El humor os hará libres

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El Trabajo os hará Libres, semejante frase recibía a los deportados en los campos de concentración nazis, lo que ya hacía pensar sobre las características del lugar en el que ingresaban: mediante el trabajo se liberarían de la reclusión, y se liberarían porque el trabajo estaba diseñado para la consunción y, a través de ella, llegaba la muerte, la auténtica liberadora del preso.

       A Cada Cual según Corresponda, se podía leer en el acceso a otro campo de concentración que frecuentará el protagonista de la novela El Pentateuco de Isaac, Isaac Jacob Blumenfeld. Este personaje de ficción conocerá en sus carnes lo más sórdido de los campos nazis y de la era soviética. Sin embargo, esa dualidad de preso -prisionero de Hitler y de Stalin- dista mucho de tratarse de una mera invención porque, desgraciadamente, miles fueron los deportados que pasaron por los campos nazis para luego recalar en los soviéticos.

       Como ejemplo, ahí está la odisea de Margarete Buber-Neumann, media vida transcurrida a caballo de ambos universos concentracionarios, como relata con pulso firme y prosa fría en su libro de hace ya algunos años. Como ella, otros muchos autores se han decidido a denunciar semejante barbarie, y el búlgaro Ángel Wagenstein no ha querido ser ajeno a esa denuncia. Así lo hace en su obra El Pentateuco de Isaac, toda una reivindicación del inhumano siglo XX, ese siglo que, para otro escritor búlgaro, Ivan Vazov, fue un siglo brutal y de las bestias. Aunque murió en 1921, Vazov ya presentía todo el terror que se ejercería sobre la humanidad a lo largo de ese periodo.

       Evidentemente, el binomio comunismo/nazismo ha protagonizado el siglo XX. Como sostiene Tzvetán Todorov en su libro Memoria del Mal, Tentación del Bien, un pensador búlgaro mucho más ilustre que los anteriores, “la historia del siglo XX, en Europa, es indisociable de la del totalitarismo. El estado totalitario inaugural, la Rusia soviética, nació durante la Primera Guerra Mundial y muestra su huella; la Alemania nazi siguió  poco después. La Segunda Guerra Mundial se inició cuando los dos estados totalitarios se habían aliado y prosiguió con una lucha sin cuartel entre ambos. La segunda mitad del siglo se desarrolló a la sombra de la guerra fría, que opuso Occidente al bando comunista. Los cien años que acaban de transcurrir estuvieron dominados por el combate del totalitarismo con la democracia o por el de ambas ramas totalitarias entre sí”.

       ¿Qué podía hacer el individuo inmerso en esta batalla ideológica? Todorov insiste: “¿Cómo será recordado, algún día, este siglo? ¿Se llamará el siglo de Stalin y Hitler? Eso sería conceder a los tiranos un honor que no merecen? ¿Se le dará el nombre de los escritores y pensadores más influyentes en vida, los que suscitaban mayor entusiasmo y controversia, aunque se advierta, con posterioridad, que casi siempre se equivocaron en sus elecciones y que indujeron a error a los millones de lectores que les admiraban? Por mi parte, preferiría que se recordaran, de este siglo sombrío, las luminosas figuras de los pocos individuos de dramático destino y lucidez implacable que siguieron creyendo, a pesar de todo, que el hombre merece seguir siendo el objetivo del hombre”.

       En esa senda, en la del hombre como objetivo del hombre, se inserta el relato de Wagenstein, donde el protagonista aparece zarandeado por los acontecimientos, intentando comprender y comprendiendo muy poco -tal y como así lo reconoce- la mayoría de las veces. Nos confiesa que anda corto de entendederas, y sólo de esa manera se comprende que de tan buen grado asuma los vaivenes, crueles vaivenes, que la Historia ejecuta con su persona.

       El juego principal entre la Historia y el protagonista, Isaac Blumenfeld, es el concepto de nacionalidad: el personaje llega a tener hasta cinco nacionalidades diferentes. Es un claro paralelismo con el Pentateuco -los cinco primeros libros de la Biblia y que componen la Torá para los judíos- ya que no hay que olvidar que el protagonista, como no podía ser de otra manera, es judío.  Pero los números no se detienen ahí, y saben ser crueles con él porque, además de tener cinco patrias, vive dos guerras mundiales y es internado en tres campos de concentración.

