El invierno ineludible

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“La palabra es canto y es entendimiento, la una sin el otro es pájaro y el entendimiento sin palabras es solo pensamiento, propio del Hombre pero solo bello cuando se hace pájaro”

Manuel Álvarez Bravo

1ª lección. Del sentido de las palabras

Cuaderno de notas, c. 1942

 

1. El primer título iba a ser El invierno. Hace años que le doy vueltas, de forma intermitente, a una obra de teatro que se podría titular así, El invierno, y que pretendía demostrar que el proceso de renuncia que supone dejar la infancia para convertirse en hombres es un completo error, el principio del fin, una condena. Hasta que tuve noticia de que un dramaturgo cuyo nombre no recuerdo había ganado un premio con una obra titulada de esa manera. ¿Qué se hace en estos casos? Lo más lógico parece: buscar otro. ¿Y si durante años soñaste precisamente ese y renunciar a él supone renunciar a la necesidad de escribirlo? Cuando, siguiendo el orden establecido por los comisarios de la exposición dedicada al fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo en el Jeu de Paume y en la Fundación Mapfre, Laura González Flores y Gerardo Mosquera, llegué ante la fotografía con la que arranca este post, la 113, titulada Qué chiquito es el mundo, datada en 1942, pensé: he ahí una escenografía posible para El invierno. La primera escena podría transcurrir en esa calle, ante ese muro y ese portalón. La segunda en el interior, bajo ese velamen de ropa tendida. La tercera en la arboleda de la derecha, con las guirnaldas de bombillas de colores de las fiestas de las aldeas populares gallegas de hace décadas, como soñé la primera vez que soñé El invierno.

 

2. En las lecciones que el fotógrafo mexicano escribió a mano planteó “cuestiones tan peregrinas” (así las califica Laura González Flores en Manuel Álvarez Bravo. Sílabas de luz, el texto que abre el notable catálogo dedicado a esta exposición, y que me servirá de compañero de viaje para este post que trata de conjurar un tiempo encapotado) como “los idiomas, la amistad sin lengua, las lenguas muertas, el laberinto inexplicable, la ilusión o las palabras sobreentendidas”. Yo me pregunto a qué podría dedicar mis cuadernos si una noche de invierno, ahora que ha dejado de llover y todos los trenes militares parecen haberse alejado en dirección al mar, hiciera como un fotógrafo de una obra que no conozco. Hay muchas imágenes de este fotógrafo que durante casi ocho décadas se dedicó a su arte que se nos han grabado en la retina como iconos. Una de las más reproducidas es la de Los agachados (1934): cinco hombres sentados de espalda en taburetes ante una barra. La persiana metálica del local, que reza ‘COMEDOR’ (así, en mayúsculas), con las iniciales ‘L.M.N’ debajo, se cierne sobre las cabezas de los clientes. Pero una franja negra ha borrado sus cabezas. Sin embargo, si esa fotografía atrapó desde el primer instante nuestra atención fue por las cadenas que se ven a los pies de los cinco hombres sin rostro. Por falta de atención (la gran culpa, de la que solía lamentarse mi querida Wislawa Szymborska), hasta ahora siempre había pensado que los clientes eran presos a los que sus guardianes les habían permitido hacer un alto en el camino de su pena, y tomarse acaso un café, acaso una cerveza. Hasta ahora no me había dado cuenta de que las cadenas ceñían las patas de los taburetes, no los tobillos de los hombres.

 

“Hay palabras y señas hechas de un lugar a otro de la tierra que pueden verse y que pueden oírse, pero como en la anécdota, sólo parecen entenderse [si] el que las pronuncia se encuentra solo”

Manuel Álvarez Bravo

2ª lección – de los idiomas

Cuaderno de notas, c. 1942

 

3. Cuenta esta comisaria (extraño nombre, paradójico, nunca dejaremos de anotarlo, aunque no seremos los primeros) que la fotografía de Álvarez Bravo con frecuencia ha sido calificada de “exótica”, “surrealista” y “mágica”. Tres palabras desafortunadas, desventradas, descalcificadas, equívocas y, por lo tanto, completamente inútiles, aunque se las pretenda ensillar al sustantivo México. De ahí al peligroso sintagma “la fotografía de Álvarez Bravo como metáfora de un México mágico, surrealista y premoderno” no hay más que un paso que muchos se han atrevido alegremente a dar. ¿Son valiosas esas alforjas para asomarse a las imágenes, casi todas de pequeño formato? (Por cierto, ¿por qué los grandes fotógrafos del pasado cultivan con tanto tesón el pequeño formato y los grandes fotógrafos contemporáneos nos abruman con reproducciones descomunales que nos dejan boquiabiertos?). La propia comisaria que nos ha traído hasta aquí (todavía no hemos soltado su mano, y eso que ni siquiera la conocemos) se desprende de esos adjetivos tan oxidados y prefiere emplear otros atributos, como “reticente”, que es como le calificó A. D. Coleman en un texto titulado The Indigenous Vision of Manuel Álvarez Bravo. ‘Indigenous’. Bueno, ahí hay otro hilo, no sé si de tanza o de rafia, del que tirar. No tuve la suerte de tratar a Carlos Monsiváis, pero sí gente a la que quiero y admiro, como Sergio González Rodríguez. Desde entonces he empezado a asomarme a su obra, pero de manera demasiado cautelosa para sacarle verdadero rédito. Me lo vuelvo a encontrar aquí y, como casi siempre, resulta de lo más útil para mirar mejor, para contemplar con menos reticencias o menos desenfoques. Escribe Monsiváis en Los silencios y las voces del paisaje: “La fotografía de Álvarez Bravo es mexicana por la nacionalidad de su autor y la mayoría de sus temas, pero ni su causa (el arte) ni su forma (que se desprende de la originalidad de la mirada) tienen o podrían tener un ‘origen nacional’. Sí se localizan, en cambio, la pasión por los elementos indígenas, prehispánicos o contemporáneos, lo que es elección formal y emotiva, no compulsión genética”. Ahí ya me voy sintiendo a gusto, y no solo porque hay elementos razonables, diáfanos, que compartir, y que ayudan a algo que siempre se propuso John Berger (a mirar), sino porque no se trata de palabrería con la que llenar un catálogo, una pared, un post, un artículo de los muchos que nos llevamos a la cara estos días en que todo se desmorona.

