo real era así.

Carla se sumió en su soledad durante meses hasta que una noche en su dormitorio le visitó la imagen azulada de su difunta abuela que le dijo: “Deberías fijar tus imágenes” La aparición era como las figuras de algunas fotos que se desvanecen en el interior de los marcos.

En el desayuno contó eufórica que había visto a la abuela Áurea, y tuvo la necesidad de ir hasta la estantería del salón donde guardaban las fotos. Vio a sus padres muy jóvenes en bañador en la playa de Menduiña, recorrió sus cuerpos con los dedos mientras en el fondo del paisaje veía algo flotante y se preguntó quién habría sido el fotógrafo, pasaron unos segundos y oyó una voz de hombre que le dijo: “Fui yo”

Acostumbrada a esa clase de momentos no se sorprendió demasiado. “Soy tu tío Faustino”, prosiguió la voz, “no me conoces porque fallecí antes de que nacieras, esta foto se la hice a tus padres un domingo de agosto de 1973, recuerdo ese día porque me anunciaron que se casaban, luego lo celebramos en un restaurante cerca de la playa con una gran mariscada. Todavía siento el sabor de los percebes, era como si comieses el mar”.

¿Y ese otro horizonte que flota en el aire, qué es? Preguntó la chica.

“Un pliegue de distancia, la playa de Robert Moses de Nueva York. Los que fuimos fotógrafos tenemos el poder de ese instante del tiempo, porque pertenecen solo a nuestra mirada y a ella estamos ligados para siempre”.

Carla continuó ojeando el álbum y su mirada se fijó en el vestido que llevaba su madre en una  foto, a su lado había un grupo de personas con poses elegantes y cigarrillos en las manos, al fondo había parejas que bailaban, del techo colgaban guirnaldas que a ella le parecieron verduras y patatas. Todos miraban a la cámara menos el rostro de una mujer que se giraba en ese instante, tenía la expresión ausente y su imagen era borrosa. Carla pensó que el fotógrafo quizá habría sido su padre por no estar en el grupo.

“Te equivocas, no fue él. ¡La saqué yo! soy la mujer que sale borrosa. Tu padre estaba en la cola de la barra pidiendo unos combinados.  En todas las fotografías que me hicieron he salido movida, es como si nunca estuviese, o quizá estaba en todas partes, por eso pude hacerla. Ahora hablo contigo y al mismo tiempo bailo con la música de una orquesta en la fiesta del Club náutico de San Pantaleón”.

Días más tarde, sus padres le regalaron una cámara. Esa noche, se asomó a la ventana de su dormitorio. En el cielo brillaban las estrellas y la luna emergía desde las copas de los árboles emitiendo un halo dorado. Pero su mirada vio un rostro de labios carnosos que devoraba a un anfibio, y con ella estrenó la cámara.

Cuando reveló ese primer carrete la imagen del satélite era como ella la había visto. Pero lo extraordinario fue que en todas salía Ulises y esa imagen valía más que mil palabras.

 

IMÁGENES MENTALES

 

 

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