El incierto gran ocaso

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Mentiría si dijese que estoy convencida de que un gran cambio en el mundo está a punto de producirse. Mis ojos aún no están lo suficientemente abiertos y todavía me queda demasiado por aprender como para llevar a cabo un juicio de tales magnitudes, pero siempre que alguien pone en duda el carácter inmortal e inalterable del esquema de nuestro sistema pienso en Antonio Gramsci y en esos monstruos que surgen en el claroscuro de un mundo viejo que se muere y otro que tardará en llegar.

 

Ayer me senté en el suelo del patio de La Casa Encendida para presenciar (en diferido) la conferencia que Ignacio Ramonet ofrecía acerca Geopolítica en el año 2025. El auditorio estaba lleno y no éramos pocos los que decidimos asistir situándonos, muy a nuestro pesar, alrededor de una pantalla. La cuestión formulada por Ramonet no era otra que la relativa al declive no tan lejano de Occidente. Su respuesta, sin hacer gala del discurso catastrófico del que se suele hacer uso, fue la de que “de aquí a 2025 el mundo no se habrá podrido tanto”. Sin embargo, durante todo el ciclo se hizo un especial énfasis en lo que a la distensión de las potencias se refiere. Si bien la hegemonía estadounidense parece sumirse en un proceso de decadencia, el desarrollo de este hecho se mostrará de un modo paulatino e incluso, en lo que respecta a ámbitos como el financiero o el tecnológico entre otros, inexistente. Bajo el punto de vista de Ignacio Ramonet, la hegemonía estadounidense seguirá en efecto existiendo, con la diferencia de que el país que todavía se corona a sí mismo como líder mundial, se verá obligado a compartir protagonismo con países como Rusia, India, Sudáfrica, Indonesia y, por supuesto, China. Es precisamente este último país en torno al cual gira el miedo del declive estadounidense, pues, pese a que Obama siga mostrándose reacio a reconocer que el futuro va a ser liderado por otras naciones, son muchos ya los que anuncian un cambio significativo dentro de la esfera de la política internacional, en la cual el país asiático constituirá una pieza clave de dichas trasformaciones en lo que a la monopolización actual del poder se refiere.

 

Pese a las continuas alusiones del presidente de los Estados Unidos a la imposibilidad de que el liderazgo mundial le sea arrebatado, los hechos muestran un miedo más que aparente con respecto a la expansión de China. De este modo, aunque sí se han producido diálogos entre ambos países como expresión de la búsqueda de la confianza mutua, no parece que Estados Unidos esté tan interesado en armonizar las relaciones como en frenar a toda costa lo que lleva años anunciando como una necesidad para lo que él dice que debe ser el orden mundial.  De este modo, el gobierno ha tratado de pararle los pies a la nueva potencia a través de diferentes mecanismos, tal y como ocurrió con la promoción de protestas sociales en China a través de focos en red procedentes del país norteamericano, los cuales, a su vez, estaban  naturalmente vinculados con los servicios de inteligencia.

 

Llegados a este punto, mentiría si dijese que estoy convencida de que un gran cambio en el mundo está a punto de producirse. Mis ojos aún no están lo suficientemente abiertos y todavía me queda demasiado por aprender como para llevar a cabo un juicio de tales magnitudes, pero siempre que alguien pone en duda el carácter inmortal e inalterable del esquema de nuestro sistema pienso en Antonio Gramsci y en esos monstruos que surgen en el claroscuro de un mundo viejo que se muere y otro que tardará en llegar.