El jardín translúcido

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La Huerta del Retiro protege su intimidad a través de sus pequeños jardines colgantes. En el interior de un cajón de armario de haya desfondado, colgado de la barandilla de la terraza, se escalonan las baldas de vidrio sobre un andamio de cintas de cassette. Las plantas crecen en antiguas copas de chocolate con nata, botecitos de yogur fresco, y tarrinas de helado, todas transparentes.

 

Dos esbeltas chumberas se elevan como cobras desde su tiesto de cuajada con miel, flanqueando una torre central traslúcida, realizada con estuches de discos compactos. Sobre su mazacote de luz se eleva la Torre del Oro sevillana, disfrazada de botella de anís de Cazalla. El conjunto se sostiene sobre siete columnas de vidrio, o botes de zumo rellenos de tierra.

 

Los únicos habitantes de este jardín transparente son un Cupido mordiendo la manzana, y un golfillo en camisa, que le muestra su pilila al dios niño.

 

La pinza suspendida en el aire, une un par de cristales opacos que sirven de forillo a este jardín colgante.

 

 

(El jardín translúcido, unas horas más tarde.)