El humor carpetovetónico

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Puede que se molesten algunos de mis compatriotas al decir esto, pero en mi experiencia personal apenas he conocido españoles con sentido del humor ni menos aún con capacidad para reírse de sí mismos. El sentido del humor –aclaro- no es ser ingenioso o saber contar chistes. Españoles chistosos he conocido muchos y españoles ocurrentes, tantos o más que ingleses o suecos. Pero el sentido del humor es otra cosa, al menos tal como lo veo yo. El humor consiste en tomarse a broma las cosas más serias y aparentar seriedad con las intrascendentes, y ahí es donde yo digo que el español, por lo general, suele carecer de sentido del humor.

 

El grado de tolerancia de una sociedad se mide por su sentido del humor, entendido éste como la capacidad que tenemos para reírnos no sólo de la suegra y el gitano, el guiri y la criada, sino de nuestra propia sombra. Ahí los ingleses llevan clara ventaja a todos los demás, incluidos los americanos, que últimamente andan bastante paralizados con eso de la corrección política.

 

El humor no admite cortapisas morales ni menos aún políticas, pero tiene que empezar por uno mismo. De otra manera, el humor que hagamos será sarcasmo, será sátira, será burla, pero nunca verdadero humor. O, si se quiere, será un humor malhumorado, que es el humor que tradicionalmente hemos tenido en España, con la gran y maravillosa excepción del Quijote.

 

Si el Quijote resulta una obra maestra del humor, además de otras muchas cosas maestras, es porque Cervantes lo empleó primeramente como vehículo para reírse -y a carcajadas a veces- de sí mismo. Todas las bravatas de don Quijote -su engreimiento, su megalomanía, todo lo más ridículo del personaje- son rasgos que anidaban en la compleja personalidad de su autor, que sabía desdoblarse y verse a sí mismo desde cualquier perfil, aun desde el menos favorable. De ahí la estrecha identificación con su personaje y la humanidad que gracias a ello consigue transmitir. Solamente quien se ríe de sí mismo puede trascender la agresividad que comporta toda risa y toda carcajada.

 

Nos reímos de quien resbala, sea porque pisó una cáscara de plátano o porque metió la pata cuando y donde no debía. La risa, como dijo Hobbes, es una “gloria repentina” que surge cuando uno, ante el tropiezo o la torpeza cometida por otro, se siente superior. La risa es muy poco compasiva. Pero el mejor humor no es el que nos hace reír, sino sonreír, ya que uno se sonríe cuando comprende que la torpeza que vemos en el otro no es más que el reflejo de nuestra propia torpeza y ridiculez.

 

Hay muchos tipos de humor y muchas teorías al respecto, pero todos sabemos quién tiene buen sentido del humor y quién no. Los españoles, nos guste o no, lo tenemos más bien malo. Nos tomamos demasiado en serio y somos un poco inseguros como para permitir que nadie se ría de nosotros. Hay exceso de chistes y escasez de ironía, en la televisión, en el parlamento y entre escritores y periodistas. Pasma la penuria de humor en las películas de cine y en las series cómicas que se dan por la televisión -al menos aquellas que veo cuando estoy en España-, las cuales me resultan malas imitaciones de los sitcoms americanos, eso cuando no les da por recurrir a la chabacanería propia de la revista, aunque sin la gracia esperpéntica de la gran Lina Morgan o de Pajares y Esteso.

 

El humorista, como el poeta, nace más que se hace, aunque florece en unas sociedades mucho más que en otras, y en este sentido sí me parece lícito hablar del humor judío y del humor inglés, sin que por ello vayamos a caer en generalizaciones étnicas o en nacionalismos. Groucho Marx no hay más que uno, pero yo puedo asegurar que he conocido en mis muchos años en Nueva York a varios con un estilo humorístico idéntico al de Groucho: ese estilete que va arañando aquí y allá el ego de cada cual con una reticencia inesperada, una pregunta impertinente o un quiebro que pone patas arriba cualquier afirmación pretenciosa o demasiado trascendente.

 

La rapidez mental del ingenioso me ha maravillado siempre, quizá por carecer yo de esa facultad, especialmente cuando el ingenio sirve para explotar el globo pomposo de la vanidad y de la estulticia humana. En España, por desgracia, el ingenio suele ser un arma arrojadiza de los rojos contra los azules (o viceversa) y de los de dentro contra los de fuera. Un humor que no es ni verde ni negro, sino agrio como el vinagre. Un humor avinagrado. Un mal humor, vamos.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.