El jazmín de Woody Allen

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No pretendo hacer una crítica de la última película de Woody Allen. Entre otras razones, porque hace mucho tiempo que creo haber perdido la objetividad cuando se trata de analizar las cualidades de este director. Puedo decirles filmes que me han gustado más y menos, pero no hay ninguno del cual no se pueda decir algo rescatable. A mí me pasa lo mismo que le debe de pasar a él con su admirado Bergman. 

 

Sin embargo, quisiera apuntar que deben haber pocas películas cuya maravilla depende de la actuación extraordinaria de una sola persona. En este caso, Cate Blanchett.

 

Gestos, tensiones, conversaciones: al principio creemos que Jasmine, una millonaria deprimida de Nueva York que afronta una crisis financiera y sentimental mudándose con su hermana en San Francisco, es otro de los personajes neuróticos que nos suele presentar Allen. Lo es y no lo es. No tengo mayor idea del proceso del rodaje, de las idas y venidas del guión entre Allen y Blanchett, sin embargo el espectador se queda con la agradable sensación de haber visto a una actriz que lo ha dado todo. Nos convence, nos persuade, nos escandaliza y nos lleva hasta el límite de la compasión en los minutos finales.

 

Es una película creada para el lucimiento de la protagonista, Blanchett no es Hanna, es mas bien una especie de Mia Farrow en el mundo en el que el actor de su filme favorito se enamora de ella. Pero este Jazmín Azul, a mi entender, tiene mucha más carga dramática que la Rosa púrpura del Cairo. Y esta carga emotiva, esta maravillosa sensación con la que uno se levanta del asiento de la sala–acompañado por una música fascinante, otra de las marcas registradas de su director–tiene como responsables no tanto al muy buen guión de un Allen de 77 años, como a la inspirada actuación de su protagonista principal.