El imperio de la secta

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El sectarismo no es un rasgo exclusivo de ninguna ideología, claro está, pero sorprende que para muchos pueda pasar por progresista tanto esa actitud como el propio sujeto que la mantiene. En lo que aquí nos concierne la complicidad del espectador impasible estriba en consentir el mal porque su denuncia o su combate, aun cuando ciertamente puede limitar o paliar el daño, también podría favorecer directa o indirectamente al partido contrario. Y esto último se impone sobre aquello primero; es decir, la ganancia en términos sectarios supera el bien al alcance en términos políticos y no digamos morales. Llegado el caso, nada importan los costes. Aquí se revela en toda su crudeza la preeminencia de la torpe dialéctica amigo/enemigo como eje capital de la política. En realidad lo que tal conducta manifiesta es que se es más enemigo de los enemigos que amigo de los demás, porque se prefiere perjudicar a aquéllos al precio de dañar o defraudar incluso en mayor medida a todos los otros. Una por una, lo que importa es ser de los nuestros. Y no tiene el menor crédito la excusa de que sólo desbancando al enemigo podrá beneficiarse a los nuestros. Es de temer que, una vez en el poder, todo quede subordinado o pospuesto a la conservación de ese poder (de igual manera que hasta entonces todo quedaba supeditado a conquistarlo). He ahí una versión paradigmática del lema “el fin justifica los medios”.

 

 Qué sea (o nos parezca) verdadero o falso, justo o injusto, eso ni se plantea. ¿Qué es lo que hay que expresar en voz alta? Muy sencillo: basta conocer lo que sostiene mi enemigo o se supone que le favorece, para proclamar lo opuesto; y de no ser así, entonces lo mejor es callarse. La verdad no puede ser verdad si la pronuncia el de enfrente. Al disidente se le trata de acallar con el argumento de sus «malas compañías», con el reproche de que objetivamente coincide con posiciones ideológicas del adversario. Y nuestro silencio, nuestro disimulo, nuestra media verdad o nuestra completa mentira, si no merecen llamarse verdaderos, expresan al menos lo conveniente en cada caso, porque es lo que nos conviene.  El resultado más palmario es la sustitución de la verdad y de su búsqueda por la interpretación sectaria de lo oportuno, o sea, de la verdad de mi grupo y lo que la coyuntura permite o requiere. El interés colectivo pasa por el interés grupal, una vez que se ha hecho coincidir éste con aquél.

 

Estamos ante el uso perverso del cui prodest. Una de sus fórmulas más socorridas es aquello de que “al enemigo, ni agua” o de que no hay que proporcionar argumentos al contrario.  Se defiende así que la razón, lejos de ser universal, ha de plegarse a esa relación amigo/enemigo. Lo que se predica es que la denuncia del daño público no puede ser buena si aprovecha a los que tenemos por malos e incluso aunque perjudique todavía más a otros terceros que juzgamos peores. Y ello sirve además al sectario para que ese daño indudable y el sufrimiento que ocasiona ya no sean analizados por sí mismos, sino sólo desde la óptica utilitaria del beneficio partidista. Por idéntica razón  las ideas que deberían desvelar el origen y la indecencia de alguna iniquidad, habrán de ser dejadas de lado, pues lo que de ellas interesa destacar  es que  -sin darse uno cuenta, al modo de un tonto útil-  están al servicio de intereses presuntamente tan sólo por ser los del adversario. Así es como todo ciudadano perezoso puede prescindir de afinar sus argumentos y esquivar la discusión mediante la argucia de que, por buenas que fueran, sus tesis servirían para engordar otras tesis malvadas. El resultado es una conspiración de silencio, que Camus denunció a cada paso: «Pues usted acepta silenciar un terror para combatir mejor otro terror. Y algunos de nosotros no queremos silenciar nada».

 

La conclusión sólo puede ser doble: que seríamos desde luego unos majaderos si no previéramos los efectos públicos de nuestras conductas y razones; pero que  nos convertimos en seres despreciables como adoptemos nuestras razones y conductas, o nos deshagamos de ellas, tan sólo en función de su provecho para mí o para nosotros y de su perjuicio para nuestro enemigo.

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.