El libro saldrá ganando

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Sobre ‘Viaje al sur’ de Juan Marsé

 

Leer un libro de Juan Marsé escrito hace más de medio siglo, cuando él tenía treinta años, que además no se publicó y cuyo manuscrito se dio por perdido durante mucho tiempo, es como si se contemplara con mirada omnisciente la fotografía recién hallada de un antepasado en sus tiempos de juventud, del que ya se conoce su biografía y por tanto todo lo que le deparará el futuro.

A lo largo de 1963, cuando Marsé componía estas crónicas de su viaje por Andalucía como reportero clandestino, no esperaba que aquel proyecto ilusionante titulado Viaje al sur quedase en agua de borrajas. La promesa de publicación por parte de la revista del exilio Ruedo Ibérico, la plena efervescencia de la literatura social en España, como Campos de Níjar de Juan Goytisolo, pero sobre todo su vocación imparable de narrador, le hacían creer que este libro, que además inauguraría una colección de crónica viajera, sería un paso importante en su carrera de escritor y una verdadera «innovación» en el género.

Lamentablemente tendrían que pasar muchos años y muchas cuitas de investigación, tal y como relata Andreu Jaume en la exquisita introducción Historia de un libro casi perdido, para que la Editorial Lumen diera a conocer por fin este texto después de recuperarlo de la soledad de un archivo de Ámsterdam, y que por desgracia Marsé no ha podido ver entre sus manos. En cierto modo esta era la mejor prueba de edición: el paso del tiempo. Si hoy tiene vigencia una crónica de primeros de los sesenta del siglo XX, que jamás vio la luz ni recibió siquiera la opinión del editor.

Una de las hipótesis que se apunta en el prólogo sobre el silencio de Ruedo Ibérico para con Viaje al sur es acaso la falta de compromiso político antifranquista que se le exigía al manuscrito. Aunque Marsé concibiera el libro como una indagación sociológica y una crítica a la realidad oficialista que se imponía en la prensa del Movimiento, finalmente le pudo más su veta narrativa. Y paradójicamente es eso, el virtuosismo y la fuerza de las palabras, lo que salvó el texto. Pues Viaje al sur puede leerse hoy como «tránsito hacia la madurez» del escritor; como el registro crítico de las injusticias de una época; pero sobre todo como una obra de periodismo literario, en la tradición de Viaje a pie de Pla o La Andalucía trágica de Azorín.  Y es que, como explica Andreu Jaume, «cuando el lenguaje público está degradado y vigilado hasta el punto de que termina infectando también el lenguaje íntimo y cotidiano, la literatura, como ha demostrado Marsé a lo lago de su obra, se convierte en el mejor instrumento para la búsqueda de la verdad».

Entretanto, Marsé escribía. Lo que de veras le preocupaba era buscar con suma delectación la lengua perfecta para su reportaje de largo aliento durante aquellos días de 1963 en Barcelona, y que compaginaba ya con la escritura de Últimas tardes con Teresa y con guiones de cine. En ese momento había publicado ya las novelas Encerrados con un solo juguete y Esta cara de la luna, aunque esta última siempre quiso «excluirla de su canon bibliográfico». De manera que Viaje al sur podría ser su verdadero segundo libro. Pero nunca imaginaría que estaba escribiendo en realidad su obra póstuma.

Emprendió el camino en Sevilla una mañana del 29 de septiembre de 1962 junto a su amigo Antonio Pérez y el fotógrafo Alberto Ripoll, cuyas imágenes ilustran también el libro. Y clausuraron el viaje casi un mes después en Málaga, el 24 de octubre. Se trataba de ese momento del año en que todavía hace mucho calor en el sur y el turismo renquea para prolongar el verano más allá del calendario. Esto, unido al asentamiento de marines americanos en la plácida Costa del Sol por aquella época, hacía que a Marsé y a los suyos los confundieran con extranjeros. «En un barrio extremo, una manada de niños nos asalta de pronto. “¡Lo inglece, ya vien lo inglece”, gritan cambiándonos la nacionalidad, una vez más».

