El jardín rosa del conocimiento

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(Viene de la entrada anterior)

 

Si los reyes asirios hacían vigilar las puertas de sus palacios con pavos reales en lugar de cancerberos, el archiduque Primeractio dispuso jirafas a la entrada de su castillo. Nadie podía ingresar en aquellos jardines sin que ellas lo hubieran visto. Y menudas chivatas eran. En cuanto algún extraño intentaba colarse en palacio sin salvoconducto, le iban con el cuento a Zoroastro, el mayordomo  negro de, que era el auténtico alcaide de aquel castillo-penal-palacio.

 

Por si fuera poca tan severa vigilancia, hasta las palmeras de aquel bosquecillo tenían ojos, bien abiertos en lo alto. Oculto tras una caracola mágica que lo hacía invisible (regalo de su protectora Reina de las Conchas), el príncipe ciclista consiguió colarse en aquel jardín encantado, donde esperaba encontrar a la princesa Teatra, allí retenida por el Archiduque Primeractio.   

 

 

Ahorcándose de un árbol, descubrió Teatrino a su buen amigo el pescador Pipirijaino, que aunque no iba disfrazado esta vez de pescado, intentaba quitarse la vida, por culpa de una estafa amorosa. El rústico colgado, le explicó al príncipe que Primeractio no era tan malo como lo pintaba la Reina de las Conchas, sino que por el contrario,  era el auténtico padre de la Princesa, por muy en secreto que se hubiera mantenido.

 

Si el Archiduque tenía a Teatra encerrada en su castillo, era porque no quería que su hija viviera engañada. Debía separarla y protegerla de una madre tan manipuladora, para que pudiese vivir su vida libremente. También le informó Pipirijaino, que la Princesa estaba custodiada -día y noche- por Zoroastro, el servidor negro de Primeractio, quien gobernaba todo en aquel palacio tan complicado.

 

 

Zoroastro era un negro zumbón olvidado por la madre naturaleza a la hora de repartir sus gracias. Nunca nadie vio su cara. Decían que era tan feo, que necesitaba usar máscara permanentemente. Zoroastro adoraba la belleza lunar de Teatra, tan joven, tan blanca y tan hermosa. Incluso se avergonzaba de amarla tanto, porque se sentía indigno de ella. Para compensar tanta desgracia, cultivaba el negro su vanidad, siendo despótico con sus subordinados. Se hacía pasear por palacio, subido en un pedestal torneado de caoba negra, a la manera de los catafalcos que usaba su amo Primeractio.

 

El último obstáculo que le quedaba al príncipe para reunirse con su amada, era aquel negro ufano, desgraciado y enamorado, quien sin pretenderlo, le estaba mostrando el camino con su mera presencia. Se cubrió Teatrino con la caracola que lo hacía invisible, y pasando delante del negro, se coló en el secreto mejor guardado de aquellos jardines fantásticos.

 

 

Teatra -su amada- estaba esperándolo en la terraza de su palacete. A su alrededor todo era noche; la envolvía la Vía Láctea con su río de estrellas relucientes. En la fachada colgaba un pendón con su nombre, que ella había bordado con hilos fosforescentes, para que pudiera encontrarla su amado, llegara de día o de noche.

 

Primeractio no sólo la había tratado como un padre, sino que la había iniciado en numerosas artes y ciencias, haciéndola vivir por primera vez  en el jardín del conocimiento. El Príncipe, conmovido, le contó a Teatra la verdad sobre su padre. En vez de huir (como estaba previsto), se reunieron con Primeractio, y una vez que estuvo todo aclarado, se concertaron los esponsales de la pareja de enamorados.

 

Ni que decir tiene, que ni la Reina de las Conchas, ni el negro Zoroastro hicieron acto de presencia, cuando se celebró aquella boda.

 

El Príncipe Teatrino y Teatra, su joven esposa, fueron felices, comieron perdiz con jirafa, y pasados los años terminaron reinando ellos mismos en Taranconia. El lema que impulsó su gobierno siempre fue: “Dar la vida, por amistad y por amor”. Y así continuó siendo, tras ellos, por los siglos de los siglos.

 

(NOTA ACLARATORIA. Cuando apareció la revista Teatra, la también revista teatral Pipirijaina era un referente consolidado de renovación generacional en el panorama de las revistas teatrales madrileñas; frente a la más veterana de todas ellas, Primer Acto. Vaya desde aquí nuestro grato recuerdo para sus respectivos directores: Moisés Pérez Coterillo, de la primera; y José Monleón de la vetusta.)

 

 

Fotos: Vizcaíno