El hotel que tenía nombre de teatro

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Si alguna asignatura pendiente (a lo J. L. Garci) tenía Faba con el Norte, era pernoctar en el Hotel Eslava de Pamplona. Había viajado por primera vez a la capital navarra en 1986, capitaneando una joven compañía de teatro –Corral 86– que logró introducirse en el circuito profesional con su espectáculo fin de carrera. Actuaban en el Teatro Gayarre con El Rey Juan, de Shakespeare, en una amorosa versión y puesta en escena de su maestro, el valenciano Pepe Estruch, que había dedicado once años a la más mimada traducción que haya podido hacerse del bardo inglés en lengua española.

 

Por ser tan numerosa la compañía, tuvieron que sortearse los alojamientos, repartidos en los dos hoteles que se habían reservado. Uno de ellos era el Eslava, una casona de aire rústico, en pleno centro, asomada a las murallas, junto al Parque de la Taconera. !Qué largos y sugerentes paseos podrían darse por los adarves, contemplando el circo de montañas que abraza la villa, remozándose en perfumadas noches de agosto y oxigenantes mañanas aéreas!

 

No tuvo fortuna Faba, y le tocó alojarse en el hostal anónimo de nulo recuerdo. Los hospedajes de los cómicos forman una larga cadena de escenarios repetidos, contemplados desde el otro lado de la ebriedad posterior al estreno. Por eso los hoteles distintos y originales son los más deseados, porque garantizan el recuerdo de una singular estancia.

 

26 años después, a Faba le ha reservado habitación un familiar, casi por accidente, por fin en el Eslava. Un hotel que comparte nombre con un antigüo teatro madrileño de solera, debe ser un lugar benéfico para alguien que ama y vive del teatro. En cierto modo, el Eslava de Pamplona es un hotel representado: está construido y decorado para evocar el exterior y el interior de un albergue de montaña. La idea de refugio que se respira en sus saloncitos, resulta muy adecuada para el clima norteño. Es también lugar muy deseado por numerosos peregrinos del Camino de Santiago, que se alojan en sus remozadas alcobas, sin desviarse apenas unos metros de su pétrea ruta santa.

 

El hotel lo regenta la misma familia que lo construyera y abriera al público en 1962. Además de disfrutar de una habitación con vistas a la privilegiada plaza de la Virgen de la O, colindante a la muralla; o al huerto del Convento de las monjas Recoletas, se puede pasear por la vecina plaza de los Ajos (donde la sófora japónica), o contemplar como en un teatro, los aurreskus y a los dantzaris, que saludan con música y estilizadas danzas a los recién casados, a la salida de la Iglesia de San Lorenzo, residencia habitual de la imagen de San Fermín, el morenico más deseado para presidir y bendecir las bodas y bautizos pamplonicas.

 

Al caer la tarde, desde el balcón mirador de la plaza del Hotel Eslava puede verse -a vista de pájaro- al sinuoso río Arga, reflejando el cielo cambiante de Pamplona, como un mar de manga larga.