 

4. Hasta ahora no sabía muy bien adónde quería llegar. Ahora empiezo a intuirlo. Señala Laura González Flores que la obra de este fotógrafo es paradójica, y explica por qué: “las figuras de sus fotografías remiten a cosas existentes en un lugar y en un tiempo histórico determinados, pero, sobre todo, aluden a otros significados en razón de un modo de ver y representar específico del fotógrafo”. Podemos quedarnos en la superficie, en las cualidades y calidades de la composición, el uso de la luz, el tema. Podemos entretenernos, y mucho, contemplando este ajuar armonioso (no se perciben estridencias ni en el estilo ni en las calas) de un fotógrafo que durante ochenta años persiguió sus sombras. Pero sigamos, que nos estamos acercando a un posible final, a una rendija de reveladora claridad. Mientras que Coleman hace hincapié en que la simplicidad de su fotografía es, pues, aparente, con un lenguaje comprensible por todos, sin embargo bajo esa capa asequible subyace, anota la exégeta, “una red de connotaciones muy compleja”. Con la fotografía pasa en cierto sentido como con la democracia: la certeza incontrovertible de un hombre/un voto ha sido traducida por los lerdos como “todas las opiniones son igualmente valiosas”. De majaderos están llenos los marjales. Nos hemos zambullido con tanta alegría en la piscina de la imagen, resulta tan fácil contribuir de forma tan desaforada como gratuita a la orgía de las pantallas (que se prodigan y multiplican cada segundo con la fiera facilidad que proporcionan los teléfonos móviles), que nos hemos vuelto analfabetos a fuerza de no dejar de leer y de escribir compulsivamente, y de fabricar imágenes que no cesan de alimentar la ruina y el ruido de la época. Pero nos hemos olvidado del camino que habíamos emprendido este concreto invierno de nuestro descontento.

 

“Sueño en las montañas, en la casa del vaquero que perdió las vacas, en el camino que tiene un fin que no encuentro (fin sospechado) […] en el camino equivocado, en la búsqueda del lugar para el ensueño, en el encuentro de flores zempatzuchitles que te esperaban. Sueño laberinto, sueño inexplicable, con tu ansiosa pregunta de viajero […] no agotes tu viaje, sé agua fresca para beber fecunda, explícate en flor y en fruta”
Manuel Álvarez Bravo
8ª lección – Laberinto inexplicable
Cuaderno de notas, c. 1942

 

5. Dice nuestra comisaria que “las fotografías de Álvarez Bravo representan cosas, pero no tratan sobre esas cosas. Tratan sobre cómo vemos las cosas: su tema es la representación misma, la visión”. ¿Demasiado sutil para los tiempos burdos que corren, en los que el ruido que hacen las palabras parece constituir la realidad, peor: en los que la actualidad parece agotar la realidad? Para acabar de darle argamasa teórica a su razonamiento, a su conclusión de que para Álvarez Bravo “la fotografía sirve para ver”, Laura González Flores convoca de nuevo la propia voz de un fotógrafo que si estuviera más presente en nuestro imaginario tal vez nos serviría para leer mejor el mundo que nos rodea, que últimamente se parece a un tiovivo dando vueltas enloquecido al borde de un acantilado, con los padres convertidos en niños, y los hijos contemplando perplejos la mutación de sus padres. Dice Manuel Álvarez Bravo: “La fotografía es la expresión plástica moderna por excelencia, puesto que es un documento ineludible. Las otras artes inventan, mientras que la fotografía es la reproducción fidedigna de hechos, sucesos, acontecimientos […] la cámara ha enseñado a ver al hombre: al servir el producto a una necesidad de seguridad documental, emocional, se ha convertido en una enseñanza de cómo ver, tanto para el que la practica como para el que simplemente es espectador y ve”. ¿Repetiría hoy el fotógrafo mexicano estas palabras de 1948? ¿En la selva de los signos y los reflejos, las palabras, los espejos y los ecos actuales? ¿Y el teatro? ¿Podemos considerarlo también como una expresión plástica por excelencia? El teatro, a diferencia de la fotografía, no se puede congelar. El teatro ocurre en el tiempo: forma parte de la experiencia vital del actor y del espectador. Las obras de literatura dramática, las fotografías, y los vídeos de esas representaciones no son más que subterfugios, aproximaciones, documentos secundarios. Sé que abrimos una trampilla que merece un lento descenso al sótano donde hay una luz tenue. De momento, pensemos en un título alternativo al que habíamos acuñado hace demasiado tiempo. ¿Por qué no El inverno ineludible? Es decir, cómo vemos el mundo que nos rodea.

 

 

 

Fotografía: Qué chiquito es el mundo, 1942, de Manuel Álvarez Bravo, incluida en la exposición que hasta el próximo 19 de mayo se presenta en la Fundación Mapfre de Madrid.