El infierno en el golfo de Biafra

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En este artículo estamos hablando de calor que pasan los habitantes de Bata.

 

Es el creado por el general-presidente Obiang. Y es el infierno en que viven miles de guineanos, un asunto que debe anotarse en la agenda del gran Dieu. Y vean:

 

El ecuador pasa casi sobre Libreville, que está a pocas horas de Bata, en avión o en cayuco. O sea, hace calor, mucho calor, pues no solamente el territorio guineano está metido entre los dos trópicos, sino abrazado, y abrasado, por el sol. Esta es la realidad, no puede ser cambiada y se sabe esto desde los tiempos del cartaginés Hannón. Pues resulta que hace muchos meses que los habitantes de Bata están sin electricidad. Y como quiera que es una ciudad que, como todas las guineanas, los árboles son un estorbo, estos oscuros habitantes ven levantar cemento y echar toneladas de alquitrán y esto hace que todo esté a punto de entrar en erupción. Ahora los que mandan van por ahí diciendo que las penurias eléctricas de los ciudadanos de la segunda «ciudad» en importancia del país son debidas al cambio climático. Entonces, el Gobierno no tiene culpa de nada, que cuando empiece a llover otra vez, los ríos crecerían y las centrales hidroeléctricas funcionarían otra vez.

 

El resultado es que los de Bata vuelven a los tiempos en que los estudiantes se juntaban en los pasillos del Hospital General para leer sus apuntes, pues aquel centro sanitario disponía de un grupo electrógeno propio, pagado por alguna oficina de cooperación o algún grupo católico. Eran tiempos, ahora recuperados, en que para seguir algún evento futbolístico de cierta importancia había que buscar un hueco enfrente de cierto consulado, que disponía igualmente de un generador de electricidad propio. El resto, oscuridad total, como si no fuera un sitio habitado. Pues hoy, muchos años después de que el actual régimen dijera que el país estaba en condiciones de tutear a los que antes les sacaban de un apuro económico o logístico, los habitantes de casi toda Guinea pasan las de Caín. Ríos y pozos secos, no siendo Bata un sitio donde hubiera canalización alguna para traer agua de ningún sitio; y con la falta de luz, teniendo en cuenta que las casas se cubren con planchas de cinc, o zinc, y actualmente de hojalata, entonces se podría decir que el infierno en que viven particularmente los de Bata es por decisión propia. A la espera de que los investigadores africanos den con el material de construcción que no atraiga, absorba y retenga el calor solar, los habitantes de Bata compran a diario para comer, con lo que supone de quebranto para los bolsillos humildes. Con las manos abiertas se abanican cuando se agobian, resoplan y se mojan la ropa, si van vestidos, del sudor. Si consiguen comer algo a cierta hora del día, lo hacen bañados en sudor y así siguen hasta las tantas de la noche, en la que se duchan para refrescarse y así poder dormir mientras dure la frescura aquella hasta que se ven envueltos en ríos de sudor que los mantiene desvelados hasta el día siguiente.

 

En la cosa esa que los del régimen llaman parlamento, uno de los hijos de Obiang, con un cargo público como todos ellos, fue a declarar que la solución sería la construcción de un embalse que… Mientras tanto, sigue la agonía de los habitantes de Bata. Si en este artículo no hemos hecho mención de ventiladores eléctricos y de acondicionadores de aire es porque sobran. ¿A qué no se pensaría en estos artefactos eléctricos si se hablara de los habitantes de las regiones amazónicas? Porque el desafío climático, si de eso se tratara, no puede responderse con el recurso a otras fuentes de contaminación. Esperar que la solución al terrible calor de los hermanos batenses sea miles de ventiladores comprados a China, entonces no es un remedio, sino la cura de la herida con un apósito infecto. Porque de la misma manera en que no se puede esperar que los nativos de la Amazonia se alivien del calor con ventiladores, no se puede tragar la hiriente paradoja de que no siendo Bata lo suficiente urbanizada para disponer de agua potable y de luz eléctrica, sí lo sea para que sus habitantes dispongan de algún artefacto movido por la electricidad.

 

Pero la realidad, hilarante todavía, es que los guineanos también tienen derecho a contaminar el medio ambiente, así que sería deseable que el régimen de Obiang haga lo posible, derrochador como sólo suele ser, para sacar a miles de ciudadanos del infierno real en que viven. Pensar que los mismos que sufren este infierno, sin apenas agua de calidad y condenados a sufrir este desesperante calor atestiguan los enormes dispendios que la familia de Obiang realiza en el extranjero es descorazonador. Es decir, que la situación descrita está pidiendo a gritos que un corazón sea arrancado por su escandalosa maldad. Si así se hiciera, no creemos que se crea que sería de los que se ahogan por las inatenciones de los que mandan.

 

Antedata: A ver si algún atrevido se atrevería a relacionar el exceso de calor que sufren los guineanos y la posibilidad, remotísima, de que este exceso pueda ser convertido en energía eléctrica. Porque el asunto traería cola verdadera. Porque si hubiera alguna posibilidad de que los de Bata encuentren alivio robando energía al sol, entonces todos los que mandan deberían ser llevados a Arabia Saudí para ser flagelados a perpetuidad. Y es que hay maldades que no dejan impasibles ni a los profesionales de castigar los excesos.

 

Malabo, 29 de febrero de 2016

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.