El lobo estepario

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Nunca he leído más de cinco páginas de El Lobo Estepario de Hesse. Con quince años una media novia que tenía me dijo que yo era clavadito a su protagonista. Abrí el libro y me encontré con que mi supuesto alter ego resultaba ser un viejo de cincuenta años. Así que lo cerré y no continué con la lectura. Años después -estaría yo todavía en la Universidad- una compañera de curso me volvió a decir lo mismo: “eres calcado al lobo estepario. Tienes que leer esa novela sin falta”. Pero esta vez ni me molesté porque por aquel entonces había ya leído en otro sitio que la novela de Hesse tenía mucho de truco, y a mis veinte años yo solo leía a los clásicos y toda aquella novela carente de truco y casi de trama, como la Recherche o El hombre sin atributos.

 

Desde aquellas lecturas de antaño otras muchas han ido acompañándome a lo largo de mi vida, pero la lectura, siempre postergada, de El lobo estepario es como una sombra que nunca me ha dejado del todo. Y así, de vez en cuando, alguna mujer (siempre es una mujer) vuelve a recordármelo. Como la pasada semana, sin ir más lejos, mientras charlaba amenamente con algunos colegas.

 

Hablábamos de divisiones y jugarretas entre compañeros cuando uno soltó que todo grupo humano necesita su lobo alfa para dirigir la manada y otro añadió que los hombres, por muchas máquinas y formalidades que nos gastemos, no hemos perdido todavía los atavismos del cazador de bisontes. Yo quise intervenir y dije, por decir algo, que en los tiempos modernos predomina, más bien, el espíritu de la colmena. Entonces una joven colega me quitó la palabra y corroboró lo dicho por los otros:

 

-La jerarquía de cualquier grupo de hombres y mujeres se asemeja siempre a la jerarquía lobuna. Unos cuantos dirigen la cacería y el resto obedece órdenes. Tú lo que pasa es que eres un lobo estepario.

 

Me sonreí con resignación y me dije a mí mismo que no podía dejar pasar ni un solo día más sin ponerme a leer la dichosa novela, ahora que tenía la misma edad del protagonista.

 

Confieso, sin embargo, que el intento ha vuelto a resultar fallido. Hace unos días saqué el libro de la biblioteca y me lo llevé a casa con intención de leerlo de cabo a rabo para escribir luego mis impresiones en este blog. Pero esta mañana, nada más levantarme, ahí estaba en la mesilla, todavía sin abrir. Ojeé la cubierta y me di cuenta de que me era imposible leerlo, pues si lo hacía -pensé- toda aquella leyenda en torno al libro y a su protagonista se esfumaría de mi cabeza. Y además, quién sabe, a lo mejor me podría pasar como a aquel personaje de Unamuno, Jugo de la Raza, que se moría al final, tras la lectura de su propia novela.

 

Así que en lugar de leer nada, me desperecé, como deben hacer los lobos solitarios cuando al despertar se encuentran con un día plomizo y lluvioso, y me puse a repensar sobre la conversación con mis colegas. Le di vueltas y vueltas a lo que dijeron y, al final, garrapateé en mi libreta esta reflexión que transcribo debajo.

 

No sé si los grupos humanos se comportan como manadas, jaurías o colmenas, pero lo que sí sé, tras años de experiencia vivida, es que no suele resultar buen negocio que a uno le tachen de raro o de solitario, ni menos aún de lobo estepario. En la adolescencia (y más si a uno le da por escribir poemas, como me pasaba a mí), esa imagen maldita de incomprendido puede ser hasta cierto punto atractiva y hasta reportar algún éxito con las chicas (siempre que uno sepa elegir la ropa y el peinado, cosa que yo nunca supe), pero a la larga el sambenito de solitario no es nada recomendable. Y es que a la larga el lobo estepario suele convertirse en chivo expiatorio… Claro que, por si acaso, antes debería leer el libro de Hesse para salir de dudas.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.