       Así que Blumenfeld, que inicia la historia como sastre del Imperio Austrohúngaro, pronto se ve convertido en ciudadano polaco, después en soviético, más tarde en un ser infrahumano en el Tercer Reich, para terminar como apátrida antes de recuperar la nacionalidad soviética.

       Sin ninguna duda, el libro es un monumental ejercicio de denuncia política literaria, pero Wagenstein no estructura una gran novela de denuncia del sistema al estilo de Koestler; ni realiza un sólido ejercicio literario como los de Manea; tampoco es un compendio de obras de una calidad incuestionable, de pulso firme y honesto como las de Kadaré; ni mucho menos un estudio intelectual y serio como los de Shentaliski. Así-Asimismo, no recurre al estilo desmesurado de Solzhenitsyn, a los formatos de las novelas río de Gheorghiu, ni se deja seducir por los modernos ejercicios al estilo de Martin Amis. Porque esta relación de escritores que han denunciado el estalinismo y el nazismo en alguna de sus sanguinarias formas han actuado desde una perspectiva muy diferente: carentes de humor, sin apenas ironía.

       Porque es el humor y la ironía lo que protege a Isaac Blumenfeld de los criminales caprichos de la Historia. Dos veces es llamado a filas y en dos ocasiones se queda a punto de entrar en combate. Se suceden aquí unas escenas que recuerdan a un libro que sin duda ha tenido mucha influencia en el autor a la hora de pergeñar a su protagonista, Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, del checo Jaroslav Hlasek. Existe una larga línea de conexión entre el Blumenfeld de Wagenstein y el Schwejk de Hlasek. Tanto Blumenfeld como Schwejk son pícaros, pero pícaros no al estilo del Lazarillo de Tormes sino que más bien, dado su comportamiento en el ambiente militar, recuerdan al avezado Estebanillo González, que se las ingenia con los Tercios de Flandes durante la Guerra de los Treinta Años.

       Si bien Blumenfeld no llega a entrar en combate, soporta muchos meses de acuertelamiento, con toda su parafernalia, y en esa vida cuartelaria se abre la vía más directa con el Schwejk de Hlasek. Muchas de las historias y anécdotas que refleja recuerdan o evocan pasajes del Schwejk. Y, por supuesto, también en la manera de interpretar la realidad, desde un punto de vista ciertamente ingenuo o bobalicón. En ese sentido cabe destacar las continuas referencias en la novela de Wagenstein al saber popular, cuajada de refranes, repleta de frases hechas y salpicada de chistes sobre judíos que encierran reflexiones de gran retranca, la mayoría de las veces protagonizadas por un judío prototípico, Mendel, que hace las veces de tonto del pueblo. El recurso de aludir a ese judío Mendel siempre aparece a mano cuando se trata de ilustrar alguna historia particularmente escabrosa o de rubricar una reflexión especialmente densa.

       Es este recurso a la ocurrencia, tan del soldado Schwejk, del humor desaforado, irónico y ácido incluso a destiempo en mitad de las mayores penurias y brutalidades, lo que salva al personaje de sucumbir a sus tristes destinos -igual que Schwejk con su socarronería evita ser devorado por la vorágine de la Gran Guerra-. Se hace difícil de creer que un deportado, un interno de un campo de Hitler, un condenado a la Kolimá estalinista, pueda afrontar su destino con humor e ironía pero ese será el elemento fundamental que le haga la vivencia más llevadera, así como el elemento diferenciador de otros libros que tratan estos temas –a excepción, quizás, de la película, algo sobrevalorada, La Vida es Bella y del oscarizado Roberto Benigni-. El humor no ha tenido nunca cabida al hablar de Auschwitz y, si en el caso de Benigni aparece, no lo hace de una manera muy certera al confundirse con la sensiblería. Ahora bien, Wagenstein consigue lo nunca visto hasta ahora. Ya sea entre los crematorios nazis o frente a los eternos campos nevados de Stalin, la visión humorística ayuda no sólo a hacerse con una visión nueva y enriquecida de la situación, sino a que su protagonista pueda afrontar y solucionar el mal trago manteniéndose con vida.

       Por eso, más que nunca en el Pentateuco de Isaac, se podría cambiar la fatídica frase de El Trabajo os hará libres por la de El Humor os hará libres o, más concretamente, por la sentencia El Humor os salvará.

       Tal vez, lo que realmente quiera decir Ángel Wagenstein, es que el humor salvará al hombre de las garras de la Historia.

 


Autor: José Carlos Rodrigo Breto