Otro de sus compañeros durante el periplo fue Viaje por las escuelas de España de Luis Bello, emblema de las misiones pedagógicas. No solo lo referencia, sino que influye en el estilo de Marsé, que, por momentos, cuando describe la herrumbre, los caminos polvorientos o la pobreza más absoluta de las barriadas, se torna azoriniano, de frases cortas con parca adjetivación. Con la diferencia histórica de que a finales de los años veinte del siglo pasado, Bello escribía con libertad en el diario El Sol sobre la paupérrima situación de las escuelas del país, mientras que tiempo después, en 1962, Marsé consignaba pero de forma subrepticia por la censura una realidad parecida: de niños y niñas que no van a la escuela. «Uno porque tiene trabajo en el campo, con su padre; otro porque su madre no quiere darle los cinco duros de la matrícula; este porque el maestro amenazaba con echarle si no se presentaba limpio y su madre acabó por mandar al cuerno al colegio, al niño y al maestro».

Para no perder el cariz de crónica, Marsé alterna la pura narración con datos, como los índices de analfabetismo. También intercala titulares de prensa nacional y local del día. De modo que, por ejemplo, mientras la vizcondesa Jacqueline de Ribes, «la segunda mujer más elegante del mundo», toma el sol en Marbella, un hombre sufre una descarga eléctrica en Vejer de la Frontera por las malas condiciones en un túnel; o un mendigo borracho se hinca de rodillas y llora con todas sus fuerzas en una calle de San Lúcar de Barrameda, hasta que «poco a poco va encogiéndose como una hoja seca», al tiempo que en Roma se inicia el Concilio Vaticano II. Una vez más se asiste a la sempiterna brecha entre Historia e intrahistoria, además de vislumbrar la que será una de las constantes literarias de Marsé: las complejas, distantes y a veces entreveradas relaciones entre clases sociales.

Marsé detiene los ojos en el mundo que le interesa. En las playas de Andalucía se percata del contraste entre ricos y pobres; entre las pieles efebas y ebúrneas con olor a cremas en las espaldas desnudas de las muchachas, y las pieles envejecidas, atezadas y castigadas de los obreros jóvenes «con caras de viejos» que las observan desde lejos imaginando cómo llevar a cabo la conquista imposible de esos territorios sagrados de la burguesía. Ese mundo lo llevó a su máxima expresión literaria en Últimas tardes con Teresa, libro que, por cierto, se benefició bastante de este viaje por Andalucía. En Ronda, por ejemplo, Marsé encontró la inspiración en un chico de dieciséis años de rostro oscuro y «profunda voz cascada por el vino», para la elaboración del que después sería uno de los personajes míticos de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX: Manolo Reyes, el Pijoaparte.

Otra de sus preocupaciones es la cultura. Cuando está en El Puerto de Santa María, Marsé pregunta a los paisanos con los que se cruza si reconocen o se recuerda en las escuelas de su tierra natal al poeta Rafael Alberti, exiliado desde la Guerra Civil y que siempre profesó un gran amor a sus raíces. Y la respuesta más común solía ser: «¿Quién?». En todo caso, Marsé es un «turista» discreto. Mira, pregunta, calla, y vuelve a mirar. Luego, al escribir, contempla las fotografías para ser fiel al detalle. «Estoy impaciente por ver las fotos», decía en una carta al editor, «las necesito para redactar el viaje».

Y en estas estampas congeladas, su prosa se retuerce poéticamente como una columna salomónica. «Durante unos segundos se le ve volviéndose rabiosamente, envuelto en el humo y los vapores que escupe la máquina por los costados, debatiéndose sobre el andén, como si luchara con una fuerza invisible, y luego salir disparado y correr con los ojos aún cerrados en dirección al vagón de pasajeros y subir al tren todavía en marcha». Ya no son las frases austeras de su admirado Bello.

A pesar de la pobreza, de la marginación, de esas «mujeres campesinas que tienen manos de hombre», o «muchachas con pantalones de pana debajo de la falda», todavía queda espacio para la humanidad. Como la de quien no tiene nada y sacrifica un trozo de pan para el forastero. Juan Marsé no solo se sorprende de esta extrema fraternidad, sino que también se asombra cuando, de entre la polvareda o la lumbre en las calles de las chabolas, aprecia esa gran «belleza inexplicable de algunas mujeres y niños».

Esto es, en definitiva, junto a la enseñanza de la escritura reposada de Marsé, lo que da valor y permanencia a un libro muchos años dado por perdido. «El libro saldrá ganando», le dijo a su editor en una de sus últimas cartas que se incluyen en el epílogo. Porque no se compuso con «bulla», ni «con carácter de urgencia». Sino como un orfebre del idioma. Todo este tiempo de espera ha sido la prueba de fuego. El libro sale ganando.

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